Hay mañanas en las que la política española desciende directamente al subsuelo de la degradación institucional. La comparecencia de urgencia del líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, tras conocerse la histórica sentencia del Tribunal Supremo que condena a José Luis Ábalos a 24 años de prisión por el caso mascarillas, estaba llamada a ser el golpe de gracia de la oposición. El escenario era idóneo para el líder gallego: la demolición penal del que fuera el motor del sanchismo primigenio. Sin embargo, tras la pirotecnia de los titulares y los adjetivos gruesos, el análisis político riguroso destapa una preocupante debilidad estratégica en las filas populares y una calculada ambivalencia ante los procesos judiciales que pone en entredicho la pretendida regeneración que abandona.
Feijóo arrancó con la solemnidad impostada de las grandes crisis, declarando que "estamos en una situación límite para la democracia española". No le faltaba razón en el diagnóstico de la gravedad: que el número dos de facto del partido gobernante y ponente de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez en 2018 reciba una condena de este calibre es un misil en la línea de flotación de Moncloa. Pero el líder del PP, en su afán por estirar el chicle del colapso, incurrió en una hipérbole que diluye la fuerza de los hechos probados para convertir su discurso en un mitin de trazo grueso: "Las cloacas, el expresidente Zapatero, el hermano, la mujer, 11 ministerios bajo sospecha, las mordidas, las joyas, las amigas. Todo es una basura, todo es una basura que ha ensuciado la vida pública".
Moción de censura: Feijóo no se atreve a jugar
El núcleo político de la comparecencia residía en una pregunta evidente que flotaba en la sala de prensa: si la situación es tan terminal, ¿por qué el principal partido de la oposición no presenta una moción de censura de forma inmediata? Aquí es donde el discurso de Feijóo tropieza con el pragmatismo de la aritmética parlamentaria y saca a relucir el miedo a sufrir una derrota en el Congreso que termine por dar oxígeno a un Ejecutivo agónico.
Al ser interrogado por los periodistas sobre este extremo, Feijóo se refugió en una prudencia que bordea la inacción, justificando que "si hubiésemos presentado una moción de censura en los últimos meses, el señor Sánchez quedaría revalidado por la Cámara. No voy a cometer ese error". Para el líder de la oposición, la prioridad no es ofrecer una alternativa parlamentaria viable, sino forzar un desgaste externo esperando que los socios de investidura hagan el trabajo sucio. "¿Qué necesitan más los socios del Gobierno para retirarle el apoyo y obligarle a convocar elecciones?", inquirió con desesperación, trasladando la responsabilidad de la gobernabilidad de España a las fuerzas independentistas catalanas y vascas, las mismas a las que su partido demoniza a diario.
Justicia a la carta
El toque más crítico y contradictorio de la intervención de Alberto Núñez Feijóo emergió al abordar el comportamiento de la judicatura en los diferentes frentes abiertos. El líder gallego se deshizo en elogios hacia la independencia judicial al hablar del fallo del Supremo, exigiendo que la política asuma el veredicto: "Ni Pedro Sánchez hubiese sido posible sin Ábalos ni Ábalos hubiese sido posible sin Pedro Sánchez. Ábalos ya sufre las consecuencias judiciales. Sánchez, como mínimo, debe de afrontar las consecuencias políticas". Hasta ahí, el manual clásico de la oposición.
La disonancia llega cuando la prensa le apretó las tuercas sobre las controvertidas actuaciones del juez Juan Carlos Peinado en la instrucción que afecta a la esposa del presidente, Begoña Gómez, concretamente sobre las insinuaciones del magistrado respecto a que la policía judicial podría colaborar en una hipotética fuga. Feijóo, que minutos antes exigía un respeto reverencial y ciego a los tribunales, comenzó a matizar, admitiendo que "se puede discutir la proporcionalidad de alguno de los párrafos", para terminar parapetándose en que él comparecía por una sentencia firme y no por "un párrafo, de un auto, de un juzgado de instrucción".
Esta pirueta argumental evidencia que para el Partido Popular no todas las resoluciones judiciales merecen el mismo nivel de entusiasmo. El acatamiento de Génova se vuelve selectivo: se abraza la contundencia del Supremo pero se pasa de puntillas sobre los excesos evidentes de la instrucción de la Plaza de Castilla para no desmontar el relato de la persecución y el saqueo institucional que alimenta su estrategia mediática.
La paradoja británica y el laberinto de la legitimidad
En su intento por internacionalizar el oprobio, Feijóo recurrió a una comparación geopolítica que terminó volviéndose en su contra. Mencionó la dimisión del primer ministro británico tras unos malos resultados regionales, enfatizando que ningún líder europeo se atrinchera de esa manera. Sin embargo, omitió que el sistema Westminster opera bajo unas reglas de cultura política e institucional británica que distan años luz de la numantina resistencia ibérica, donde las dimisiones por responsabilidad política directa se extinguieron el siglo pasado.
Feijóo zanjó su intervención con una proclama electoralista anticipada, prometiendo que "España volverá a estar gobernada por mujeres y hombres honrados, decentes y preparados". Es una afirmación que apela a la fibra moral del electorado, pero que choca con la realidad parlamentaria de una semana clave donde el PP fía toda su fuerza a dos votaciones de carácter simbólico: una moción en el Senado y una cuestión de confianza en el Congreso. Al negarse a articular una moción de censura propia, Feijóo demuestra que, a pesar de la gravedad innegable de tener a un exministro condenado a 24 años de cárcel, la oposición sigue atrapada en el cálculo del beneficio propio, prefiriendo contemplar el fin de la escapada desde la barrera en lugar de liderar el asalto definitivo al poder.