Pereza mental: el valor de pensar en tiempos de IA

20 de Octubre de 2026
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pensador, valentía. Pereza mental : el valor de pensar en tiempos de IA

"Sapere aude". Atrévete a saber. Ten coraje para pensar por ti mismo. Con este lema Kant definió en 1784 el espíritu de la Ilustración que nos permitió salir del oscurantismo medieval. Para el filósofo alemán, la mayoría de los seres humanos permanecían en una especie de minoría de edad intelectual no porque les faltara inteligencia, sino porque les faltaba las ganas, el valor y el coraje para pensar por sí mismo. Resultaba más cómodo entonces dejar que otros pensaran, decidieran y juzgaran por nosotros. Dos siglos y medio después, aquella advertencia resuena con nueva fuerza ante el advenimiento masivo de la IA en nuestra vida cotidiana y el nuevo oscurantismo digital de unos pocos señores feudales tecnócratas.

Durantes siglos, los filósofos más valientes y los pensadores más críticos han luchado por liberarse de las autoridades que pretendían monopolizar el ejercicio virtuoso del pensamiento: mitos fantásticos, dogmas religiosos, censuras ideológicas, gobiernos paternalistas o verdades que parecían incuestionables al egregor humano colectivo de ese momento. Ese riesgo siempre ha estado. En el tecnofeudalismo actual  ese riesgo es una realidad ya normalizada y aceptada, de nuevo, como verdad incuestionable e inevitable: es más cómodo que la IA piense por ti. Y punto. Chat GPT, Gemini, Claude, Copilot, Deep Seek ya escribe por nosotros, resume por nosotros, busca por nosotros, diseña y recuerda por nosotros, incluso ya comienza a decidir por nosotros, también a quién es mejor votar. Es nuestro coach y filósofo personal, nuestro médico y consultor particular, nuestro amigo y confidente, nuestro gurú y terapeuta. Y es que nunca había sido tan fácil y cómodo escribir un ensayo o componer un poema, consultar los tránsitos astrológicos que afectan más a tu carta natal o realizar un diagnóstico médico general. A un objetivo dado a un Agente IA: acabar con el hambre en el mundo. Una respuesta simple y eficaz podría ser: matar a todos los pobres que pasan hambre y ya está. La IA no tiene conciencia moral, busca lograr conseguir realizar su tarea como sea.

Pero la cuestión ya no es tanto si la inteligencia artificial piensa por sí misma y si puede llegar a tener conciencia. La cuestión es más bien por qué nosotros estamos cada vez menos interesados en realizar tal ejercicio del pensar. Freud sostenía que el ser humano no es dueño de su mente. Bajo la superficie de la conciencia operan fuerzas inconscientes que escapan a nuestro control. No pudo prever que un siglo después surgiría una tecnología digital capaz de revelar una nueva forma de represión aún más profunda y radical: no la de nuestros deseos y pulsiones más instintivas y animales, sino la de nuestra propia autoconciencia humana, su intención y su capacidad de atención y discernimiento.

Aprender algo nuevo muchas veces es una tarea incómoda. Exige tiempo, frustración, paciencia y error. Lo fácil es dejarse llevar cuesta abajo. Hoy esa cuesta abajo por la que dejarse caer, esa pereza mental, cobra la forma de chat con IA, comodidad digital y entretenimiento banal. Antes, comprender una idea implicaba recorrer un camino por uno mismo, nadie puede pensar por ti, ni andar tu camino. Te pierdes el paisaje, entre otras. Sin embargo, hemos empezado a confundir el resultado con el proceso, la meta final con la carrera. Que se lo digan a los matemáticos que han denunciado a Open AI ante los nuevos avances históricos en problemas matemáticos complejos. Ahora queremos conocimiento instantáneo, creatividad con un click y hasta píldoras de sabiduría que tomar todos los días tras las comidas. Aspiramos a la cosecha sin sembrar ni trabajar la tierra. Y ya no es sólo la pereza intelectual y el letargo mental, la apatía y la abulia, la indolencia vital y la procrastinación existencial. A todo eso se une que la inteligencia humana no tiene tiempo de asimilar y controlar los enormes avances de la IA. Así que estamos diseñando ya nuestra propia obsolescencia programada del futuro con la falta de valor de nuestra propia naturaleza humana en el presente. 

Tal vez, en efecto, lo más reprimido de nuestro tiempo no sean ya sólo los instintos y las bajas pasiones sino la propia idiosincrasia de nuestro espíritu humano, la fuerza de voluntad y el esfuerzo continuado que implica recordar nuestra trascendencia y salir del olvido de lo que somos. Hemos reprimido la atención plena sostenida y la concentración prolongada. Hemos reprimido la paciencia necesaria para leer un libro completo, para sostener una conversación sin mirar una pantalla. Hemos convertido la tarea del filósofo que todos llevamos dentro, en un bien cada vez más escaso. Es por eso que ahora las principales empresas tecnológicas como IBM, Anthropic o Deep Mind, están contratando filósofos para resolver problemas que la programación informática no puede resolver por sí sola: sesgos algorítmicos más éticos, opciones óptimas en toma de decisiones, etc.  Pero, ¿puede la IA encarnar los valores humanos? El programa es creado por el programador... Su moral será la nuestra, lamentablemente la de los programadores de las empresas en competencia y sus dueños, si no hacemos algo al respecto.

En fin, como también advertía Freud, lo reprimido en el inconsciente permance latente y siempre regresa. También pasa lo mismo con esta nueva represión de los valores del espíritu humano por parte de la digitalización masiva en nuestros hábitos y prácticas de vida. Represión del alma y olvido de lo que somos que se manifiesta y explota como falta de sentido en nuestras vidas, como nihilismo negativo y vacío existencial, como estrés y ansiedad, como dispersión constante, como sensación de soledad o fracaso, o con problemas de salud mental. Regresa la represión de nuestro espíritu humano como incomodidad ante la incapacidad para permanecer a solas en silencio con nuestros propios pensamientos, y también como alejamiento de la naturaleza y de otros seres humanos significativos... Y regresa cada vez que encontramos información al instante pero no sabemos bien qué hacer con ella. Disponemos de respuestas inmediatas para casi todo, pero somos incapaces de formular preguntas relevantes y trascendentes. La filosofía como arte de preguntar también se va a acabar. Si Sócrates viviera hoy, ¿tendría las sofistas RRSS?

La paradoja resulta recalcitrante: pagamos a los mejores pensadores para mejorar la programación de una IA para que piense por nosotros mejor que nosotros. El absurdo dislate nos puede llevar a la extinción y a la ruina. Jamás habíamos tenido acceso a tanto conocimiento, nunca había sido tan fácil alcanzar en una vida la Iluminación, volverse un Buda o un Cristo. La filosofía perenne está al alcance ahora de cualquiera, pero ¿cuántos pueden llevar esas perlas de sabiduría sagrada a su práctica de vida cotidiana? Se celebra la creatividad mientras se delega en algoritmos. Se reivindica la autenticidad mientras proliferan discursos generados en serie. Se ensalza la libertad individual mientras entregamos nuestra vida al control digital y al poder del miedo en nombre de falsos dioses de progreso, paz mundial y seguridad. El problema no es tecnológico, una pluma puede servir para escribir o para matar, los instrumentos son neutros. El problema de la tecnología es humano, quizá "demasiado humano" parafraseando a Nietzsche. Donald Trump, Elon Musk, Bill Gates, Sam Altam y todos los demás señores del neofeudalismo digital son responsables de una parte importante del problema, sin duda, pero somos nosotros los que en última instancia ponemos una gota de aceite en la lámpara o pasamos una hora más delante de la pantalla en otra noche oscura del alma...

La herramienta no debe ser una muleta ni mucho menos un sustituto, de acuerdo. Pero la IA no está creando nuestra pereza mental, sólo se está aprovechando de ella. Es un espejo incómodo que refleja una tendencia previa nuestra: nuestra creciente dificultad para soportar el esfuerzo que supone pensar por uno mismo de verdad. Porque pensar también cansa, confunde. Dudar también incomoda, entumece. La introspección exige silencio; el discernimiento, tiempo. ¿Y quién quiere ahora hacer todo ese esfuerzo si hay una serie nueva de Netflix? Kant sostenía que la libertad comienza cuando uno asume el valor y la responsabilidad de usar su propia razón sin la guía permanente de otro. El tutor que nos mantiene en nuestra minoría de edad mental ya no es sólo un sacerdote, un rey o un ideólogo, es ahora una pantalla, un interfaz amable, eficiente y omnipresente que responde antes de que tengamos ocasión de pensar bien la pregunta. El chiste que se cuenta solo es un mal chiste y no tiene gracia.  Por eso, la gran cuestión de los próximos años quizá no sea si las máquinas llegarán a pensar como los seres humanos y a tener conciencia, sino si seguiremos nosotros teniendo el coraje necesario para conservar y prestar más atención a nuestra propia conciencia humana. Ese, y no otro, será el punto de no retorno de la singularidad tecnológica y, quizá, el fin de una generación humana y el nacimiento de otra...

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