El 13 de junio de 1886 falleció en extrañas circunstancias Luis II de Baviera figura popularizada por el cine en la película " Ludwig" de Luchino Visconti. Apenas unos días antes había sido apartado del trono gracias al dictamen pericial del por entonces afamado psiquiatra Bernhard von Gudden que ocupaba la prestigiosa cátedra del hospital de Burghölzhi en Zurich. Von Gudden cometió la grave falta de proceder a este peritaje sin examinar él mismo a su real paciente que fue diagnosticado de una forma de paranoia. El destituido monarca recluido en el castillo de Berg a orillas del lago de Starnberg obtuvo el permiso para dar un paseo acompañado de Von Gudden. Ambos terminaron ahogados en el lago. La conclusión de la posterior investigación fue que Luis II se suicidó y el psiquiatra con él al tratar de impedirlo. Muchos sospecharon que Von Gudden lo asesinó o forcejeó con él para impedir su huida por órdenes de Prusia puesto que el monarca bávaro resistió lo que pudo la integración de su estado en el II Reich impulsada por Bismarck.
Fuera lo que fuese que ocurrió aquel 13 de junio ilustra muy bien la conflictiva relación de los psiquiatras con la política. Porque la Psiquiatría es una especialidad médica que tiene sus reglas pero que, sacada de su contexto se convierte en un arma. El individuo diagnosticado pierde su credibilidad y por tanto buena parte de sus derechos al hurtarle el diagnóstico su razón. ¿ Y qué sucede si el susodicho individuo ocupa una posición relevante y es, por ejemplo, presidente de un gobierno?
De reyes y presidentes locos tenemos noticias desde hace milenios. Se podría escribir una enciclopedia. En España tenemos unos cuantos como Felipe V ó Fernando VI. De la locura de muchos emperadores romanos tenemos sobradas noticias gracias a Tácito o a Suetonio. Todavía la figura de Hitler se encuentra sujeta a controversia en lo que se refiere a su estabilidad mental. Un buen número de psiquiatras han elaborado ensayos interpretando el comportamiento de muchos de estos personajes que han condicionado nuestra historia como debido a una enfermedad mental. Pero hay que decir que estas interpretaciones, escritas prescindiendo del marco de la entrevista clínica son solamente eso, lúdicas interpretaciones.
En estos últimos años, no ceso de escuchar a psiquiatras que diagnostican a conocidos líderes políticos. En su día Putin fue acusado de "psicópata". En España, Pedro Sánchez ha sido calificado repetidamente de "narcisista" y de" psicópata". Y en la actualidad, tras la agresión a Irán, Trump se lleva la palma con los repetidos diagnósticos de " narcisismo maligno".
Sin embargo, la interpretación de comportamientos como enfermedad mental es sumamente simplista y pierde de vista otras muchas explicaciones. El caso de Biden era infinitamente más claro en su deterioro cognitivo que se hizo todo lo posible por ocultar. Porque en aquél momento no interesaba hacerlo. La Psiquiatría, al parecer, se utiliza según convenga. Y para mí, queda muy claro que no se deben realizar diagnósticos fuera del contexto de la entrevista y la observación clínica y en los casos con gran trascendencia, por parte de varios especialistas. De hecho, por ejemplo, de Trump se puede decir que es zafio, vanidoso, maleducado, impulsivo, egocéntrico, mentiroso, soberbio, autoritario y algunos cuantos adjetivos más que pertenecen al lenguaje coloquial referido a comportamientos observables de este curioso y peligroso personaje.
Lo mismo que de Pedro Sánchez. Podemos decir de él que utiliza el engaño para sus propios fines egoístas y es suficientemente listo para decir a todo el mundo lo que quiere oír para más tarde hacer lo que le convenga. Pero es una verdadera impostura colocarles un diagnóstico psiquiátrico. ¿No pueden ser simplemente ambiciosos, codiciosos o malos? Y eso sin contar la extraordinaria distancia que existe entre el personaje público y el privado. Todavía recuerdo una entrevista que le hicieron a Traudl Junge, secretaria de Hitler que hablaba del dictador como un hombre amable, respetuoso y atento.
Los diagnósticos psiquiátricos no se deben hacer a la ligera. Los seres humanos poseemos muchas facetas y en ocasiones, muy contradictorias. La Psiquiatría no debe utilizarse como herramienta política o de propaganda. Que es lo que ahora observo. La nosología psiquiátrica convertida en un insulto más. Penoso. Y de los psiquiatras, tan encantados ellos de adquirir notoriedad atribuyendo enfermedades mentales a gente a la que no han evaluado directamente, mejor no hablar, acusando de narcisismo al prójimo y olvidándose del propio, alimentado hasta la saciedad en los platós televisivos. Si es que ya sabemos que el mayor de los amores es hacia uno mismo. Pues eso.