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La película que ya vimos mil veces

28 de Julio de 2026
Actualizado a las 18:36h
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puño, conflicto,

Simone de Beauvoir advirtió que bastaría cualquier crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres retrocedieran. No era pesimismo: era lucidez histórica. Hoy, con gobiernos ultraconservadores y regímenes fundamentalistas asumiendo el poder en distintas partes del mundo, sus palabras resuenan con la claridad de una profecía cumplida.

Lo que estamos presenciando —retrocesos en derechos reproductivos y mujeres borradas de la vida pública— no es nuevo. Es la misma narrativa que condenó a Hipatia de Alejandría en el año 415, filósofa, matemática y astrónoma, asesinada por una turba de monjes porque resultaba intolerable que una mujer enseñara. La misma que llevó a la hoguera a Juana de Arco en 1431, después de que liberara Orleans y cambiara el curso de la Guerra de los Cien Años, por el imperdonable delito de salirse de sus roles. La misma que guillotinó a Olympe de Gouges en 1793, apenas dos años después de que osara escribir la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, parafraseando el documento fundacional de la Revolución Francesa para incluir a quienes habían sido deliberadamente excluidas. La misma que encarceló y torturó a las sufragistas británicas y estadounidenses a principios del siglo XX, cuando exigieron algo tan radical como votar.

Y la misma que hoy, en 2026, mantiene a las mujeres afganas invisibilizadas, bajo la prohibición de estudiar, trabajar, caminar solas por la calle o incluso hablar en público.

El origen: cuando surgió la propiedad

Si rastreamos el origen de este control sistemático, encontramos que no siempre fue así. Hallazgos arqueológicos recientes en Perú —en el sitio de Wilamaya Patjxa, datados hace aproximadamente 9,000 años— revelan mujeres enterradas con herramientas de caza mayor, evidencia de que en sociedades nómadas las mujeres cazaban junto a los hombres[i].

El cambio llegó con el sedentarismo. Cuando las sociedades se asentaron, surgió el excedente, el trueque, el comercio y, con ellos, la necesidad de heredar los bienes. Entonces comenzó a ejercerse control sobre los cuerpos que gestaban, porque eran los que traerían al mundo a quien heredaría la propiedad y el poder. El patriarcado no cayó del cielo: se construyó piedra a piedra, ley a ley, y generación tras generación.

La complicidad que duele

Lo que resulta particularmente doloroso de esta ola actual es ver a mujeres apoyando campañas que buscan persuadir a otras mujeres de ceder su voz —y su voto— a sus esposos. Es ver la romantización del movimiento tradwife, esposas cuya fantasía proclamada es regresar a un modelo donde el hombre provee y la mujer es preoveída, como si la dependencia económica fuera una elección libre y no una vulnerabilidad estructural.

Esta dinámica no ocurre en el vacío. Se alimenta de lo que Rita Segato llama el "mandato de masculinidad": hombres que nunca iniciaron el trabajo de confrontar sus emociones reprimidas, de cuestionar las narrativas que les prometieron control y estabilidad a cambio de silenciar su capacidad de sentir. El capitalismo les ofreció poder y certezas; la realidad les devolvió precariedad y frustración. Y esa frustración, en lugar de canalizarse hacia arriba —hacia los sistemas que les explotan—, se descarga hacia abajo: hacia las mujeres, hacia los cuerpos más cercanos y más vulnerabilizados.

Lo vemos retratado en series como Adolescente de Netflix, donde la frustración masculina se convierte en violencia. Lo vemos en la machosfera digital y en el fenómeno de los incels, jóvenes que pierden la capacidad de vincularse porque "el feminismo ha llegado demasiado lejos". Pero ni estos retratos ni las políticas regresivas capturan el elemento central: las voces de ellas.

Las que siempre han resistido

Según el informe de ONU Mujeres de marzo de este año, las mujeres en el mundo poseen apenas el 64% de los derechos legales de los hombres, y el 54% de los países carece de definiciones legales de violación basadas en el consentimiento[ii]. No hay país en el planeta que haya alcanzado la igualdad legal plena entre mujeres y hombres. Ninguno.

Y sin embargo, desde 1970, más de 600 millones de mujeres han ganado acceso a oportunidades económicas gracias a reformas en las leyes familiares. Cada derecho fue conquistado. Cada avance, peleado desde sistemas que no fueron diseñados para nosotras.

Margaret Atwood dijo, al escribir El cuento de la criada, que no inventó nada que no hubiera ocurrido antes. Esa es precisamente la lección que debemos grabarnos: si le das a otra persona el poder de controlar tu voz, tus decisiones y el pan que llega a tu mesa, también le das el poder de quitártelo en cualquier momento.

Lo que viene

No podemos permitirnos el lujo de la ingenuidad ni el de la desesperanza. Contamos con la experiencia acumulada de todas nuestras ancestras: las que votaron por primera vez temblando de emoción, las que estudiaron a escondidas, las que dijeron "no" cuando el mundo entero esperaba sumisión. Y contamos también con hombres que han entendido que no hay nada más satisfactorio que vincularse con una mujer completa, que elige estar con ellos desde el afecto genuino y no desde la necesidad.

Ante los horrores que vivimos —guerras, violencias, retrocesos—, recordemos de dónde venimos para no olvidar hacia dónde vamos. Recordemos que un día nos dijeron que no podíamos votar porque nuestros cerebros pesaban menos. Que calladitas estábamos más guapas. Y sin embargo, nunca dejamos de pensar. Y nunca dejamos de alzar la voz.

Hoy más que nunca es momento de agruparnos y abrazarnos, de dejar de lado las diferencias para coincidir en lo sustancial: los derechos que tenemos hoy nunca están garantizados.

Esta película ya la vimos mil veces. Pero esta vez, nosotras escribiremos el final.

 

 

[i] https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/las-mujeres-del-neolitico-tambien-cazaban-_16060

[ii] https://news.un.org/en/story/2026/03/1167081

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