Eduardo Luis Junquera Cubiles

Rajoy y el eterno retorno

21 de Julio de 2026
Guardar
foto-Rajoy

Todos sabemos lo que quiso decir Rajoy: que hay franceses de primera y de segunda en función de su color de piel y su lugar de nacimiento. Es el viejo racismo, ese que consiste en hacer que el de fuera se sienta permanentemente menospreciado con el fin de que recuerde cuál es su lugar en la comunidad, un lugar secundario y subordinado. La falta de reconocimiento acaba por aniquilar a las personas. Uno llega a un país con una biografía, con sus muertos en la memoria, una infancia, una cultura, el recuerdo de lugares en los que fue feliz y que guarda en lo más profundo de su alma, una lengua con la que piensa, imagina, sueña y ama, y acaba deshumanizado y convertido en el demonio que los racistas quieren ver. Construimos nuestra identidad a través del contacto con los demás y, cuando una sociedad le dice a un individuo -y hay muchas formas de decirlo- que vale menos por pertenecer a determinada etnia o país, acaba condicionando la imagen que esa persona tiene de sí misma. Nuestras sociedades están atravesadas por múltiples jerarquías y existen muchos espacios en los que una persona puede experimentar desprecio, estigmatización o invisibilidad. Por eso el filósofo político Charles Taylor, en "La política del reconocimiento", sostiene que el reconocimiento pleno del otro no es una mera cortesía, sino una necesidad humana fundamental.

El mayor mal lo hacemos por ignorancia, por no comprender los devastadores efectos que nuestras acciones producen en los demás. Desde este punto de vista, los sentimientos de hostilidad hacia sí mismos, observados por sociólogos y antropólogos en miembros de algunas minorías, suelen desarrollarse en marcos sociales etnocéntricos y supremacistas que parecen recordar permanentemente a cada individuo cuál es su lugar dentro del sistema jerárquico. Y solo en presencia de esas condiciones culturales opresivas un ser humano interioriza sentimientos de inferioridad respecto al grupo dominante, que es el que marca los usos y costumbres “correctos”. Algunas de las mejores y más brillantes personas que conozco son marroquíes, rumanas o colombianas, pero parece que han de ganarse su legitimidad como ciudadanos a diario, y, además, ni siendo personas ejemplares terminan de estar bajo sospecha para los "buenos" españoles. Con todos estos condicionantes negativos, toda integración se convierte en utopía.

Las mismas lógicas de sospecha permanente operan con otros colectivos, especialmente los de menor poder adquisitivo. Algunos de quienes se muestran más beligerantes con marroquíes, argelinos y africanos en general ponen como excusa que no desean una España islamista a la manera de Irán o Arabia Saudí, sin reparar en que estamos más que lejos de padecer una lacra fundamentalista en las escuelas, que es donde todo comienza (imposible tanto en las públicas, por su naturaleza laica, como en las privadas, casi todas cristianas), aunque tenemos problemas, como el resto de Europa, con las ideas salafistas que se promueven en algunas de nuestras mezquitas. Tampoco sufrimos, ni de forma remota, el grado de desintegración que se vive en algunos lugares de Francia o Bélgica, pero todo sea esforzarnos en crear diferencias que segreguen en vez de puentes que unan. Es la escuela pública, precisamente, la que ha de preservarse y fortalecerse con más fondos públicos porque es uno de los pocos entes con la capacidad de construir en el pensamiento de niños y adolescentes una cultura democrática y de valores constitucionales compartidos.

Estamos ante un fenómeno racista de muchos compatriotas que rechazan el legado andalusí, la última gran cultura que se asentó en la península, mientras se muestran orgullosos del resto de herencias culturales, todas mucho más remotas. Porque lo blanco, tanto en términos étnicos como culturales, es lo que tiene prestigio, mientras que lo africano o latinoamericano genera rechazo en un mundo que está naciendo y que será mestizo o, de lo contrario, alumbrará una sociedad terriblemente polarizada y jerarquizada, en la que los diferentes grupos humanos vivirán en burbujas de realidad aisladas. Por supuesto, los mismos españoles que abominan de la herencia de Al-Ándalus o del contacto con extranjeros son quienes más defienden, cuando están fuera de España, su derecho a ser españoles y a integrarse de manera plena en sociedades diferentes a la nuestra. Justo lo que niegan a los inmigrantes.

Siempre he pensado que el racismo es una forma de inmoralidad, esa punta del iceberg que indica que la persona racista tiene problemas serios con la ética en otros ámbitos: una confesión moral y no una descripción objetiva del mundo. Fíjense bien en su entorno. Algunas de las personas más racistas que he conocido en España no eran precisamente individuos ejemplares en ningún sentido. En el racismo hay un discurso que trata de convertir al otro en un demonio que nos haga olvidar nuestras propias miserias. También existe un cuerpo teórico que intenta justificar la discriminación con la excusa de la supuesta inferioridad de determinadas razas. El libro The Bell Curve, de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, absolutamente refutado por la ciencia, quizá sea el principal exponente de este delirio y en él se apoyaron muchos ciudadanos blancos estadounidenses en los años noventa del pasado siglo, tal vez con el fin de aliviar sus conciencias y de justificarse ante la barbarie de la discriminación contra los negros. La ciencia ha rebatido de manera aplastante todas las estupideces supuestamente científicas vertidas en decenas de artículos y libros como este. Pero ¿qué ocurriría si todas esas ideas delirantes sobre la supuesta inferioridad de los negros o los latinoamericanos fueran ciertas? ¿Cómo deberíamos tratarles entonces? ¿Estaría justificado que les negásemos el acceso a la salud, a la educación o a cualquier forma de protección social? ¿Sería ético tratarles como a ciudadanos de segunda, negándoles todo afecto, respeto y consideración? Las personas ya difieren enormemente entre sí en inteligencia, talento, virtudes o comportamientos, y esas diferencias no determinan sus derechos como ciudadanos ni su dignidad como seres humanos. Lo que diferencia a una persona decente de una indecente es que las segundas están siempre esperando cualquier excusa que justifique su falta de humanidad con los grupos marginados.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído