“A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíeen el encierro y nos dé su bendición. ¡Viva San Fermín!”
Este año, el silencio reina en la Cuesta de SantoDomingo de Pamplona antes de las 8 de la mañana. Desde marzo, el encierro haexigido sacar el lado más valiente de cada uno de nosotros para no recibir lacornada del Coronavirus.
El recorrido de San Fermín son 850 metros, quizá unmetro por cada día que estamos viviendo entre que la Covid19 saltó lastalanqueras humanas en Wuhan y el día, dentro de un año y pico, en que suvacuna sea accesible para la población.
Si cambiamos la escala de un día por cada metro delrecorrido, los sanfermines definen muy bien la primera parte de la pandemiavivida en España: con el bicho en toriles, pocos se acercaban a verlo, pormucho que pareciera que en Italia arremetía con bravura.
Una vez que los astados de la ganadería Covid19 salieronde los rediles el 13 de marzo, solo los sanitarios más expertos en infeccionescontagiosas se atrevían a encarar sus pitones, sabedores de que estaban enfranca desventaja al correr cuesta arriba sin EPIs.
Por la plaza consistorial se empezaban a acumular lasvíctimas, que caíamos a la velocidad de un chupinazo. En plena calle deMercaderes, los sanitarios nos plantearon que dejáramos de hacernos loschulitos delante de las astas de los toros del coronavirus, para rebajar lavelocidad y su poderío, para no desbordar el sistema sanitario, a punto decolapsar.
Gracias a que nos lo tomamos todos en serio ycolaboramos, al ser conscientes de que nuestra vida podría estar en juego, lasmutaciones originarias del corona se estampaban contra las talanqueras de lacurva de Estafeta. Provocando bellas carreras de los sanitarios asistidos porla comunidad Maker y sus impresoras 3D durante el mes de mayo.
Todo ello mientras, en el balcón del ayuntamiento, setiraban los trastos los diputados sin hacerse cargo de las circunstancias.
Llegó junio en plena calle de Telefónica. Con la fase 1,empezamos a incorporarnos al recorrido, a salir a pasear y a reencontrarnos connuestros allegados más cercanos en reducidos grupos.
Fuimos intentando recuperar la confianza, sabiendo quelas víctimas de la ganadería Covid19 estaban ahí, pero sin querer apercibirnosde que un pequeño rebrote podría provocar una montonera en el callejón de laPlaza de Toros que nos abocaba al verano y a la anhelada reactivación de laeconomía. Con el peligro que provocan las montoneras, donde un bicho de esosvirulentos se puede dar la vuelta y, resabiado, embestir a los relajados mozoscon mascarilla en la barbilla, que van por el recorrido por puro postureo,creyendo que eso del coronavirus no va con ellos.
Ahora, por San Fermín, estamos ya en la Plaza de Torosde la nueva normalidad, con las gradas llenas de personas que no han visto decerca la peligrosidad del coronavirus y se dedican a saltarse las mínimasnormas de seguridad y convivencia, autoengañándose con que los embistes delbravo ganado de la Covid19 son tan inocentes como los de las vaquillas que, devez en cuando, le dan un revolcón a algún mozo distraído.
Y no, hermanos, aquí tenemos que protegernos todosdetrás del burladero.