Los primeros datos de 2026 dibujan un escenario distinto al de hace un año en materia migratoria. Las llegadas irregulares a España han caído casi un 60% en enero, pero el descenso no es homogéneo ni responde a una sola causa. La ruta canaria se desinfla, el tráfico marítimo se fragmenta y la frontera terrestre vuelve a concentrar tensión. El balance es más complejo que el titular y obliga a leer las cifras con cautela política y técnica.
El Ministerio del Interior contabiliza 2.267 llegadas irregulares en enero, frente a las 5.456 del mismo mes de 2025. El dato es contundente, pero no lineal. La reducción se explica, en gran medida, por el desplome de las entradas a Canarias, donde el número de personas llegadas por mar cae casi un 80% en comparación interanual. El archipiélago, epicentro de la presión migratoria el pasado invierno, deja de ser el principal foco en el arranque de este año.
El repliegue atlántico
La ruta atlántica muestra una contracción clara: menos embarcaciones, menos personas y travesías más esporádicas. Ocho pateras frente a las 72 de enero de 2025. Este retroceso apunta a una combinación de factores: refuerzo de la cooperación con países de origen y tránsito, condiciones meteorológicas menos favorables y un control más intenso de las salidas. No hay un solo interruptor que explique el giro.
Sin embargo, el descenso en Canarias no significa una desaparición del fenómeno, sino su redistribución parcial. La Península y Baleares registran un aumento de llegadas por vía marítima, tanto en personas como en embarcaciones. No es una cifra comparable al colapso canario del año pasado, pero sí una señal de que las rutas se adaptan y buscan fisuras.
Península y Baleares: subida contenida
En el litoral peninsular y balear han llegado 872 personas por mar, un 43% más que hace un año. El incremento es significativo, aunque se produce en un contexto de cifras globales más bajas. El número de embarcaciones se mantiene estable, lo que sugiere viajes algo más cargados y una operativa más selectiva, menos masiva que en otros momentos.
Este desplazamiento no altera, por ahora, el equilibrio general del sistema de acogida, pero sí introduce matices en el discurso político. La caída global convive con aumentos localizados, un dato que desmonta lecturas simplistas tanto alarmistas como triunfalistas.
La frontera terrestre reaparece
El otro punto de fricción está en Ceuta y Melilla. La entrada por vía terrestre se multiplica por más de cuatro, con 436 personas registradas en enero. Ceuta concentra prácticamente todo el aumento. No se trata de cifras históricas, pero sí de un repunte que devuelve visibilidad a una frontera que había quedado en segundo plano.
Aquí el patrón es distinto: menos embarcaciones, más presión directa sobre el perímetro fronterizo. Un recordatorio de que el control de flujos no se resuelve desplazando rutas, sino gestionando un fenómeno estructural que responde a desigualdades persistentes.
Las cifras llegan en un contexto de debate intenso sobre regularización, acogida y política migratoria. El descenso interanual ofrece margen para una discusión menos crispada, pero también exige rigor. La migración no desaparece: cambia de forma, de trayecto y de intensidad. Y cada variación tiene efectos sobre los territorios de llegada y sobre el diseño de las políticas públicas.
Enero de 2026 confirma que los flujos son sensibles a la acción institucional, pero también que ningún modelo de contención es definitivo. Las rutas se ajustan, los números oscilan y la gestión sigue siendo un ejercicio de equilibrio entre control, derechos y cooperación. Sin fuegos artificiales, los datos apuntan a eso.