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Uso político torticero de un problema ético

24 de Febrero de 2026
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Uso político torticero de un problema ético. dedo señalar

En los estados laicos y aconfesionales los ritos y cultos religiosos, de toda religión, deben desarrollarse en sus templos y en el ámbito privado de los creyentes y no usarse para hacer proselitismo de su creencia. Menos si esa exhibición pública es la expresión, dura y cruda, del machismo que sojuzga a las mujeres y acentúa su rol social como servidoras de los deseos egoístas del hombre, a las que se niega el derecho a decidir sobre su propia vida.

Eso es lo que representa el burka y el nikap con el que algunos estados musulmanes teocráticos y entornos ultra religiosos, obligan a vestirse a las mujeres en los espacios públicos. En ninguno de los 114 suras, capítulos, del Corán, se establecen prohibiciones a las mujeres en cuanto a su modo de vestir. Se trata pues de una interpretación machista del Corán, por parte de los islamistas radicales, para mantener un control medieval sobre la mujer, cuyo ejemplo extremo es Afganistán, donde se les niega hasta el derecho a expresar públicamente sus emociones.

Tampoco debemos rasgarnos las vestiduras porque el nacional catolicismo de la dictadura franquista imponía una indumentaria decorosa a las mujeres para ocultar las formas femeninas: chaqueta y falda rectas, siempre por debajo de la rodilla, y medias color carne. Y la Iglesia les imponía llevar cubierta la cabeza para acceder a los templos, oír misa y en eventos religiosos, como símbolo recordatorio de que fue la mujer la causante del pecado original, y justificar con ello su rol social de segundo orden.

Hecha está contextualización, necesaria para los desmemoriados, prohibir la exhibición pública de una simbología que representa el abuso que se ejerce sobre la mujer, es una necesidad ética sensata en defensa de la igualdad con el hombre en derechos y deberes. Prohibición que debe hacerse efectiva en la calle, en los centros educativos, sanitarios, administrativos, en las empresas, en los comercios y en los lugares de ocio y entretenimiento.

El uso torticero de esta necesaria prohibición para encubrir el poso de odio al diferente que anida en la propuesta presentada por Vox y PP—a los musulmanes en concreto—, es una manera rastrera de blanquear su discurso discriminatorio contra quienes tienen otras creencias y procedencia cultural, por el miedo injustificado que sienten a que se impongan sobre el esencialismo con el que definen lo que es el ser español. Miedo que demuestra la poca confianza que tienen en que la fortaleza de su españolidad, aguante la mixtura cultural que caracteriza, y seguirá haciéndolo, el nuevo orden social globalizado.

Que la derecha extrema haya elegido esta bandera para poner en crisis ideológica a la izquierda, además de infantil, no tiene ningún sentido ni recorrido político, porque en su trayectoria histórica está como seña de identidad la defensa de la igualdad de derechos y el empoderamiento femenino. Por esa razón, la izquierda no puede tener ningún reparo en sancionar el uso público del burka y el nikap que simbolizan la subyugación de la mujer por el hombre, y no un ejercicio de libertad de expresión por parte de mujeres que solo conocen ese entorno cultural asfixiante que han normalizado, porque no han salido nunca de él. Y por miedo al castigo si infringen las normas que deben cumplir por ser mujeres.

Por eso la izquierda no debe remolonear a la hora de prohibir el uso de esta indumentaria que devalúa el rol social de las féminas, y debe presentar un proyecto propio que marque con claridad el objetivo que se persigue:  el empoderamiento femenino y acabar con todo aquello que sojuzga su dignidad y derechos. Y denunciar el uso político interesado del necesario del empoderamiento femenino, en el que no creen ni gusta a la derecha extrema y menos en la ultraderecha.

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