Vivimos en una época en la que opinar se ha convertido casi en una obligación. Todo exige una respuesta: política, sociedad, cultura, cualquier suceso del día... Pero hay una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos: ¿son realmente nuestras las opiniones que defendemos con tanta seguridad? En realidad la mayoría son como olas: llegan desde fuera, nos empujan y nos incorporamos a ellas sin casi cuestionar. Admitámoslo: pensar cansa. Y es más sencillo elegir entre las opciones que nos muestran. En ese momento no somos conscientes que entramos en el juego de las corrientes emocionales creadas por otros. Una opinión debería ser un juicio personal, resultado de reflexión y experiencia. Sin embargo, hoy muy pocas opiniones tienen ese origen. Muchas responden a una necesidad humana más antigua que la tecnología: pertenecer a la ola, al grupo de donde viene la opinión. Esto es ser de una tribu.
Michel Foucault explicó que nuestras ideas están condicionadas por estructuras invisibles que modelan lo que creemos aceptable o verdadero. Añadir a eso la presión social de las redes y la necesidad de aprobación, y obtenemos un cóctel perfecto: opinamos no tanto porque hayamos reflexionado, sino porque sentimos que debemos hacernos encajar en alguna de ellas.
Cuando defiendes pensamientos espejo debes darte cuenta de que no tienes pensamientos propios
Platón hizo una distinción similar entre doxa (opinión) y episteme (conocimiento verdadero). La doxa se basa en lo que se considera aceptable en un grupo; la episteme exige rigor intelectual y reflexión propia. Muchas de nuestras opiniones se quedan en doxa: repetimos y reforzamos lo que ya está circulando, sin tener en cuenta evidencia o razonamiento profundo.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿quién crea estas corrientes de opinión y con qué propósito? Por lo general suelen ser plataformas mediáticas, algoritmos, partidos políticos, y líderes de opinión. Su objetivo es etiquetarnos y por lo tanto dividirnos. Dicho así es un excelente método de control. Y ahora viene la gran pregunta: ¿Por qué no tenemos la molestia de indagar? Hay que reconocerlo: pensar toma tiempo, esfuerzo y exposición a la incertidumbre. Es más cómodo repetir y sentirse respaldado por un grupo que enfrentar la ambigüedad de un pensamiento propio. Nos cuesta tanto pensar que preferimos dar por válido los pensamientos de otros. Obviamente esto tiene un nombre: pensamiento espejo. Y en realidad es culpa nuestra.