El escapismo táctico de Feijóo devalúa su liderazgo nacional

Detrás de la calculada ausencia del líder gallego en las investiduras autonómicas se esconde el temor a la foto fija con sus socios y una alarmante falta de control sobre el rumbo territorial del partido

06 de Julio de 2026
Actualizado el 07 de julio
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Feijoo escapismo

Génova intenta vender como una estricta neutralidad protocolaria la ausencia de Alberto Núñez Feijóo a las investiduras de los líderes regionales que se han visto obligados a pactar con Vox. Sin embargo, esto se asemeja, bajo una mirada más incisiva, a un ejercicio de escapismo político. La toma de posesión de Juanma Moreno en Andalucía, marcada por la llamativa ausencia de la primera línea ejecutiva del partido, abrió una grieta en el relato de unidad monolítica que Alberto Núñez Feijóo intenta proyectar. Al refugiarse en una fría justificación de agenda para esquivar los actos institucionales de sus barones, el líder del centroderecha no solo diluye su autoridad nacional, sino que evidencia un temor casi reverencial a quedar atrapado en las contradicciones de sus pactos territoriales. Así lo ha demostrado hoy en una entrevista en Espejo Público, en Antena 3.

La comitiva delegada en Sevilla pretendía amortiguar el golpe, pero la realidad matemática de las urnas andaluzas terminó por imponer su propia ley. Al ser cuestionado por esta deliberada distancia, el gallego despachó el asunto argumentando que el encadenamiento de cuatro comicios regionales obligaba a una homogeneidad en las ausencias para no agraviar a ningún territorio. Sin embargo, la pirueta retórica resulta difícil de sostener cuando la comunidad más poblada de España se juega su estabilidad y el presidente nacional decide observarlo desde la barrera, alegando que si no acudió a la primera cita, carecía de sentido personarse en el sur peninsular. Esta desconexión física alimenta la tesis de aquellos que ven en su dirección una tutela laxa, incapaz de coordinar con firmeza los tiempos de sus federaciones.

El verdadero nudo gordiano de su liderazgo se vislumbra al analizar el pacto de Gobierno con Vox, una alianza que Feijóo intenta despojar de dramatismo ideológico mediante un crudo reduccionismo aritmético. Mientras el presidente andaluz batallaba por camuflar las cesiones ante sus nuevos socios, la dirección nacional optó por justificar el acuerdo como una inevitable "gestión de la realidad", asumiendo que la pérdida de la mayoría absoluta por un puñado de restos obligaba al pragmatismo. El peligro de esta estrategia radica en la paulatina erosión de la frontera discursiva del Partido Popular. Al sacralizar el número de escaños por encima de la coherencia programática, el líder gallego legitima la entrada de la extrema derecha en las instituciones autonómicas como un mal menor, debilitando su propio compromiso de moderación centrista.

Esta ambigüedad pasa factura en las proyecciones demoscópicas nacionales, donde el partido se mantiene en un primer puesto estancado que no logra romper los bloques tradicionales. El gran caballo de batalla para Génova sigue siendo la promesa de gobernar en solitario en España, un compromiso ratificado con solemnidad en la ponencia política de su congreso pero que colisiona frontalmente con la realidad de los pactos ya firmados en cuatro comunidades autónomas. Al insistir en un horizonte monocolor mientras valida gobiernos de coalición en la periferia, Feijóo incurre en una disonancia cognitiva que el electorado moderado observa con desconfianza. Fiar el éxito final a la teoría de que las encuestas se equivocan y las urnas premiarán el equilibrio es un juego de alta tensión que podría dejar al líder de la oposición atrapado en su propio laberinto de indefinición.

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