La trata de mujeres con fines de explotación sexual empieza muchas veces mucho antes de llegar a España. No comienza necesariamente en un club, en un piso clandestino o en una carretera secundaria. Comienza, con frecuencia, en una conversación aparentemente inocente, en una oferta de empleo demasiado buena, en una promesa de viaje inmediato, en una ayuda económica que después se convierte en deuda, control y violencia.
Por eso la campaña que el Ministerio de Asuntos Exteriores pondrá en marcha desde este lunes en los consulados españoles de América Latina tiene una importancia política y feminista evidente. La iniciativa, desarrollada en colaboración con APRAMP, busca actuar en origen, antes de que las mujeres y niñas queden atrapadas por redes que operan precisamente sobre la vulnerabilidad, la precariedad y la esperanza legítima de una vida mejor. Exteriores señala que América Latina es una de las regiones con mayor incidencia en la trata de mujeres con fines de explotación sexual con destino a España, y plantea la campaña como una herramienta de prevención temprana e información accesible.
La medida tiene un valor añadido porque desplaza el foco desde la intervención tardía hacia la prevención. Durante demasiado tiempo, las políticas contra la trata han llegado cuando el daño ya estaba hecho, cuando la víctima ya había sido captada, trasladada, amenazada o explotada. La campaña intenta intervenir en ese momento previo en el que todavía es posible reconocer señales de alerta y romper el mecanismo de captación. Entre sus recomendaciones figuran no entregar documentación personal, exigir por escrito cualquier oferta laboral o educativa, desconfiar de viajes inmediatos, proteger la información en redes sociales y mantener siempre canales de contacto con personas de confianza.
La trata no es un accidente migratorio. Es una forma extrema de violencia machista organizada. Así lo recoge también el macroestudio sobre trata, explotación sexual y prostitución impulsado en España, que define la trata con fines de explotación sexual como una violencia basada en una estructura patriarcal de dominación sobre mujeres y niñas.
La dimensión internacional del fenómeno obliga además a mirar más allá de las fronteras nacionales. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito advirtió en su Informe Mundial sobre Trata de Personas 2024 de un aumento de víctimas detectadas, especialmente en contextos de pobreza, conflicto, desplazamiento y vulnerabilidad social. La trata no opera en el vacío. Se alimenta de desigualdades económicas, de crisis migratorias, de discriminaciones de género y de mercados sexuales que siguen encontrando demanda en países de destino.
En España, las cifras policiales recientes muestran la persistencia del problema. En 2024, la Policía liberó a 648 víctimas de trata y explotación sexual, principalmente mujeres, y desarticuló decenas de organizaciones criminales. La mayoría de estas redes no actúan mediante secuestros cinematográficos, sino mediante mecanismos mucho más eficaces y difíciles de detectar: engaño, endeudamiento, aislamiento, amenazas a la familia, dependencia administrativa y manipulación emocional.
Por eso resulta tan importante que la red consular española participe en la prevención. Los consulados son muchas veces uno de los primeros puntos de contacto institucional para mujeres que quieren viajar, estudiar, trabajar o regularizar documentación. Convertir esos espacios en lugares de información clara puede ayudar a detectar riesgos antes de que la explotación se produzca.
Pero conviene no idealizar la medida. Una campaña de sensibilización no basta por sí sola para combatir un sistema criminal que mueve enormes beneficios y que se apoya también en la demanda de prostitución en los países de destino. La prevención en origen es imprescindible, pero debe ir acompañada de protección efectiva, recursos habitacionales, permisos de residencia, asistencia psicológica, alternativas laborales y persecución real de quienes se lucran con la explotación sexual.
La trata se combate informando a las mujeres, sí, pero sobre todo reduciendo el poder de quienes compran, trasladan, amenazan y explotan sus cuerpos.
Ahí está el verdadero desafío. Que esta campaña no sea solo una advertencia a potenciales víctimas, sino una pieza más de una política pública capaz de entender la trata como lo que es: una vulneración grave de derechos humanos, una expresión brutal de la desigualdad entre hombres y mujeres y una forma contemporánea de esclavitud que sigue encontrando espacio allí donde la pobreza, el machismo y la impunidad se cruzan.