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Sánchez descubre de pronto que el “No a la guerra” engorda menos que la hamburguesa geopolítica

14 de Marzo de 2026
Actualizado a las 8:28h
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Pedro Sánchez en su última comparecencia sobre la guerra de Irán
Pedro Sánchez en su última comparecencia sobre la guerra de Irán

Pedro Sánchez ha recuperado el “No a la guerra” frente al conflicto con Irán, ha avisado de que España no será “cómplice” por miedo a represalias y ha respaldado la negativa del Gobierno a permitir el uso de bases españolas para la ofensiva de EE. UU. Una postura sensata, aunque llegue envuelta en ese envoltorio moral de plástico reciclable con el que la política occidental vende casi todo.

Pedro Sánchez ha decidido plantarse ante el último menú bélico servido desde Washington y Tel Aviv con la solemnidad de quien descubre, cucharita en mano, que quizá no todo conflicto internacional deba tragarse como si fuera un combo gigante con ketchup infinito. El presidente ha resumido la posición española en cuatro palabras —“no a la guerra”—, ha exigido frenar las hostilidades y ha remachado que España no será “cómplice” de algo “malo para el mundo” por miedo a represalias. También ha insistido en que “no se puede responder a una ilegalidad con otra”, que ya es bastante más de lo que suelen aportar los camareros del atlantismo automático.

No es poca cosa, además, que el Gobierno haya rechazado el uso de las bases españolas para esta ofensiva, apelando al artículo 2 del convenio con Estados Unidos. En román paladino: esta vez Moncloa no ha querido hacer de gasolinera obediente del imperio. Rota y Morón, al menos en este episodio, no han sido el autoservicio nocturno donde despegan las buenas conciencias y aterrizan los hechos consumados.

Sánchez ha advertido también de las consecuencias económicas del choque: volatilidad, tensión energética y riesgo para hogares, trabajadores, autónomos y empresas. Lo dijo después de subrayar la disrupción del tráfico aéreo y del estrecho de Ormuz, por donde transitaba una parte crucial del gas y el petróleo mundial, y de anunciar que el Ejecutivo estudia medidas para amortiguar el golpe. O sea: la guerra, además de matar, encarece. Descubrimiento formidable, aunque todavía habrá tertulianos dispuestos a explicarnos que bombardear siempre sale más barato que pensar.

Hasta aquí, los hechos. Ahora vayamos al aliño.

Porque lo verdaderamente enternecedor de Occidente no es ya su hipocresía, sino su pésima dieta. Para la geopolítica practica el mismo criterio que para la alimentación: mucha comida basura americana, mucho producto ultraprocesado, mucha salsa de valores, mucho envoltorio con bandera, y dentro, calorías vacías. Se nos sirve la guerra como se vende una hamburguesa fluorescente: rápida, adictiva, sin preguntas y con juguetito moral para los niños grandes del comentario estratégico.

Frente a eso, Irán, como vieja encrucijada de civilizaciones, pertenece a un espacio histórico donde, mucho antes de que Estados Unidos aprendiera a freírlo todo, ya circulaban especias, tejidos, cereales, frutos secas, fermentos, saberes y comercio a lo largo de las rutas euroasiáticas que hoy resumimos, con simplificación escolar, como Ruta de la Seda. Hace más de dos milenios largos, aquellas culturas ya mezclaban cocina, religión, diplomacia y mercado con bastante más sofisticación que el actual evangelio del nuggets geopolítico.

Y ahí está la ironía mayor: los herederos de tradiciones culinarias, comerciales y urbanas milenarias son tratados en el debate occidental como si fueran un problema de microondas. Pulsar, recalentar, sancionar, bombardear y narrar. Todo con la misma profundidad intelectual con la que uno moja patatas en kétchup. Luego, cuando el petróleo tiembla, los mercados estornudan y media Europa mira la factura energética con cara de funeral, nos piden madurez, responsabilidad y unidad. Es decir: que nos comamos también la cuenta.

Sánchez, esta vez, ha hecho algo razonable: recordar Irak sin nombrarlo como un trauma abstracto y negarse a la obediencia refleja. Ha evocado, en esencia, que las guerras preventivas suelen acabar siendo preventivas sólo para una cosa: para impedir que la verdad llegue antes que la propaganda. Y ahí tiene razón. La guerra de Irak se vendió como civilización y dejó terrorismo, desorden regional y una factura monumental. Él mismo ha trazado ese paralelismo al advertir que aquel desastre produjo más inseguridad, más crisis y peor vida para la gente común.

Pero tampoco conviene canonizarlo. El “No a la guerra” en boca de un dirigente occidental siempre merece una inspección de ingredientes. Porque Europa lleva años condenando atrocidades con una mano mientras con la otra firma contratos, autoriza escalas, mira al techo o se refugia en la sintaxis diplomática. La diferencia entre un estadista y un relaciones públicas no está en decir “paz”, sino en cuánto tarda en permitir la siguiente excepción logística.

Con todo, en esta ocasión, la posición española merece ser tomada en serio. No porque haya descubierto una superioridad moral súbita, sino porque negarse a ser auxiliar de una escalada ya es bastante en un continente donde demasiados gobiernos actúan como franquiciados del belicismo premium. Sánchez ha entendido algo elemental: que los pueblos no comen principios abstractos, comen pan; no cenan ruedas de prensa, cenan lo que pueden; y no viven del prestigio militar de otros, sino del salario, la luz y la estabilidad que les dejan las aventuras ajenas.

Quizá por eso conviene repetirlo con crudeza: entre la basura rápida del músculo imperial y la cocina lenta de las civilizaciones antiguas, Europa haría bien en recordar que no todo lo que viene envuelto en barras y estrellas alimenta. A veces sólo hincha. Y casi siempre deja una digestión histórica espantosa.

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