Las diatribas y acusaciones, rayanas en el insulto, que Trump dirige con regularidad a España, y en particular al Presidente del Gobierno, por no seguir y cumplir sus dictados erráticos y belicistas, ha situado a nuestro país y a Pedro Sánchez, como referentes de lo que muchos gobernantes internacionales piensan, pero callan por no soliviantar al nuevo Rey del mambo planetario por el miedo que les provocan sus bravatas, por lo que prefieren el seguidismo de sus designios: no vaya a ser que la tome conmigo y con mi país.
En esta situación de pleitesía generalizada, plantar cara al sátrapa enarbolando del derecho internacional para decirle NO a su visión belicista de las relaciones internacionales, no es solo un acto de valentía, sino la necesidad de defender lo que la diplomacia ha trabado con esfuerzo tras la segunda Guerra Mundial. Un marco internacional de reconocimiento de los derechos humanos, de regulación equilibrada de las relaciones comerciales con convenios supranacionales, tribunales internacionales para dirimir las disputas sobre derechos y un arbitraje para los conflictos entre naciones que es necesario poner en valor — aunque la ONU necesite una reforma—, frente al orden disruptivo mundial que quiere imponer Trump, cuya guía es su narcisismo sin parangón.
Decir NO a Trump, como ha hecho Pedro Sánchez —en nombre de todos los que defendemos la legalidad internacional— es una necesidad ética, moral, sobre todo cuando sus deseos cuestan la vida a decenas de miles de personas, y no un mero afán de protagonismo del que le acusa la derecha extrema, el PP de hoy, y la extrema derecha, Vox; que otra vez vuelven argumentar con la idea falaz de que está poniendo en peligro a España: porque no le importa nada más que su ego (Tellado dixit). Sin embargo, no les duelen prendas en apoyar sin ambages el ataque bélico contra Irán, tan ansiado por Trump y su lacayo Netanyahu, aunque suponga saltarse a la torera el derecho internacional que, al parecer, les importa una higa.
Mientras que en Europa la actitud del Gobierno se ha tomado como ejemplo y referente de una actuación necesaria y valiente, a la que se empiezan a sumar otros gobiernos—Francia, Bélgica, Italia y más que se sumarán—, para las derechas nacionales Pedro Sánchez nos coloca al borde del abismo demostrando que España y los españoles no le interesan nada frente a su necesidad de protagonismo. Otra vez aflora el patrioterismo de pandereta, propio del patriotero que alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo (RAE): los de la banderita en la muñeca.
Frente al patriotismo, que es el amor a la patria con toda la pluralidad y diversidad que la configura, el patriotero alardea de su propia idea esencialista de lo que es España, una sociedad ahormada en la homogeneidad que no acepta la pluralidad ni la diversidad ni todo lo que quiebre o devalúe los principios tradicionales que nos definen como pueblo: orden, religión y moralidad. Que en el caso de la ultraderecha llega al extremo del jingoísmo, que es el patrioterismo exaltado que propugna la agresión contra otras naciones y pueblos con otros culturas, que es donde quiere llevarnos el sátrapa de Trump, y que el PP líderado por Feijóo, acepta con pleitesía que blanquea y oculta con esa frase pueril y vacía—presente como elemento de moral normativa en la mayoría de guiones de películas y series norteamericanas— de estoy en el lado correcto de la historia o estoy haciendo o solo quiero hacer lo correcto, para justificar el mal que hacen.
Lo que olvidan Feijóo y Abascal, es que lo correcto depende de la ética y moral que tenga cada uno. Para ellos, a lo que parece, es ético y moral saltarse la legalidad para intervenir, con la guerra y la muerte de inocentes, en otro país que, aunque no nos guste su orden político y social teocrático, tiene derecho a seguir su propia dinámica. Si eso es lo deseable, ¿por qué no abogan por intervenir en todos los países regidos por regímenes teocráticos y dictatoriales? Hay otras vías para acelerar los cambios que pasan por el diálogo abierto y permanente. Proceso que se estanca cuando se utiliza la amenaza que exalta el nacionalismo y el patrioterismo con el que actúan las actuales derechas nacionales. Por eso, hoy como ayer: ¡No a la guerra!