Hay relaciones internacionales que se construyen sobre afinidades políticas y otras que descansan sobre intereses permanentes. La que mantienen España y Argelia pertenece claramente a la segunda categoría. La visita de Pedro Sánchez a Argel certifica el cierre de una de las crisis diplomáticas más profundas entre ambos países desde la instauración de la democracia y devuelve la energía al centro de una relación llamada a desempeñar un papel decisivo en los próximos años.
El encuentro entre Sánchez y el presidente Abdelmadjid Tebboune concluyó con dos decisiones de enorme alcance. La primera, la celebración en octubre de la VIII Reunión de Alto Nivel, que no se celebraba desde 2018. La segunda, un acuerdo político para incrementar el suministro de gas argelino a España, tanto a través del gasoducto Medgaz como mediante gas natural licuado, pendiente ahora de su concreción empresarial.
Europa afronta una nueva reorganización de su política energética. La decisión comunitaria de avanzar hacia el abandono definitivo del gas ruso obliga a los Estados miembros a buscar proveedores estables y próximos. En ese escenario, Argelia recupera una centralidad que nunca llegó a perder del todo, pero que la crisis diplomática de 2022 había dejado parcialmente eclipsada.
Argelia es hoy el principal suministrador de gas de España y dispone de una ventaja difícilmente igualable por otros competidores. El gasoducto Medgaz conecta directamente ambos países sin atravesar terceros Estados, reduciendo riesgos geopolíticos y costes logísticos. A ello se suma la capacidad creciente de suministro mediante gas natural licuado, un factor especialmente valioso en un mercado internacional sometido a una volatilidad permanente.
La fotografía de Argel posee, además, una evidente lectura política. Hace apenas cuatro años, la carta enviada por Pedro Sánchez al rey Mohamed VI respaldando el plan marroquí para el Sáhara Occidental provocó una ruptura sin precedentes con Argel. Se suspendieron las relaciones comerciales, quedó congelado el Tratado de Amistad y la interlocución política prácticamente desapareció. Aquella crisis parecía difícil de revertir porque afectaba a uno de los asuntos más sensibles para la diplomacia argelina.
Hoy el escenario es distinto. El Gobierno español no ha modificado oficialmente su posición sobre el Sáhara, pero ambas capitales han optado por reconstruir la relación desde una lógica pragmática. El conflicto saharaui sigue presente, aunque ya no monopoliza toda la agenda bilateral. La cooperación energética, la inversión empresarial, la gestión migratoria, la estabilidad del Sahel y la seguridad mediterránea vuelven a ocupar espacio en la conversación política.
Ese desplazamiento de prioridades resulta significativo. Las relaciones internacionales rara vez permanecen ancladas en un único desacuerdo cuando existen intereses estratégicos compartidos. España necesita diversificar y asegurar su abastecimiento energético. Argelia busca consolidarse como uno de los grandes proveedores del sur de Europa en un momento de transformación del mercado continental y atraer inversión para modernizar su economía. Ambas necesidades convergen.
La diplomacia ha encontrado un terreno donde los incentivos pesan más que las diferencias. La presencia en Argel de los principales grupos energéticos españoles, junto a empresas de infraestructuras, ingeniería, agua o defensa, confirma que la visita trasciende el gas. El Ejecutivo pretende recuperar también el espacio económico perdido durante los años de tensión y reforzar la presencia empresarial española en un mercado que vuelve a abrirse.
El Mediterráneo occidental atraviesa una etapa de profundas transformaciones. La transición energética, la competencia por nuevas rutas de suministro, la inestabilidad del Sahel y la presión migratoria están redefiniendo las prioridades de todos los actores de la región.
En ese contexto, España vuelve a mirar hacia Argelia no solo como un proveedor energético, sino como un socio estratégico cuya estabilidad resulta inseparable de la propia estabilidad del flanco sur europeo. Esa quizá sea la principal conclusión que deja una visita llamada a cerrar una crisis diplomática y a inaugurar una etapa marcada, otra vez, por la geografía y por la energía.
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