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La siesta. Capítulo III "Akahatá"

02 de Diciembre de 2025
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Siesta

Las sirenas de la patrulla policial, sonaban esporádicamente. Por lo general anunciaban la llegada de un visitante ilustre, o un asunto urgente que generaba zozobra en el pueblo dónde la existencia de dios, permitía que no todo estuviera permitido, obrando por intermedio, del personal policial por ejemplo. Marcelo, el dueño del transporte privado que viajaba diariamente a la capital, estaba fuera de la casa de Emilce. Su rostro desencajado justificaba la presencia del oficial Sandoval, mano derecha del comisario, que bajó raudo de la patrulla. 

Los sábados para Jorgito eran especiales, no sólo porque no debía despertarse temprano para ir a la escuela, sino que además, era el único día, que su madre, luego del almuerzo le dejaba tomar contacto con el teléfono móvil, para que se aventurara en el mundo virtual. Crepitaban los naranjales, irrumpiendo la silenciosa siesta de Mburucuyá, al llegar Marcelo para dejarle a Emilce azúcar, yerba y harina a granel. 

Tomás, los sábados aprovechaba para hacerse unos mangos más y se iba temprano al pago Arias, para labrar la tierra, y encontrar con ello, la justificación perfecta para que todos los días sean iguales o semejantes, forma coherente y razonada para que la desdicha no gane lugar y se transforme en temerario desencanto. 

Emilce al despedir a su marido, hombre que la había iniciado en todo sentido, aprovechaba las primeras luces del sábado para hacer la limpieza profunda, lavar las sábanas y dejarlas al sol secar. A media mañana al despertar a Jorgito, luego de hacerlo desayunar lo dejaba con su teléfono celular y ella iniciaba el fuego para el almuerzo. 

Para andar su siesta, Emilce le contaba a Jorgito, que en tal horario, el "pombero" hacía de las suyas, bajo lapidarias advertencias cómo: "No có vayas a salir, tenes que dormir no ma, si te encuentra despierto el pomberito va a querer jugar todo por vos". 

Pasaban breves minutos para que, dicho lo cual, con estricta puntualidad, llegara Marcelo, que entraba sin golpear, descargando la mercadería y mucho más.

Se fue dando, sin querer y sin pensar. Olía a perfume, a diferencia de Tomás, siempre transpirado y los domingos exudando la mezcla fuerte de tabaco y alcohol, que tanto rechazo natural generaba en Emilce que prefería no verbalizar. 

Esos silencios tácitos, que la siesta ayudaba a enhebrar, tejían la esencia misma del lazo social, en pueblos dichos donde la hipocresía es parte de la moral. 

Jorgito, una de esas siestas que llegaba en ancas, tras el abrumador viento norte que descargó una ligera lluvia, se despertó sin más. Cómo quién va a realizar algo prohibido, a hurtadillas, salió de su pieza sin revocar. 

Entendió todo sin ninguna clase previa de educación sexual. Lo que sus ojos observaban no se lo podía decir ni a mamá Emilce y mucho menos, a papá Tomás. Ese día sería para él la fecha más importante de su infancia y significaría un antes y un después para aquella familia de tierra adentro en la tierra sin mal...

Continuará....

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