Ana Redondo ha vuelto a tocar una de las fibras más sensibles del debate público español. Al afirmar que hombres y mujeres parecen “especies radicalmente distintas” y que el género masculino necesita “evolucionar” social y emocionalmente, la ministra de Igualdad ha abierto un terreno que la reacción conservadora lleva años intentando cerrar a golpes de burla, ruido y simplificación.
La frase será utilizada, sin duda, como munición. La derecha hará lo que acostumbra cuando se habla de igualdad con algo más de profundidad que un lema vacío. Fingirá escándalo, arrancará las palabras de su contexto y convertirá una reflexión sobre los mandatos masculinos en una prueba más de su fantasía persecutoria. La ultraderecha irá un paso más allá y presentará cualquier crítica al patriarcado como una declaración de guerra contra los hombres.
Nada nuevo. Es el método habitual de quienes necesitan ridiculizar el feminismo porque no pueden rebatir sus razones.
Lo que Redondo plantea resulta bastante menos extravagante de lo que sus detractores pretenderán vender. La ministra no habla de biología, sino de educación sentimental, de poder, de privilegios y de una cultura que ha enseñado a demasiados hombres a confundir autoridad con virilidad, deseo con derecho, silencio emocional con fortaleza y dominio con identidad.
La igualdad no consiste solo en que las mujeres conquisten espacios de libertad. También exige que los hombres abandonen el pedestal desde el que se les enseñó a mirar el mundo. Ese pedestal, aunque otorgue ventajas materiales y simbólicas, también encierra. Porque obliga a negar la vulnerabilidad, despreciar los cuidados, competir de forma permanente y vivir cualquier pérdida de poder como una humillación.
Ahí reside una de las grandes trampas del patriarcado. Ha subordinado históricamente a las mujeres, pero también ha fabricado una masculinidad rígida, defensiva y profundamente temerosa de perder sus privilegios. Por eso cada avance feminista provoca una reacción tan virulenta. No se discute solo una ley, una campaña o una política pública. Se discute un orden entero.
La prostitución, que Redondo definió como la “esclavitud más antigua del mundo”, forma parte de ese mismo orden. No es una cuestión marginal ni un debate moralista. Es uno de los lugares donde el poder masculino aparece con menos disfraces. Un cuerpo vulnerable, casi siempre femenino, convertido en mercancía para sostener el derecho masculino al acceso sexual. Llamarlo libertad cuando hay pobreza, explotación, trata o desigualdad extrema es una de las grandes hipocresías de nuestro tiempo.
También lo es negar la dimensión cultural de la desigualdad. La música, la pornografía, los algoritmos, la publicidad o las redes sociales no son territorios inocentes. Educan. Modelan imaginarios. Jerarquizan deseos. Enseñan a mirar. Y muchas veces enseñan a mirar a las mujeres como cuerpos disponibles, corregibles, consumibles o subordinados.
La derecha y la ultraderecha llaman libertad a demasiadas formas de dominación. Libertad para comprar cuerpos. Libertad para negar la violencia machista. Libertad para educar sin igualdad. Libertad para convertir cualquier política feminista en una amenaza ideológica. Su problema no es el exceso del feminismo, sino su eficacia. Les irrita que el feminismo haya puesto nombre a lo que durante siglos se presentó como naturaleza.
Redondo acierta al señalar que el Ministerio de Igualdad sigue funcionando como un ministerio sometido al vaivén ideológico. España lo necesita, precisamente, porque la igualdad no está garantizada. Porque cada derecho conquistado puede ser debilitado. Porque cada avance encuentra enfrente una maquinaria política, mediática y cultural empeñada en devolver a las mujeres al lugar de la obediencia.
El debate no es si los hombres son enemigos. No lo son. El debate es si una democracia madura puede seguir aceptando que una parte de la sociedad conserve privilegios heredados a costa de la libertad de la otra. Y ahí conviene decirlo sin miedo, aunque moleste. Los hombres no necesitan ser defendidos del feminismo. Necesitan liberarse del mandato que les enseñó que perder poder era perderse a sí mismos.
La igualdad no será completa hasta que esa evolución deje de parecer una ofensa y empiece a ser entendida como una exigencia democrática.