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Trump como la Reina de Corazones

09 de Marzo de 2026
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Trump como la Reina de Corazones

Lewis Carroll no escribió un manual de política comercial, pero dejó un retrato perfecto del poder cuando se vuelve capricho: la Reina de Corazones. No gobierna; berrea. No persuade; amenaza. No construye instituciones; se las come. Y, sobre todo, no administra consecuencias: las consecuencias las han de administrar otros.

Donald Trump, el Trump de los aranceles a golpe de titular, el de las sanciones como castigo instantáneo, el de la diplomacia convertida en reality, parece haber encontrado su versión moderna del “¡Que le corten la cabeza!”. Solo que, en vez de cabezas rodando, ruedan porcentajes, tarifas y listas negras; sí, listas negras en las que España acaba de entrar junto con Canadá y México.

La lógica es parecida: una orden desmesurada, pronunciada con la seguridad de quien cree que el mundo se arregla con un grito, y después… el silencio administrativo. Porque en el País de las Maravillas, como en Washington, alguien tiene que hacer que la casa no se incendie.

El “¡que le corten la cabeza!” versión siglo XXI

La Reina de Corazones sentencia por impulso: alguien la molesta, alguien la contradice, alguien existe mal… y ella ya tiene veredicto. Trump, cuando decide “castigar” a un país, una empresa o un sector, suele hacerlo con el mismo gesto: una declaración maximalista, un anuncio grandilocuente, una amenaza que suena a martillazo.

Solo que el martillazo, en economía, no cae sobre una tabla sino sobre una cadena completa: proveedores, consumidores, aliados, precios, mercados, elecciones. Ahí es donde entra la corte.

En Carroll, la corte son cartas con uniforme: obedientes, rígidas, decorativas. En la vida real, la corte son funcionarios, técnicos, abogados del Estado, negociadores, burócratas que hacen lo que siempre hace la realidad ante el exceso: rebajar, matizar, aplazar, negociar, “aclarar”, redactar excepciones, abrir vías de escape, crear ventanas de cumplimiento, escribir notas al pie que en realidad son el texto principal.

Y todo esto sucede a la chita callando, porque reconocer públicamente que la amenaza era inviable equivale a pinchar el globo del personaje. La Reina no admite que exageró: simplemente cambia de tema, invade para entretenerse otro país que no se pueda defender, y exige otro castigo.

La política como temperamento

Lo fascinante (y lo peligroso) de esa forma de mandar es que no necesita razón; le basta temperamento. El temperamento se convierte en doctrina. Y la doctrina, en espectáculo.

En el País de las Maravillas, el juicio es una pantomima: la sentencia está decidida antes de escuchar el caso. En la política-arancel, a menudo se anuncia primero el castigo y luego se buscan los argumentos: “seguridad nacional”, “competencia desleal”, “interés estratégico”. A veces habrá motivos reales; lo que se copia de la Reina no es el motivo, sino el método: primero el grito, después el expediente. Y si no, que se lo pregunten a Anthropic y su Claude.

Cuando la gente deja de creer en el grito

Y aquí aparece el paralelismo que más duele a cualquier líder autoritario: la desobediencia por agotamiento.

Al principio, todos se asustan. La Reina grita “¡corten!” y el jardín se queda rígido. Trump anuncia aranceles y el mercado tiembla, los aliados reaccionan, los titulares se multiplican. El grito domina el día.

Pero cuando el grito se repite, cuando cada semana hay una “medida definitiva” que luego se retoca, cuando cada amenaza termina en una “excepción temporal” o un “acuerdo en principio”, ocurre lo inevitable: la gente empieza a calcular.

  • Los socios aprenden que el golpe puede ser ruido negociador.
  • Los mercados aprenden que hay que esperar la letra pequeña.
  • Los burócratas aprenden a construir colchones y salidas.
  • Los adversarios aprenden que el exceso desgasta.

Es el momento Carroll puro: la Reina sigue gritando e insultando, pero ya no manda igual. Porque el poder de la amenaza no está en la amenaza, sino en la fe del amenazado. Y la fe se gasta.

La corte que sostiene el decorado

El gran chiste, y a la vez la gran tragedia, es que este tipo de liderazgo necesita dos cosas a la vez:

  1. Gente que lo tema.
  2. Gente que le arregle los destrozos.

Sin la primera, el grito se vuelve ruido. Sin la segunda, el grito se vuelve incendio.

Por eso la política estilo Reina de Corazones vive en una contradicción permanente: desprecia a la administración, pero depende de ella; insulta a los técnicos, pero los necesita; ataca al “Estado profundo”, pero se apoya en sus mecanismos para que el espectáculo no tenga consecuencias irreparables. Es una guerra contra el suelo… mientras se intenta no caer.

Final de cuento

Carroll remata con una idea brutal: la Reina parece omnipotente, envía a sus aviones a sembrar la muerte por puro interés, pero su autoridad es de cartón. En cuanto Alicia crece, en cuanto madura, en cuanto deja de jugar, la corte se revela como lo que es: un mazo de cartas.

La analogía es clara: cuando el público, los aliados, las instituciones y hasta los propios soldados administrativos empiezan a tratar el grito como rutina, el mando se transforma en teatro. Puede seguir siendo un teatro dañino, incluso tóxico, pero ya no es “inevitable”. Es solo insistente.

Y quizá ese sea el destino natural de toda Reina de Corazones moderna: un líder que confunde el miedo con el respeto, el castigo con la gestión, y el titular con el gobierno. Hasta que un día descubre que el mundo, como Alicia, ha aprendido a decir, sin levantar la voz:

“No sois más que cartas.”

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