Últimamente me preocupa ver como, cada vez más, los que ganan son los hijos de puta…
Por ejemplo, escribir no es simplemente llenar páginas, sino vivenciar cada latido interior, confrontar las sombras propias y sociales, y traducir esa urgencia en palabras y opiniones veraces, o dicho a la manera de Graham Greene: «Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, cómo se las arreglan para soportar la vida”.
La literatura camina donde late lo humano, en la soledad, en el dolor, en la rabia frente al pensamiento único, y en la esperanza que se levanta, aunque todo parezca adverso. Escribir no es solo un autorretrato, sino un espejo compartido y vivido; es mirar dentro y fuera, también invitando al lector a mirar, a cuestionarse, a sanar. Esa honestidad brutal —escupir sentimientos, desenmascarar máscaras— es el pulso que convierte lo escrito en una forma de resistencia, de cambio social y cultural, es una forma de progreso conjunto (escritor-lector) que puede lograr que las circunstancias sociales actuales se transformen y mejoren para todos.
Hay opinadores de periódicos dominicales que no sabemos muy bien hacia dónde dirigen su tinta y sus disquisiciones. Hace unas semanas un amigo me envió el artículo de un columnista que aseguraba que él, al encontrarse por la calle con políticos de diferentes signos y colores, les prometía a todos ellos su voto, al tiempo que, si uno continuaba leyendo el texto, aseguraba que sólo había cumplido en toda su vida con uno de esos políticos. Acaso este sea el mal de nuestro tiempo: prometer y prometer hasta conseguir que la palabra dada no valga nada y los lectores piensen que la prensa está viciada, empobrecida y comprada por “entes” que luchan incesantemente para que no salga a la luz la verdad de las cosas.
Quiero decir, si en Gaza se está masacrando a personas inocentes, se dice y se escribe. Si la gestión de los incendios forestales del pasado verano ha sido verdaderamente lamentable, se dice y se escribe. Si hoy mismo se están asesinando sistemáticamente a cristianos en África y en Asia, se dice y se escribe. Si al grueso de las familias de este país les cuesta cada día más llegar a fin de mes, se dice y se escribe. Si nos rodean políticos que no ostentan un verdadero compromiso por el bien común, se dice y se escribe. Si las compañías Apple, Google, Dell, Microsoft y Tesla han sido demandadas por el bufete de abogados International Rights Advocates ante un tribunal de Washington para esclarecer las muertes y lesiones de niños y adultos en las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, se dice y se escribe… y así con todo, aunque uno se meta en problemas o, incluso, reciba chantajes o miradas insidiosas que pronostican un punzante mal de ojo.
Lo que no puede ni debe hacer un opinador, un amante de las letras y la autenticidad, es no mojarse o no dar la cara, realizando giros de guion por doquier en un mismo contenido, para así lograr quedar bien con todos, aunque nunca quedando bien consigo mismo y con su conciencia -siempre y cuando el susodicho posea conciencia, porque, hoy por hoy, uno ya no sabe qué tipo de podredumbre puede residir en los adentros grisáceos de una persona que está dispuesta a vender su alma a cambio de unas docenas de likes-.
En definitiva, no hay arte ni pensamiento crítico sin compromiso, y la escritura puede ser arma, bálsamo, confesión, denuncia... Puede ser la lucidez que nace cuando uno acepta que, la vida, en su paradoja, una herida y, al mismo tiempo, ganas de sanar, de respirar, de valorar la honestidad y la honradez que no ostentan los hijos de puta anteriormente citados.
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