Alberto Núñez Feijóo ha elevado el tono de su discurso al asegurar que, si gobierna, abrirá ventanas, levantará alfombras y registrará cajones para conocer el estado real de la Administración. La promesa busca transmitir una imagen de regeneración institucional y de firmeza frente a la corrupción. Es una declaración políticamente eficaz. También obliga a preguntarse con qué autoridad moral puede formularla quien dirige un partido marcado durante décadas por algunos de los mayores escándalos de corrupción de la democracia española.
La corrupción merece una respuesta contundente con independencia de quién la protagonice. Si existen investigaciones abiertas que afectan al entorno del Gobierno, corresponde a los jueces esclarecer responsabilidades y, en su caso, imponer las condenas que procedan. Ese principio debe ser innegociable. Pero precisamente por ello resulta difícil aceptar que la regeneración se presente como patrimonio exclusivo de una formación que aún arrastra las consecuencias de Gürtel, Bárcenas, Púnica, Lezo, Brugal, Taula o Kitchen, entre otros casos que afectaron a distintos niveles del Partido Popular.
La contundencia del discurso de Feijóo contrasta con la prudencia que el propio PP suele reclamar cuando las investigaciones afectan a dirigentes de su espacio político. Esa diferencia de criterio alimenta la percepción de una doble vara de medir que debilita cualquier mensaje de ejemplaridad. La lucha contra la corrupción exige coherencia. No basta con exigir responsabilidades al adversario. También es imprescindible asumir las propias sin relativizarlas ni convertirlas en un problema del pasado cada vez que reaparecen en sede judicial.
Especialmente significativa resulta la referencia de Feijóo a unas supuestas "cloacas del Estado". Es una acusación de enorme gravedad que requeriría pruebas sólidas y no únicamente un relato político. La utilización de conceptos tan contundentes sin que exista una resolución judicial que los respalde contribuye a aumentar la desconfianza ciudadana hacia las instituciones, precisamente aquello que cualquier dirigente debería tratar de preservar.
La regeneración democrática no consiste en cambiar de ocupantes en los despachos, sino en fortalecer las reglas que garantizan la igualdad ante la ley. España necesita instituciones capaces de investigar con independencia cualquier caso de corrupción, gobierne quien gobierne, sin convertir cada procedimiento judicial en un instrumento de confrontación partidista.
También llama la atención que Feijóo insista en que no presentará una moción de censura porque carece de apoyos suficientes. La explicación responde a una lógica parlamentaria evidente. Sin mayoría alternativa, la iniciativa está condenada al fracaso. Sin embargo, esa realidad también evidencia que buena parte de la estrategia de oposición continúa descansando más sobre el desgaste político y judicial del Ejecutivo que sobre la construcción de una mayoría parlamentaria propia.
La ciudadanía tiene derecho a exigir transparencia absoluta a cualquier gobierno. Pero esa exigencia solo resulta plenamente creíble cuando quien la formula demuestra que está dispuesto a aplicarse exactamente el mismo nivel de escrutinio. Levantar alfombras puede ser un ejercicio saludable para la democracia. Lo será mucho más si nadie decide dejar algunas sin tocar según quién viva encima de ellas.
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