Hay palabras que envejecen mal. Estas dos, por ejemplo, constituyen un caso especialmente interesante porque, en su origen griego, remitían a posiciones casi opuestas, no obstante hoy día esto no está tan claro. Político procede del griego politikós, relacionado con pólis, la ciudad.
El término hacía referencia a aquello que concernía a la comunidad y, por extensión, a quien participaba en sus asuntos públicos. La política, en su sentido clásico, no designaba inicialmente una profesión. Idiota, por su parte, procede del griego idiṓtēs, que designaba al particular, al individuo privado, en contraposición a quien intervenía en los asuntos públicos.
Conviene subrayarlo: el término no significaba originalmente «imbécil» ni «persona de escasa inteligencia». La evolución posterior de la palabra resulta significativa. Parece que este cambio semántico respondiera directamente a una condena por la indiferencia política. Nuestra cultura, en algún momento, consideró que la participación pública era una dimensión esencial de la vida humana, por lo que podía terminar viendo con desconfianza a quien se desentendía de ella asignándole el roll de idiota. Pero esto no es todo.
El político y el idiota comenzaron siendo opuestos, pero hoy día cuesta trabajo distinguirlos
El concepto de Político también ha evolucionado. Y aquí aparece nuestra paradoja contemporánea. Hoy llamamos político a quien ocupa una posición institucional, aunque su relación con el interés público pueda ser discutible. Al mismo tiempo, utilizamos idiota para designar a quien demuestra escasa capacidad de juicio, sin que importe demasiado su grado de participación en la vida colectiva.
El resultado es sorprendente. Pero la verdadera ironía no está, sin embargo, en el diccionario, sino en nuestra conducta. Hemos permitido que la política pueda ejercerse sin verdadera preocupación por lo público y que la ciudadanía pueda contemplar esa política como si fuera un espectáculo ajeno. Aristóteles afirmó que el ser humano era un zóon politikón, un animal político.
Nosotros hemos perfeccionado la fórmula: participamos cuando nos conviene, protestamos cuando nos perjudica y, entre una cosa y otra, delegamos nuestra responsabilidad con admirable eficiencia. Tal vez por eso la antigua distancia entre político e idiota se ha vuelto tan difícil de distinguir. Y quizá, por eso, la pregunta no sea quién confundió las palabras, sino por qué nosotros aceptamos tan tranquilamente la confusión.
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