Rajoy decide quién merece ser francés

El expresidente cuestiona la identidad de la selección francesa por el origen de algunos de sus jugadores y provoca una respuesta unánime desde Francia. Sus palabras recuperan una idea de nación basada en la apariencia y los apellidos

13 de Julio de 2026
Actualizado a las 14:23h
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Rajoy decide quién merece ser francés

Hay frases que envejecen mal incluso antes de publicarse. Mariano Rajoy escribió que la selección francesa tiene "una plantilla de altísimo nivel, eso sí, sin franceses". Bastaron unas pocas palabras para provocar una respuesta inmediata del Gobierno francés, de la Embajada de Francia en España y del propio presidente del Gobierno español. No porque se tratara de una provocación futbolística. Porque cuestionaban algo mucho más profundo: quién tiene derecho a ser considerado ciudadano de su propio país.

La realidad, además, desmonta el comentario con una facilidad sorprendente. De los 26 jugadores convocados por Didier Deschamps, 23 nacieron en Francia. Los tres restantes también son franceses. Algunos desarrollaron parte de su infancia fuera del país, otros son hijos o nietos de inmigrantes, pero todos representan legítimamente a la República Francesa. Lo recuerda incluso la Embajada francesa, que se ha visto obligada a intervenir para explicar un hecho que debería resultar evidente.

Rajoy no cuestiona la nacionalidad jurídica de esos futbolistas. Cuestiona otra cosa. Insinúa que existe una diferencia entre tener un pasaporte francés y ser verdaderamente francés. Esa idea no nace del deporte. Forma parte de un viejo discurso identitario que lleva décadas recorriendo la extrema derecha europea y que establece una distinción entre los ciudadanos por el origen familiar, el color de la piel o la ascendencia.

Francia conoce bien ese debate. Desde el Mundial de 1998, cuando la selección campeona fue bautizada como el equipo "black, blanc, beur", la ultraderecha francesa ha tratado de presentar la diversidad como una anomalía nacional. Cada victoria deportiva vuelve a despertar las mismas voces que consideran que un apellido africano o árabe resta legitimidad para vestir la camiseta azul. Rajoy ha decidido sumarse ahora a esa conversación desde España.

Resulta especialmente llamativo que quien presidió el Gobierno de España haga suyo un argumento que cuestiona el propio concepto moderno de ciudadanía. Las democracias europeas no reconocen derechos en función del origen étnico, sino de la pertenencia a una comunidad política. Ser francés, español o italiano no depende de ajustarse a un determinado aspecto físico ni de poseer unos apellidos concretos.

La reacción francesa ha sido contundente. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, calificó las declaraciones de Rajoy de "absolutamente inaceptables" y recordó que Francia es un país donde cualquier ciudadano debe poder encontrar su lugar. Desde el Gobierno francés también se advirtió del daño que mensajes como este provocan entre miles de jóvenes que nacieron en Francia y siguen viendo cómo algunos ponen en duda su identidad por el simple hecho de tener raíces familiares diferentes.

Pedro Sánchez respondió con otra idea de país. "España es de quien la ama y la trabaja", escribió antes de concluir con una frase que resumía el fondo del debate. "Que gane el mejor y que pierda el racismo."

Lo preocupante es que Rajoy no habla únicamente como un antiguo dirigente retirado de la política. Sigue siendo una de las referencias morales del Partido Popular. Sus palabras proyectan una determinada forma de entender la nación y la identidad que difícilmente puede separarse del clima político que alimenta hoy una parte de la derecha europea.

Durante años el Partido Popular intentó presentarse como una fuerza conservadora homologable a las grandes democracias europeas. Sin embargo, episodios como este vuelven a situarlo demasiado cerca de los marcos culturales que impulsan quienes consideran que la nacionalidad puede graduarse según el origen de cada persona.

El fútbol suele ofrecer una imagen bastante sencilla de lo que significa pertenecer a un país. Una camiseta no distingue entre hijos de inmigrantes, nietos de refugiados o familias instaladas desde hace generaciones. Solo distingue entre quienes forman parte del mismo equipo.

Quizá por eso las palabras de Rajoy han causado tanta indignación a ambos lados de los Pirineos. Porque no hablaban realmente de fútbol. Hablaban de quién merece ser considerado uno de los nuestros. Y esa es una pregunta que las democracias europeas creían haber respondido hace mucho tiempo.

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