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Perversión y adocenamiento

02 de Febrero de 2026
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Perversión y adocenamiento

Siempre se olvida, de manera interesada, que el significado de política es negociar con la realidad para conseguir un objetivo: personal o colectivo. Por eso la política está en todos los aspectos de la vida, no solo en el estrictamente político, en los que siempre estamos negociando; por ejemplo, con el jefe para que nos suba el salario, con el padre para que nos deje el coche, con la pareja para mantener candente la relación, para elegir la película que vamos a ver con los amigos y, así, con todo lo que conforma nuestra vida y relaciones sociales, salvo que optemos por separarnos de la sociedad y nos convirtamos en misántropos. Actitud que, indefectiblemente, deriva en la locura porque lo que nos hace humanos es la socialización. 

De ahí que denostar la política supone quebrar la idea de pacto con el otro, de diálogo con el oponente, con el objetivo de acabar con los equilibrios sociales, derechos y obligaciones, que definen el sistema democrático para resquebrajarlo y volver a un orden social férreo, autoritario, donde un líder, un iluminado, un sátrapa, decide lo que está bien y mal y lo que las personas pueden hacer y pensar y lo que no. Conseguir este objetivo requiere de una estrategia que parte del no reconocimiento del otro, de sus derechos legítimamente adquiridos para, en un segundo estadio, convertir al oponente en enemigo sobre el que se estigmatizan todos los males que aquejan a la sociedad que, por ser una obra humana, nunca será perfecta.

Estrategia cuyo eje axial es mutar la esencia y sentido de la política asociándola, de modo simbiótico, con la corrupción, el despilfarro, la prevaricación, y el interés espurio de sus representantes electos. El mensaje: la política es mala y todos los políticos son iguales, unos corruptos. Las herramientas para aplicarla son la mentira, la tergiversación, no reconocer la realidad por sus datos objetivos y verificables, y rechazar el progreso social y científico que rompen con las tradiciones y valores seculares y hacen la vida más compleja y exigente. Elementos que se concretan en el mantra lineal de que nada funciona, de que todo es un caos para inocular el miedo ante un presente y un futuro incierto, cuya derivada perversa es el mensaje subliminal de que es el propio sistema democrático el generador de las disfunciones sociales: del caos, del desorden, en el que vivimos.

Se crea así una realidad paralela que, para ser creíble, requiere del adocenamiento de las mentes matando su espíritu crítico con una papilla informativa, machacona y persistente, que califica las noticias para dirigir la mente a lo que se tiene que pensar sobre los hechos que se relatan, elaborada con epítetos hiperbólicos y simplistas para definir la realidad, que muchos destinatarios compran para no tener que pensar por sí mismos. Ceremonia de la confusión de la que participan numerosos medios de comunicación por desconocimiento, interés ideológico o por no salirse del carro común. Incluso, y esto es lo más lacerante, algunos de los considerados serios y ponderados que huyen de la brocha gorda para contar el acontecer diario.

Medios que abdican del principio periodístico de que informar no es dar pábulo a los mensajes que buscan degradar la democracia y sus instituciones. Ya es bastante que todos los días tengamos que soportar la voz de vieja de Trump contando su última amenaza chulesca, para que se ponga el micro a personajes como Ayuso que, con sus estrambotes diarios y acusaciones sin pruebas, embarra la política y desvía la atención de sus desmanes con la sanidad o la educación que destruyen el sistema del bienestar, para que el sector privado se enriquezca con él. O dar altavoz mediático a discursos de odio y filo fascistas de personajes que solo buscan acabar con la democracia como Abascal y sus secuaces. Medios que deben controlar a quién se les cede tiempo informativo, para no contribuir a la degradación de la democracia. Ese es el rol social que debe cumplir el periodismo para no caer en la redundancia que desinforma y adocena la mente.    

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