¡De acuerdo! Vivimos tiempos difíciles de crisis sucesivas, superpuestas unas con otras, sin darnos tiempo para reflexionar y evaluar su importancia y trascendencia. Si a este hecho unimos el gusto de una mayoría de informadores de elaborar vaticinios negros, superlativos, para describir y categorizar la profundidad de la crisis, la que sea, en lugar de limitarse a informar con hechos y datos objetivos, se aumenta la gravedad de la crisis y se engrandece la ceremonia de la confusión, porque contribuyen a exacerbar el pesimismo sobre el presente y el futuro, de por sí incierto.
Vaticinios innecesarios—no es esa la función del periodista— que se producen unas veces con deliberación espuria, otras por falta de reflexión sobre el impacto que producen en el destinatario, por desconocimiento de los principios del periodismo o, peor, para diferenciarse en la estulticia del resto de profesionales del periodismo trasmutados en chamanes.
Trasladar a la audiencia la idea de que cada crisis es más grave que la anterior supone desconocer la historia y dejarse arrastrar por la histeria colectiva que se desata con ese tipo de mensajes que fomentan la inseguridad, el miedo, y bloquean el análisis de las razones contextuales, políticas, económicas y culturales de las crisis, que siempre tienen un origen múltiple que ha ido cuajando hasta la ebullición, más cuando asistimos a un cambio de ciclo global, una nueva era tecno científica, que quiebra el orden social precedente que genera, per se, desconcierto e inseguridad.
Basta con un repaso somero por la historia para comprender que la vida de Sapiens evoluciona a golpe de crisis, es la lógica de la evolución, por eso no hay que sorprenderse por que se produzcan alteraciones en el statu quo de cada momento. Crisis que tienen una motivación que normalmente se oculta para no desvelar los intereses y beneficios que reportan los cambios, generalmente, a las clases privilegiadas.
En lugar de investigar sobre el intríngulis perverso que se esconde en el negocio internacional del petróleo, para que el bloqueo de una quinta parte del que se distribuye por el mundo—el 20% que circula por el estrecho de Ormuz— pueda poner contra las cuerdas la economía mundial; vaticinar sus efectos más negativos —siempre basados en la presunción—genera más miedo. El ciudadano quiere y debe saber, ¿por qué impacta tanto ese 20%, frente al 80% restante? ¿Qué intereses oscuros se mueven en la trastienda del negocio del petróleo, para que los precios de los combustibles suban de golpe, cuando el que nos expenden en las gasolineras lo compraron con más de un mes de antelación cuando el barril estaba a 72 euros?
Preguntas que siguen sin respuesta, porque los medios se dedican a magnificar los hechos que se producen en cada momento, que repiten una y otra vez aturdiendo la mente del destinatario que, de este modo, queda inerme de recursos informativos para elaborar un juicio propio sobre lo que acontece. Es una evidencia que los causantes de la actual crisis planetaria son Trump y su acólito Netanyaju, que le calienta el oído para que se embarque en conflictos de los que luego no sabe cómo salir. El ejemplo palmario es la guerra desatada contra Irán, cuyo afán nuclear y expansivo estaba controlado en el plano internacional.
No medir el impacto mundial de las decisiones que toman estos gobernantes malvados y dañinos, ya es suficiente castigo para la ciudadanía que sufre las consecuencias en el encarecimiento de su vida cotidiana; para que un nutrido grupo de periodistas y medios se sumen a sus planes perversos con trágicas premoniciones sobre el futuro que nos aguarda, en lugar de cumplir con su misión de investigar e informar, sin aspavientos innecesarios, sobre las razones, los negocios y los porqués que se ocultan detrás de las explosiones de las bombas y drones que siegan la vida de millares de inocentes.