El Congreso volvió a convertirse en un espejo incómodo para el poder. Esta vez, sin estridencias ni gestos de ruptura, pero con una precisión quirúrgica que resulta aún más inquietante. La portavoz del PNV, Maribel Vaquero, no buscó el impacto inmediato, sino fijar una idea que sobrevuela toda la legislatura: la política española no está bloqueada únicamente por la aritmética parlamentaria, sino por una pérdida progresiva de sentido.
“Hoy, un año más tarde, volvemos a estar aquí por las mismas causas”, señaló al inicio de su intervención, estableciendo una línea de continuidad que desactiva cualquier relato de excepcionalidad. La corrupción ya no es un episodio, sino una constante que condiciona el debate público y vacía de contenido la acción política. La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Ábalos no solo agrava el contexto, sino que, en palabras de Vaquero, confirma que “ya no se trata de elucubraciones o bulos”, sino de hechos probados que afectan al corazón del poder.
Desde esa premisa, el discurso del PNV se desplaza hacia una crítica más profunda: la deriva del sistema institucional. Vaquero describe un Parlamento atrapado en una lógica de confrontación estéril, donde “las dos grandes bancadas se echan en cara los casos judiciales” mientras la agenda real —empleo, vivienda, bienestar— queda relegada. El resultado es un clima de hastío social que, lejos de ser neutro, tiene un beneficiario claro: “siempre hay alguien que gana […] y ese es Vox”.
A diferencia de otros socios de investidura, el PNV no se sitúa en el terreno de la confrontación ideológica ni en la denuncia estructural del Estado. Su posición es más incómoda para el Gobierno: cuestiona su capacidad de gobernar. “Esa mayoría de investidura se ha debilitado hasta convertirse en una mayoría negativa”, afirmó, introduciendo un concepto clave para entender el momento político actual. No es que no haya apoyos suficientes; es que los que existen ya no sirven para construir.
Esa parálisis se traduce en un bloqueo legislativo evidente. Proyectos encallados, reformas aplazadas y una dependencia creciente de los decretos ley que, según Vaquero, proyecta la imagen de un sistema que “ha mutado a otro semipresidencialista”. La crítica no es menor: apunta a una alteración de los equilibrios democráticos en un contexto de debilidad parlamentaria.
En este escenario, la portavoz nacionalista desmonta uno de los pilares discursivos del Ejecutivo: la apelación constante al miedo a la derecha. “Usted lo único que nos dice es: ‘yo o el mal’”, reprochó, para inmediatamente advertir del riesgo de esa estrategia. No solo no cohesiona, sino que erosiona aún más la confianza: “puede pasar que tras de usted pase como Atila, que no crezca la hierba”. Esa “hierba”, precisa, es la credibilidad de las instituciones y de la propia política.
El análisis del PNV introduce un matiz decisivo en el debate sobre el lawfare. Sin negarlo completamente, lo sitúa en una zona de ambigüedad: “la realidad no es negra o blanca. Hay muchas zonas grises”. Esta posición evita tanto la negación del problema como su utilización como escudo político, y obliga al Gobierno a moverse en un terreno más exigente: el de la rendición de cuentas sin atajos narrativos.
Pero el núcleo de la intervención no es solo diagnóstico, sino advertencia. Vaquero señala que el Ejecutivo ha optado por “atrincherarse”, sustituyendo la gestión por la resistencia. “Ese recurso […] ya no moviliza ni cohesiona”, afirma, en una frase que sintetiza el agotamiento del ciclo político iniciado en 2018. El problema, sugiere, no es solo qué hace el Gobierno, sino qué deja de hacer mientras se defiende.
La cuestión presupuestaria emerge entonces como prueba definitiva de esa debilidad. Sin cuentas públicas y con compromisos pendientes —incluidos los adquiridos con el propio PNV—, la legislatura corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de supervivencia sin dirección. “Díganos cómo va a convencernos”, exigió, trasladando al presidente la carga de reconstruir una mayoría que hoy parece más teórica que real.
En paralelo, la diputada vasca introduce un elemento de fondo que atraviesa todo su discurso: el desapego ciudadano. “La gente está muy harta y asqueada de este espectáculo”, afirma, conectando la crisis política con una crisis de legitimidad más amplia. No se trata solo de corrupción o de bloqueos institucionales, sino de una desconexión creciente entre instituciones y sociedad.
El cierre de su intervención condensa la incertidumbre del momento. Sánchez, dijo, insiste en seguir avanzando “siempre hacia delante”, pero la pregunta clave no es el movimiento, sino la dirección: “si ese camino conduce […] a un lugar donde el sistema democrático perviva […] o si […] es una marcha en solitario hacia un precipicio institucional”.
En esa disyuntiva se resume el mensaje del PNV. No hay amenaza de ruptura inmediata ni respaldo automático. Hay algo más complejo: una exigencia de rumbo en un contexto donde el tiempo político se agota. Porque, como deja entrever Vaquero, el problema ya no es únicamente si el Gobierno puede continuar, sino si, al hacerlo sin corregir su trayectoria, puede arrastrar consigo la confianza en el propio sistema.