Una España que se construye frente a otra que reparte asientos

Frente a los acuerdos entre PP y Vox, el presidente reivindica la igualdad, lo público y una idea de país que no se deja arrastrar por nostalgias de despacho cerrado

27 de Abril de 2026
Actualizado el 29 de abril
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Sanchez país
Sánchez en un acto de precampaña en Andalucía | Foto: PSOE

Hay domingos en los que la política se parece a una plaza de pueblo donde todo el mundo sabe de qué se habla aunque nadie lo diga del todo, y en Córdoba, bajo un sol que parecía pedir menos ruido y más verdad, Pedro Sánchez decidió llamar a las cosas por su nombre, con esa mezcla de cálculo y convicción que a veces distingue a quienes gobiernan de quienes simplemente aspiran a hacerlo.

No es nuevo que en campaña se eleven los tonos, pero hay palabras que, cuando se pronuncian, traen consigo un eco antiguo. Sánchez habló de “pactos de señoros” y en ese término, que suena a tertulia de casino con humo espeso y decisiones tomadas sin testigos, se condensaba algo más que una crítica coyuntural, casi una manera de entender el poder como propiedad privada, como si la política fuera todavía una conversación entre iguales donde algunos no están invitados.

El presidente, que conoce bien el arte de medir cada frase sin renunciar del todo a la intuición, quiso dibujar una frontera clara entre dos formas de país. De un lado, esa España que se invoca con solemnidad constitucional mientras, según denunció, se firman acuerdos que tensan el principio más elemental, el de no discriminar a nadie por lo que es. Del otro, una idea de comunidad que no necesita grandes gestos para justificarse porque se reconoce en lo cotidiano, en un hospital que atiende sin preguntar, en un salario que permite vivir sin heroicidades.

Había en su discurso algo más que la habitual confrontación partidista. Se trataba de una apelación a la dignidad de lo común, a esa red invisible que sostiene a un país cuando deja de mirarse en el espejo de sus agravios y decide hacerlo en el de sus avances. Sánchez habló de 2018 como quien recuerda una casa desordenada y de 2026 como quien señala que, al menos, alguien se ha ocupado de abrir las ventanas.

No faltaron, por supuesto, las referencias al pasado que todavía incomoda. La corrupción del Partido Popular apareció en el relato con esa persistencia de lo que no termina de irse, como si formara parte de una memoria que se resiste a ser archivada. No hubo estridencia en el tono, pero sí una ironía bien dirigida, esa que compara la corrupción con la energía, siempre transformándose, nunca desapareciendo del todo.

En Andalucía, donde las palabras suelen medirse con un sentido especial del tiempo, Sánchez eligió también un adversario más sutil. Juanma Moreno no fue retratado como un político de ruptura, sino como alguien que, bajo una apariencia tranquila, reproduce una lógica conocida. La privatización, vino a decir, no siempre llega a gritos, a veces se instala en silencio, avanzando despacio mientras las listas de espera crecen y lo público se convierte en una opción cada vez más frágil.

En ese escenario, la figura de María Jesús Montero apareció como una respuesta más que como una candidatura, casi como la encarnación de una forma de gestión que no renuncia a lo técnico pero tampoco olvida lo político. Sánchez la presentó con la naturalidad de quien sabe que, en determinados momentos, las elecciones no se juegan solo en el terreno de las siglas, sino en el de la confianza.

Pero si hubo una palabra que atravesó todo el discurso, fue igualdad. No como consigna, sino como principio que incomoda a quienes prefieren el orden de siempre. Cuando habló de una Andalucía feminista, lo hizo sin grandilocuencia, como si se tratara de algo que ya está en marcha, de una corriente que no necesita permiso porque forma parte de la vida misma.

Al final, lo que quedó flotando en el aire no fue tanto una consigna electoral como una pregunta antigua, qué país quiere ser este, uno que avanza con todos o uno que decide, otra vez, quién se queda fuera. Y en esa pregunta, que parecía sencilla y sin embargo no lo es, Sánchez encontró el tono justo, el de quien no promete un paraíso, pero tampoco acepta volver atrás.

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