Feijóo descubre el hantavirus cuando huele a desgaste político

El líder del PP se refugia en la “información veraz” y Canarias convierte la crisis sanitaria del crucero en otro frente contra el Gobierno

07 de Mayo de 2026
Actualizado a las 12:17h
Guardar
Feijóo descubre el hantavirus cuando huele a desgaste político
Feijóo en una imagen de archivo

Hay una forma muy española de gestionar las crisis que consiste en esperar prudentemente a que aparezca el miedo y, justo después, presentarse como intérprete oficial de la inquietud ciudadana. Alberto Núñez Feijóo domina ese arte con la paciencia de quien lleva años entrenando la ambigüedad institucional como si fuese una virtud de Estado.

El presidente del PP habló este miércoles con Fernando Clavijo para trasladarle su apoyo ante la posible llegada a Canarias del crucero afectado por un brote de hantavirus. Hasta ahí, nada reprochable. La lealtad entre administraciones forma parte de cualquier democracia seria. El problema empieza cuando esa preocupación sanitaria se convierte rápidamente en otra cosa mucho más reconocible dentro de la política española contemporánea. Una operación de desgaste cuidadosamente envuelta en palabras solemnes como “prudencia”, “transparencia” o “certidumbre”.

Feijóo asegura que el Gobierno no está ofreciendo información suficiente sobre las decisiones adoptadas junto a la OMS y las autoridades europeas. Pide datos “veraces”, “actualizados” y “transparentes”. El lenguaje parece impecable. Lo llamativo es que esa exigencia de claridad suele aparecer siempre en el Partido Popular cuando la gestión corresponde al adversario. Nunca cuando gobiernan ellos y las crisis se administran desde el silencio burocrático o desde la propaganda institucional más rudimentaria.

Porque conviene recordar algo elemental. La decisión de permitir que el crucero haga escala en Canarias no nace de un capricho político de Pedro Sánchez ni de una ocurrencia ministerial improvisada en Moncloa. Responde a una coordinación internacional con la Organización Mundial de la Salud y con el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades. Es decir, exactamente el tipo de arquitectura técnica y sanitaria que debería evitar convertir cualquier episodio epidemiológico en un mitin permanente.

La política española lleva años atrapada en un reflejo condicionado. Todo debe transformarse inmediatamente en campo de batalla partidista. Incluso un virus.

Fernando Clavijo tiene derecho a expresar inquietud. Gobernar unas islas cuya economía depende casi por completo del turismo obliga a medir cada gesto con una sensibilidad extrema. El miedo colectivo puede ser tan destructivo como la propia amenaza sanitaria. Lo discutible no es eso. Lo discutible es utilizar esa inquietud legítima para alimentar una sospecha política constante sobre cualquier decisión estatal, aunque llegue respaldada por organismos internacionales.

Feijóo parece haber encontrado en esta crisis una oportunidad perfecta para volver a ocupar un papel que le resulta cómodo. El del dirigente moderado que no acusa directamente pero deja caer la duda suficiente para erosionar la confianza pública. Es una estrategia antigua. No incendiar del todo, pero sí dejar el humo suficiente para que el ambiente se vuelva irrespirable.

Mientras tanto, la realidad sanitaria continúa siendo bastante más compleja y menos melodramática que el ruido político. El hantavirus no es un virus de transmisión fácil entre humanos. Los protocolos internacionales existen precisamente para evitar alarmismos irracionales. Y las autoridades sanitarias llevan días insistiendo en que cualquier desembarco se realizaría bajo medidas extraordinarias de aislamiento y control.

Pero en tiempos de ansiedad colectiva la política ha aprendido que el miedo siempre cotiza alto.

No deja de resultar significativo que Feijóo vuelva a instalarse en ese territorio ambiguo donde parece exigir responsabilidad institucional mientras contribuye discretamente a amplificar la sensación de descontrol. Una oposición seria tendría derecho a pedir explicaciones técnicas, coordinación y rigor. Lo que empieza a resultar más difícil de sostener es esa permanente escenificación de desconfianza como método político.

Al final, quizá el problema de fondo sea otro. España vive desde hace años dentro de una campaña electoral interminable donde cualquier crisis —una pandemia, un apagón, una guerra o ahora un crucero aislado frente al Atlántico— deja de ser inmediatamente un problema colectivo para convertirse en munición partidista. Y en ese clima, hasta los virus acaban teniendo color político.

Lo + leído