La política contemporánea posee una velocidad cruel, capaz de devorar sus propias criaturas antes de que estas alcancen la madurez institucional. El proyecto político que nació para aglutinar la fragmentada izquierda transformadora a la izquierda del PSOE se encamina hacia las urnas en un estado de descomposición interna que ya pocos en Madrid se atreven a negar. El último y definitivo síntoma de este naufragio estructural se ha escenificado con la dimisión irrevocable de Lara Hernández, hasta ahora coordinadora general de Movimiento Sumar, quien ha anunciado su retirada de la primera línea política. Aunque la dirigente ha logrado salvar su reputación jurídica tras el archivo fulminante de las seis denuncias por supuesto acoso laboral que pesaban contra ella, la gravedad de la herida política resulta ya mortal para las expectativas electorales de la plataforma.
La resolución del comité antiacoso, un órgano formalmente independiente de la dirección del partido, dictaminó el cierre del expediente el pasado veintiocho de junio debido a la falta de aportación de pruebas por parte de los denunciantes, que decidieron retirar las acusaciones en el último suspiro. Sin embargo, en el tablero de la alta política, la absolución administrativa rara vez repara el daño reputacional cuando las dinámicas de facciones ya se han puesto en marcha. La retirada de las denuncias coincidió milimétricamente con el cierre del plazo para registrar candidaturas de cara al congreso extraordinario del próximo once de julio, evidenciando que el proceso disciplinario funcionó más como una eficaz guillotina política para forzar su salida que como un genuino mecanismo de justicia laboral. Atrapada en una guerra de desgaste intolerable, Hernández ha optado por regresar a su plaza de profesora de Filosofía en un instituto público, un repliegue que la Moncloa observa con indisimulada preocupación por el vacío de poder que deja en su socio de coalición.
El vacío dejado por la filósofa alicantina no tardará en ser ocupado, pero el precio de la sucesión ha sido la voladura controlada del espíritu fundacional del partido. La única lista registrada para el cónclave extraordinario de julio es la encabezada por la portavoz de la formación en el Congreso, Verónica Martínez, y la secretaria de Estado de Derechos Sociales, Rosa Martínez. Esta bicefalia representa el triunfo incontestable del sector crítico, un conglomerado de sensibilidades territoriales y cuadros políticos que consideraban la gestión de Hernández como un obstáculo para la supervivencia del espacio. Lo que los estrategas de esta operación denominan una renovación necesaria es, a ojos de los analistas parlamentarios, una maniobra de defenestración política ejecutada con precisión quirúrgica en el momento de mayor debilidad de la coordinadora.
Las costuras de este enfrentamiento civil comenzaron a romperse de manera pública tras la ruidosa dimisión de la secretaria de Organización, Laura Moreno. Fue la filtración de una carta de Moreno, donde se aireaba la existencia de los procedimientos internos por maltrato a trabajadores, la que dinamitó la discreción con la que se libraba esta batalla por el control del aparato. El enrarecimiento del clima interno, no obstante, venía gestándose desde el año pasado, cuando el economista Carlos Martín abandonó la co-coordinación general apenas cinco meses después de asumir el cargo, intuyendo el laberinto ingobernable en el que se estaba convirtiendo la formación. Desde entonces, el sector crítico redobló la presión hasta forzar una asamblea extraordinaria que inicialmente se diseñó para debatir la línea ideológica, pero que la realidad ha transformado en un juicio sumarísimo a la dirección saliente.
La contradicción más amarga para la coordinadora saliente radica en el destino de su principal legado político. Hernández ha abandonado el barco presumiendo de haber articulado el proyecto 'Un paso al frente', la compleja alianza de izquierdas que vincula a Movimiento Sumar con Izquierda Unida, Más Madrid y los Comuns. Sin embargo, esa arquitectura confederal, concebida para dotar de estabilidad a la izquierda alternativa, se percibe hoy como un pacto de debilidad defensiva más que como un frente de asalto electoral. Las fuerzas territoriales miran con recelo el cuartel general de Madrid, priorizando sus propias marcas ante el temor de verse arrastradas por el retroceso demoscópico que los sondeos auguran para la marca nodriza.
A pocos meses de que los españoles acudan a las urnas para las elecciones generales, el relevo forzado en la cúpula de Sumar desvela un proyecto político agotado por sus propias contradicciones internas y carente de la mística movilizadora que exhibió en sus inicios. La apertura de la formación a ensayar alianzas coyunturales con fuerzas independentistas y la desesperada presión sobre sus socios para celebrar elecciones primarias exprés no son síntomas de audacia táctica, sino las recetas de un espacio que intuye su irrelevancia si no logra contener la fuga de votos hacia el PSOE o la abstención. El regreso de Lara Hernández a las aulas de Filosofía simboliza el fin de la ilusión tecnocrática de una izquierda que pretendió gobernar el país antes de aprender a pacificar sus propias filas.