Foto de perfil del redactor de DiarioSabemos Joan Marti.

La ola expansiva del trumpismo: una radiografía del cambio de era

11 de Febrero de 2026
Guardar
Trump Davos

El ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no puede analizarse como un mero accidente histórico, sino como la culminación de una serie de fracturas profundas que han transformado la fisonomía de la potencia estadounidense y, de rebote, el orden global. Uno de los detonantes inmediatos fue el episodio inflacionista postpandemia; aunque, visto en perspectiva, fue un fenómeno esperable y contenido en el tiempo, su impacto en la conciencia de la opinión pública fue devastador, alimentando una percepción de inestabilidad que ni siquiera las buenas cifras macroeconómicas de fin de mandato de Biden lograron revertir. Sin embargo, bajo la superficie económica laten las llamadas "guerras culturales", una división atávica en temas como la religión, el control de armas o las políticas de identidad que han fragmentado a la sociedad en dos bloques irreconciliables. En este escenario, emerge con fuerza la teoría del resentimiento de Michael Sandel, que señala la titulación universitaria como la nueva gran línea divisoria: por una parte, una élite académica a menudo arrogante y, por otra, una clase trabajadora que se siente ninguneada y que protagoniza el trágico fenómeno de las "muertes por desesperación" descrito por Deaton y Anne Case.

Esta crisis social ha ido acompañada de una degradación institucional y de un sistema de partidos que muchos expertos, como Josep Colomer, consideran anticuado y más dominado por la coyuntura que por la ideología. En este contexto, la influencia del dinero en la política -sin límites desde las sentencias del Tribunal Supremo de la era Obama- y el error estratégico de Joe Biden al no ceder el testigo a tiempo, acabaron de pavimentar el regreso de Trump. Pero el trumpismo no es un paréntesis, sino un cambio de rumbo con consecuencias sísmicas, especialmente en lo que se refiere a la agenda climática. La deserción estadounidense de los Acuerdos de París amenaza con colapsar la descarbonización global por el desánimo que genera en el resto de los actores, especialmente en Europa, que se ve incapaz de cargar sola con toda la responsabilidad. Así, el mundo parece abocado a abandonar el objetivo de limitar el calentamiento a 2°C para centrarse en la adaptación a un escenario de 3°C, donde sólo el bajo coste de las renovables y el progreso científico ofrecen una fisura de esperanza.

En el ámbito de la política económica, Trump ha impuesto una lógica de negocio que rompe con el liberalismo de la era Reagan. Ya no se trata de incentivos fiscales para crecer, sino de reducir el gasto social, imponer aranceles como arma de coacción y presionar a la Reserva Federal para bajar los tipos de interés y abaratar la enorme deuda pública, que ya supera el 120% del PIB. Bajo la tutela de ideólogos como Peter Navarro y Stephen Miller, el trumpismo sostiene que el papel del dólar como moneda de reserva es una carga que Estados Unidos ya no quiere soportar, buscando una devaluación que favorezca a su industria interna. Esta visión se extiende a la política exterior, donde el "soft power" ha sido sustituido por un imperialismo clásico basado en el "hard power" y la coacción extractiva. Trump no busca aliados fuertes, sino súbditos, y ve a la Unión Europea como un obstáculo o un enemigo a batir. Con un eje franco-alemán debilitado y una soberanía estratégica que a menudo se malentiende como un repliegue nacionalista, Europa se enfrenta a un período de vulnerabilidad extrema donde los aranceles selectivos podrían romper la unidad del mercado común. Al final, la última línea de defensa parece recaer en la movilización de la sociedad civil y en la resistencia de un sistema judicial que, si bien conservador, podría ser el único capaz de poner límites a un poder que amenaza con reescribir las reglas del mundo tal y como lo conocíamos.

Lo + leído