Las monarquías tienen una extraordinaria capacidad para convertir lo simbólico en protagonista. Mientras miles de personas sobreviven entre la incertidumbre, la precariedad y la desesperación a un lado y otro de la frontera, los discursos institucionales suelen regresar una y otra vez a conceptos solemnes como la soberanía, la integridad territorial o la unidad nacional. Eso fue precisamente lo que ocurrió durante la visita de Felipe VI a Ceuta. El monarca insistió en varias ocasiones en que la ciudad autónoma es España, defendió la devolución de quienes han entrado irregularmente y reclamó colaboración a Marruecos. Todo ello en una intervención que dedicó mucho espacio a las fronteras y bastante menos a las razones que empujan a miles de personas a arriesgarlo absolutamente todo para llegar hasta ellas.
Una visita histórica que llega con retraso
La primera visita de Felipe VI a Ceuta ha estado rodeada de una evidente carga política e institucional. No solo porque se produce en uno de los momentos más delicados que ha vivido la ciudad en las últimas décadas, sino porque llega después de meses en los que la crisis migratoria ha alterado profundamente la vida cotidiana del enclave.
El propio monarca reconoció la deuda pendiente con los ceutíes y quiso trasladar un mensaje de cercanía institucional. Sin embargo, el simbolismo de la visita también permite observar una de las paradojas más habituales de la monarquía española, la Corona se presenta como garante de la unidad y la permanencia del Estado, pero suele aparecer cuando las decisiones fundamentales ya se están tomando en otros lugares y por otros actores políticos. En la práctica, el Rey llegó a una ciudad atravesada por una crisis humanitaria, social y diplomática para ofrecer sobre todo una reafirmación de principios que nadie discutía.
Ceuta es España y el problema es bastante más complejo
"Ceuta es España". La frase fue repetida varias veces durante la intervención del jefe del Estado. Probablemente porque resulta una afirmación sencilla, contundente y políticamente rentable. El problema es que la mayor preocupación de buena parte de los ceutíes no consiste en determinar si viven en territorio español, sino en cómo afrontar las consecuencias de una crisis migratoria que ha puesto bajo enorme presión a servicios públicos, recursos de acogida e instituciones locales. Convertir el debate en una cuestión exclusivamente soberanista puede resultar eficaz desde el punto de vista simbólico, pero corre el riesgo de simplificar una realidad que es mucho más compleja.
Porque la discusión no gira únicamente en torno a las fronteras. También gira alrededor de la pobreza, la desigualdad global, las relaciones entre Europa y África, la cooperación internacional y la capacidad de gestionar movimientos migratorios cada vez más intensos a través de la frontera sur europea.
La respuesta de siempre para una realidad cada vez más difícil
Uno de los momentos más relevantes del discurso llegó cuando Felipe VI defendió que los migrantes que entraron irregularmente deben regresar a sus lugares de origen lo antes posible y a través de los cauces legales establecidos. La afirmación encaja perfectamente dentro del marco institucional del Estado y de la normativa vigente. Sin embargo, deja abierta una cuestión esencial que rara vez aparece en este tipo de intervenciones. ¿Qué ocurre cuando las causas que provocan esos desplazamientos continúan intactas?
La experiencia de las últimas décadas demuestra que las devoluciones de migrantes, los refuerzos fronterizos o los controles migratorios forman parte de la respuesta, pero difícilmente agotan el problema. Ninguna frontera ha conseguido detener por sí sola los movimientos humanos generados por la guerra, la miseria, el cambio climático o la falta de oportunidades y por eso llama la atención que los discursos oficiales sigan insistiendo en soluciones que parecen concebidas para gestionar las consecuencias sin profundizar demasiado en los orígenes.
Marruecos, la buena fe y los equilibrios diplomáticos
Felipe VI también aprovechó su intervención para apelar a la buena fe de Marruecos y reivindicar una relación basada en la confianza y el respeto mutuo. El mensaje refleja una realidad evidente. España y Marruecos están condenados a entenderse. Ninguna estrategia migratoria, económica o de seguridad puede funcionar sin un mínimo nivel de cooperación entre ambos países. Sin embargo, la apelación a la cooperación con Marruecos también contiene una cierta fragilidad política. Porque las relaciones internacionales rara vez descansan únicamente sobre la confianza. Suelen depender sobre todo de intereses, equilibrios de poder y negociaciones permanentes y en ese terreno, la retórica institucional suele tener menos influencia de la que desearían quienes la pronuncian.
La monarquía ante el espejo de las crisis contemporáneas
La visita de Felipe VI deja además una cuestión de fondo que trasciende el caso concreto de Ceuta. Cada vez que España atraviesa una crisis compleja, la monarquía intenta reivindicar su papel como símbolo de unidad nacional. Pero precisamente esas crisis ponen de manifiesto los límites de una institución cuya principal herramienta sigue siendo la palabra.
Mientras los gobiernos legislan, negocian y gestionan recursos, la Corona continúa moviéndose fundamentalmente en el terreno de los mensajes, los gestos y las declaraciones y esa circunstancia obliga inevitablemente a preguntarse cuál es hoy la utilidad real de una institución hereditaria en sociedades que demandan respuestas políticas concretas a problemas cada vez más complejos.
Más allá de los símbolos
La visita concluyó con mensajes de esperanza, agradecimientos a servidores públicos y una promesa de acompañamiento permanente a la ciudad autónoma. Los símbolos también cumplen una función política. Sin embargo, la situación que vive Ceuta exige algo más que símbolos. Exige inversiones, cooperación internacional, gestión eficaz de los recursos públicos y una mirada capaz de comprender que detrás de cada cifra existen personas concretas, tanto entre quienes llegan como entre quienes reciben. Exige entender que una crisis humanitaria de esta magnitud no puede resolverse únicamente mediante discursos institucionales ni mediante apelaciones periódicas a la unidad nacional.
Quizá por eso el principal desafío para España no consista en demostrar una vez más que Ceuta es España. El verdadero desafío consiste en demostrar que el Estado es capaz de ofrecer respuestas a la altura de una realidad que ya no cabe en los discursos de siempre.
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