A Abascal se le cae el chiringuito en medio de denuncias de prácticas mafiosas en la cúpula

Garre ha dibujado con precisión el clima interno del partido: intentos de amedrentamiento, desinformación interesada y filtraciones desmentidas. No son simples errores de comunicación, sino síntomas de un proceso de control absoluto de la narrativa

27 de Marzo de 2026
Actualizado a las 14:47h
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Abascal Vox Crisis

Murcia, una región que durante años funcionó como laboratorio de la derecha española, ha visto cómo se ha desatado una tormenta política que amenaza con hacer visible lo que en Vox era desde hace tiempo un rumor persistente: la crisis de poder, control y cohesión interna en un partido construido sobre la disciplina vertical y el liderazgo incontestable de Santiago Abascal.

El caso de José Francisco Garre, portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Torre Pacheco, no es un episodio local aislado. Su renuncia al Comité de Garantías del partido y su baja como afiliado, tras denunciar “presiones” y “comportamientos cuasi mafiosos” por parte de la cúpula nacional, refleja un malestar sistémico: un deterioro del aparato interno que amenaza con extenderse a los cimientos mismos de la formación.

Garre, abogado y político de perfil técnico, se ha convertido en el último eslabón de una cadena de rupturas que incluye a Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith, dos de los rostros fundacionales de Vox. La purga de figuras identificadas con la etapa “proyecto” más que con la “máquina electoral” evidencia una mutación organizativa: Vox ya no es un movimiento de insurgencia ideológica, sino una estructura cerrada, centralizada y cada vez más refractaria al disenso.

Al denunciar presiones tras la expulsión de José Ángel Antelo, hasta hace poco líder provincial y jefe de grupo parlamentario en la Asamblea Regional, Garre ha dibujado con precisión el clima interno del partido: intentos de amedrentamiento, desinformación interesada y filtraciones desmentidas. No son simples errores de comunicación, sino síntomas de un proceso de control absoluto de la narrativa que aspira a disciplinar incluso a los cuadros intermedios.

El episodio cobra relevancia porque se produce justo cuando Vox intenta recomponerse tras un ciclo electoral irregular y una pérdida de influencia institucional. Murcia —junto a Castilla y León— era hasta ahora un bastión simbólico del discurso abascálico: orden, identidad, frontera. Pero la rebelión de Torre Pacheco, enmarcada en un pacto municipal con el PP, abre una fractura visible entre la lógica del poder local (pragmática y de gestión) y la estrategia nacional (ideológica y de confrontación).

El acuerdo de gobernabilidad entre Vox y el Partido Popular en el Ayuntamiento, respaldado por tres de los cuatro concejales del grupo, es el tipo de pacto que en la actual dirección de Vox genera incomodidad. Allí donde los militantes ven “estabilidad municipal”, Abascal ve riesgo de “contaminación política”. Es la tensión irresuelta entre el purismo moral y la necesidad de gobernar, que se repite en diferentes puntos del mapa y que ahora encuentra en Murcia su versión más cruda.

Las declaraciones de Garre sobre las palabras de Abascal, “los que no quieran estar en Vox ya saben lo que tienen que hacer”, ilustran un modelo de liderazgo basado no en la lealtad razonada, sino en la obediencia silenciosa. “Nunca se puede despreciar a compañeros que llevan años trabajando por el proyecto”, dijo Garre, alejándose no solo del partido, sino de su liturgia.

Su renuncia al Comité de Garantías, un órgano creado para “velar por los derechos estatutarios” de los afiliados, es simbólicamente potente: quien debía garantizar las reglas básicas denuncia que ya no existen garantías. En clave institucional, es como si el juez declarara ilegítimo su propio tribunal.

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