"Hablamos de muchas cosas y creo que nos estamos llevando muy bien". Esta frase de Trump sobre la conversación que tuvo con Delcy Rodríguez el 14 de enero, resume todo. Si algo queda de balance del breve periodo histórico que concluye en esa conversación, es que toda la dirección política, la delincuencial y la opositora, fracasó. Ni la dictadura pudo seguir gobernando ni la oposición pudo desplazarla. Y de ese “tablas” indecoroso resultó el puntillazo que el imperialismo estadounidense vino a dar. Además, confirma que todo el liderazgo criollo ha sido estrepitosamente derrotado. Más allá de los planes fantasiosos y las supuestas estrategias secretas, lo que ha quedado, en lo inmediato, es una “tierra en desgracia”.
Es clave decir que sin estas condiciones, difícilmente el imperialismo estadounidense se hubiese atrevido a hacer lo que hizo. No bastan nunca las apetencias imperialistas de conquista ni la disposición de repartirse el mundo como resultado de sus contradicciones. Hay siempre un disparador que determina esa posibilidad. Es una realidad tan aplastante como que el sol saldrá mañana. Y, en Venezuela, ambas fuerzas la pusieron de bombita.
En cuanto a las fuerzas sociales, al pueblo como protagonista de su destino, debemos decir que nunca estuvimos ni a las puertas de una revolución. Rebeliones sí, y con mucha entrega y sacrificios. Pero esas fuerzas naturales del pueblo nunca conquistaron su papel protagónico, quizás producto de la tremenda confusión que creó ideológica y socialmente el chavismo. Querer una patria soberana y libre es la antítesis del anticomunismo furibundo que sembraron Chávez y Maduro en la población, y que aprovecharon otros pensando en dispararle a dos aves con una bala.
Esa contrariedad es hegemónica en el torrente social. Las encuestas recientes lo indican. Muchos claman libertad de la mano de su peor enemigo. Una suerte de disociación desesperada. La reacción comprensible de un secuestrado. Es tan aplastante que, incluso en el momento más oscuro de la historia, nos vemos sometidos a ser gobernados por los personajes más miserables y delincuentes que haya padecido la República. Y hasta en cierto modo muchos lo celebran, aunque ahora estén tutelados por su némesis neoyorquino.
Los “de arriba” pudieron gobernar, incluso hasta hoy, más por los caros errores de una dirección política opositora -incapaz de autocrítica-, que por los talentos de la dictadura, que también los tiene. Talentos para la maldad y la abyección. Y ahora, como colonia tutelada del imperialismo gringo, pudieran seguir gobernando. Seguramente a eso apuestan. Sin embargo, esto también está a punto de cambiar.
La revolución social y la democracia
Partamos de la tesis más extendida sobre el momento revolucionario en la sociedad. Decía un viejo calvo ruso que "la ley fundamental de la revolución, confirmada por todas las revoluciones y, en particular, por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como antes y reclamen cambios; para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir ni gobernar como antes. Solo cuando los 'de abajo' no quieren y los 'de arriba' no pueden, solo entonces puede triunfar la revolución". Coloco la cita completa por los matices que encierra.
Ambas cosas están próximas a suceder en Venezuela. El arrebatón imperialista que realizó EEUU al chavismo es grave y es inédito. No conozco en la historia un hecho similar tan vertiginoso. Haber arrebatado en pocas horas, y tras “apenas” 47 militares venezolanos, 32 cubanos y 2 civiles masacrados según los reportes más precisos, la tutela imperialista de chinos y rusos sobre Venezuela y pasarla de cuajo a sus manos, suena inédito. Y no es que ahora tengamos tutela y antes no. Venezuela, con su dictadura incluída, simplemente cambió de dueño, una vez más, luego de esta novedosa reconquista sin invasión (frase de un amigo, corregida por mí).
Hay que destacar que la vertiginosidad de cambios que se sucedieron en la Rusia de principios del siglo pasado, fueron resultado precisamente de condiciones similares que produjeron revoluciones contrapuestas. La de 1905 fue un ensayo culminado en derrota. La de febrero de 1917 fue el derrocamiento del zarismo y la apertura de condiciones que permitieron el acelerado ascenso del movimiento social y sus verdaderas demandas, las demandas de los explotados. La de octubre no la voy a discutir acá, pero sucedió. Conjugó un imponente movimiento social con la existencia de una magnífica y talentosa dirección política. Y aunque siempre tenemos la tentación de hacer analogías para proteger a nuestra alma de las ansias de la incertidumbre, queriendo pensar que vamos a vivir nuevamente el pasado, la vida encierra siempre al pasado, al presente y al futuro, en un mismo lugar: la implacable realidad.
¿Transición a la transición?
Huelga añadir cosas que ya se han dicho sobre el 3 de enero. Los 26 años que costó al chavismo y al país sustituir el tutelaje gringo por la sumisión chino-rusa; los desplazados lo recuperaron en horas. El lapso entre el bombardeo del 3 y la llamada “cordial” del 14, comprimen todo un período de cambios que, de otra forma, quizás no se hubieran podido suceder. Esto pone en evidencia un asunto crucial. La incapacidad de la dictadura de seguir sosteniéndose en el tiempo.
Fue precisamente esa incapacidad la que abrió la compuerta de la traición a Los Rodríguez (con el perdón de Calamaro); del descalabro estructural del poder y de su fin, aún inconcluso. No fue la disposición popular a todo, que lo hubo en un largo período, ni mucho menos la audacia de la oposición. Y ahora, esta falsificación de epílogo, pretende ser conducido, manu militari, dentro de un redil que saca de la ecuación lo fundamental: las condiciones de existencia de la sociedad o, lo que es igual, las condiciones de explotación de los trabajadores y sus demandas urgentes.
Así pues, este “cambio de dueño” trae consigo la antesala de la segunda condición, dentro de la definición clásica del momento revolucionario. Los de arriba no parecen poder seguir gobernando en la vieja forma. Y esto se presenta incluso más complejo. Aún siendo reemplazados mediante esto que han llamado “la transición hacia la transición”, por sectores opositores y buscando una situación de recambio mediante un nuevo proceso electoral (lo digo con tristeza por el papel que jugó Edmundo), difícilmente los explotadores puedan reacomodarse tan rápido como el pueblo demanda. Y sí: se llaman explotadores. No vamos a evadir un disfemismo para agradar con eufemismos.
Venezuela, tierra de contradicciones naturales, parece demostrar en hechos una tesis que, apenas leerla, a muchos irrita. La tesis leninista de la revolución social. Puede desagradar ideológicamente pero su confirmación está en curso y no precisamente como resultado de su negación, como alguno puede suponer, sino en tránsito hacia su confirmación. Lo hemos dicho en anteriores escritos y, por lo pronto, con un muy alto grado de acierto. Pero el asunto no es atinar el prever, sino transformar.
Los de arriba ya no logran seguir gobernando de la vieja manera. Y si lo siguen haciendo es por falta evidente de una dirección política y un liderazgo popular que concite la disposición social a la lucha y no al vasallaje continuado. No hemos logrado crear esa dirección en capacidad de sustituir lo existente; y de aprovechar la fuerza que brinda el respaldo casi irracional de la inmensa mayoría a un cambio político radical. En esa demanda de cambio subyacen las demandas de vida en sociedad. Que son, a los efectos de la realidad, las demandas de los explotados frente a la explotación.
Esa fuerza mayoritaria ha sido despreciada una y otra vez. Se reivindica cuando es distante: vítores a la primavera árabe, a los levantamientos ucranianos o a la increíble demostración de coraje del pueblo iraní. Y por esa falta de claridad política para las fuerzas propias, de valentía teórica y práctica, los endebles delincuentes que gobiernan Venezuela, lo siguen haciendo. Y se dan el chance de cambiar la zanahoria chino-rusa por el garrote de los viejos amos.
Corregir errores y escapar de las derrotas
Apenas una frase reflexiva oímos en los asesores del poder opositor: la “falta de previsión” de la insurrección orgánica que se gestó en Venezuela tras el arrebatón del #28J de 2024. Pero cambiar la autocrítica con un mea culpa, no perfila un cambio genuino en ese liderazgo. En este asunto particular reivindico el escrito de Jeudiel Martinez, sin agregar más. Y sin embargo, aún están a tiempo de redimirse con la historia.
Ese atavismo ciego a la idea de caudillos que se reproduce como escoria en los partidos políticos que boquean en nuestro país, y que se reproduce como mantra en buena parte de la sociedad venezolana, es la rémora que nos mantiene anclados en un ciclo interminable de derrotas. Una dirección política debe proponerse la organización social, por ejemplo, sin el chantaje politiquero y falso de un “espíritu pacífico”. Ese chantaje que utilizaron para crear manitos blancas o “llamados” a la sensatez, esconde siempre al caudillo potencial. Eso sigue siendo nuestro fardo. La idea de perpetuación eterna de personalidades que se sienten imbatidos pese a todos sus fracasos teóricos y prácticos evidentes, sigue limitando el desarrollo democrático y la construcción colectiva genuina. Ese es el verdadero espíritu revolucionario que requiere el momento.
Escribía mucho antes de la “operación de extracción” imperialista, que una transición, en su sentido de acuerdo, negociado y reacomodo, lucía inevitable. Y agregaba: “Ni MCM ni ninguna fuerza está hoy en capacidad de hacer una revolución (cambio total y radical de todo lo establecido). Esto implica un futuro inmediato de transición. Esto es, de acuerdos con bandas delictivas dispersas, tutelaje parcial o total del imperialismo (al cual no se oponen ninguno de los bandos) y, probablemente, extensión de una crisis y un padecimiento mayor para los venezolanos. Pero pasar hambre en libertad, quizás tenga ventajas”. Hoy, ver materializada aquella idea, duele.
Por ahora, debemos concentrar los fuegos del clamor social en la liberación de los presos políticos, que es apenas un paso. No debe concluir ahí. En el momento en el que algunas libertades se comiencen a restablecer, de ser el caso, se dará calle abierta al resto de demandas. Las de millones de venezolanos, en el exilio por querer regresar, o en su propia tierra por querer vivir: salarios dignos, salud, educación, servicios, vida digna, seguridad. Estos asuntos los vamos a abordar en otro escrito, para no cansar.
Pero las necesidades reales de los trabajadores (toda persona que depende de su trabajo para vivir) comenzarán inevitablemente a copar calles y avenidas convertidas en gritos y consignas. Estos cambios en las condiciones políticas pueden producir pasos largos y cambios de conciencia. Podrán evitarlo con los medios y sus cagatintas, con la artillería ideológica de sus RRSS, un buen rato. Pero, parafraseando a Napoleón Bonaparte, los ejércitos y también los pueblos, marchan sobre sus estómagos. La revolución por una democracia libre y soberana se perfila en el horizonte.