A pocas horas de que el reloj de la Junta Electoral Central marque la medianoche y expire el plazo legal para registrar las coaliciones de cara a las elecciones generales del 29 de noviembre de 2026, la política al oeste del Palacio de la Moncloa no ofrece el pulso victorioso de las grandes ocasiones. No hay épica. No hay triunfalismo. Hay, más bien, resaca amarga. El sabor de un intento fallido. Y en un plató de RTVE, bajo el escrutinio de las cámaras y la mirada severa de la opinión pública, la figura combativa de Gabriel Rufián se despoja del sarcasmo parlamentario para ofrecer un ejercicio de desnudez política insólito en la primera línea institucional. No hay argumentarios que valgan. Tampoco lemas prefabricados. Solo la constatación de una derrota estratégica que amenaza con sepultar las opciones de revalidar la actual mayoría progresista.
La escena se desarrolla con el tono apesadumbrado de quien reconoce haber acudido a una batalla sin el armamento adecuado. El candidato de Esquerra Republicana de Catalunya a las Cortes no maquilla el diagnóstico. Al ser interpelado por la parálisis de las negociaciones entre las fuerzas situadas a la izquierda del Partido Socialista, Rufián arranca con una petición de perdón que suena a epitafio de una ambición colectiva: "Estamos dando un espectáculo dantesco. Yo quiero empezar pidiendo disculpas a la ciudadanía. Creo que hemos fracasado". A lo largo de una conversación atravesada por el fantasma de la división, el dirigente independentista asume en primera persona el desgaste de un proceso que nació para aglutinar a las periferias soberanistas con la izquierda estatal y que ha terminado atrapado, una vez más, en la guerra de trincheras, siglas y cuotas de poder.
La tentación de la dimisión
La génesis de la iniciativa impulsada por el portavoz republicano pretendía responder a lo que calificaba como un clamor de la calle: la urgencia de vertebrar un espacio amplio, atomizado tras la descomposición de la plataforma Sumar y las pugnas cainitas entre Podemos, Más Madrid, Izquierda Unida y las formaciones territoriales. La idea de partida no buscaba reemplazar liderazgos ni erigir un mando único. Buscaba utilizar la solidez electoral del soberanismo de izquierdas como motor de tracción para forzar el entendimiento. Sin embargo, la inercia de los aparatos ha terminado por demoler la arquitectura del proyecto.
Rufián lo explica con una candor que raya en la vulnerabilidad personal. Admite que calibró mal la resistencia de las estructuras partidistas: "Yo pensaba que en base a repetir algo que estaba en la calle... y en base a la fuerza electoral con la que podía llegar a esto, pues podía doblarle el brazo a las cúpulas de los partidos y arrastrarlos hacia un sentido común. Y no he podido". Esta impotencia operativa ha llevado al candidato a sopesar seriamente su continuidad en la vanguardia electoral. Lejos de la retórica de la resistencia, el diputado confiesa haber caminado sobre el alambre de la renuncia: "Cada día pienso en irme porque he fracasado... Yo planteé un proyecto y ese proyecto ha fracasado. Mi responsabilidad es plantearme qué hago y la posibilidad es 'pues me voy', pero creo que sería decepcionar a mucha más gente".
La entente ERC-Podemos sin los Comuns
Pese a la amargura del balance global, el mapa electoral en Cataluña ofrecerá una excepción inédita que retrata la paradoja de estas elecciones generales del 29 de noviembre. Ante el riesgo inminente de una fragmentación suicida que repartiera el voto en tres papeletas distintas, Esquerra Republicana y la dirección estatal de Podemos han cerrado un acuerdo de colaboración que integrará a dos referentes del municipalismo de la formación morada en la lista que encabeza el propio Rufián. Un movimiento táctico que evitará que la fuerza que abandera Irene Montero se presente de forma independiente en las cuatro circunscripciones catalanas. Entregando su caudal electoral a la candidatura republicana.
Sin embargo, este pacto de ingeniería electoral no ha logrado coser la herida principal con Catalunya en Comú, la marca de referencia del espacio de Sumar en la comunidad. Las fricciones históricas y las dinámicas orgánicas entre la dirección de Ada Colau y el aparato de ERC han impedido cerrar un tridente de izquierdas que Rufián consideraba ideal. Cuestionado sobre si el acercamiento a Podemos bloqueó la entente con los Comuns, el candidato elude la responsabilidad directa pero no oculta la dificultad de las relaciones internas: "¿Dónde estaba el problema? En que a la dirección de los Comuns y de Esquerra Republicana les cuesta sentarse a escucharse... No es gratuito que con Podemos... Si nosotros hubiéramos pactado con los Comuns, eso quizá hubiera cerrado la puerta a otros pactos".
En una carambola política que ilustra el pragmatismo de la desesperación, el acuerdo implica además que Rufián participará en actos públicos en Madrid junto a la candidatura de Podemos, mientras dirigentes como Irene Montero arroparán la lista republicana en suelo catalán. Una imagen, cuanto menos, curiosa y reveladora del estado de la izquierda española.
La amenaza de la abstención
El análisis político trasciende la anécdota del pacto catalán para situarse en el escenario de la gobernabilidad posterior al 29 de noviembre. La precipitación con la que el Palacio de la Moncloa ejecutó la convocatoria electoral ha pillado a las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE en pleno proceso de recomposición interna. La incapacidad de presentar listas unitarias en plazas clave como Madrid, Andalucía o la Comunidad Valenciana no solo amenaza con pulverizar decenas de miles de votos que no obtendrán representación por la lógica de la Ley D'Hondt. Siembra la desafección entre un electorado progresista desorientado por el espectáculo de las disputas de despacho.
Consciente de que la suma del bloque gubernamental está en grave riesgo, el líder republicano ensaya una contención de daños en vísperas del arranque de la campaña electoral. A diferencia de las batallas fratricidas de otras convocatorias, Rufián hace una llamada explícita a la no agresión entre las distintas facciones de la izquierda. Asumiendo que el objetivo último sigue siendo arrebatar la iniciativa a las derechas: "Lo que pido sobre todo es que este culebrón acabe, que el espectáculo que estamos dando acabe y que a partir de mañana nos pongamos a trabajar... Si al final esto queda así, hemos fracasado... pero no nos matemos entre nosotros. La suma no da si no nos hacemos poco daño".
Fracaso anunciado
El veredicto sobre la audacia o la ingenuidad de Gabriel Rufián quedará en manos de las urnas el 29-N. Su confesión de impotencia ante los micrófonos refleja el ocaso de un modelo de articulación política que no ha sabido responder a las exigencias de sus propias bases. Mientras las cúpulas partidistas velan armas para la batalla del escrutinio, el candidato republicano intenta sostener los restos del naufragio con una advertencia que suena a desesperada llamada de auxilio. Si tras la dispersión de las siglas el recuento de escaños impide repetir la aritmética de Gobierno, las disculpas emitidas a medianoche no bastarán para reparar el daño infligido a su propio espacio político.
Y es que hay algo profundamente revelador en la confesión de Rufián. Algo que trasciende el caso concreto. Algo que habla del estado de la política española. Porque no es habitual ver a un líder político reconocer su fracaso en directo. Sin paños calientes. Sin excusas. Sin echar la culpa a otros. Eso, en política, es casi una rareza. Casi un suicidio. Casi un acto de honestidad que, paradójicamente, puede costarle más que cualquier error de cálculo. Porque en política, como en la vida, la honestidad no siempre se premia. A veces, se castiga. A veces, se ridiculiza. A veces, se olvida. Pero ahí queda. La confesión de un hombre que quiso doblar el brazo a las cúpulas y se encontró con que las cúpulas eran más fuertes. Más rígidas. Más sordas. Y que ahora, en la soledad del plató, reconoce que ha fracasado. Que el proyecto no era viable. Que la unidad de la izquierda era un espejismo. Y que, a partir de aquí, solo queda resistir. Resistir a la abstención. Resistir a la desafección. Resistir a la derecha. Y resistir, sobre todo, a la tentación de echarse la culpa unos a otros. Porque, como él mismo dice, "la suma no da si no nos hacemos poco daño". Y el daño, en este caso, ya está hecho. Solo falta saber si será irreparable.
Así que ya lo sabe. El 29-N decidirá. Las urnas hablarán. Y Gabriel Rufián, el hombre que pidió perdón, el que confesó su fracaso, el que coqueteó con la dimisión, sabrá entonces si su llamada de auxilio fue escuchada. O si, por el contrario, el silencio fue la única respuesta. Porque en política, a veces, el silencio es lo más elocuente. Y lo más cruel.
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