El pasado 5 de febrero expiró el tratado New START —firmado en 2010 por Estados Unidos y Rusia—, el último protocolo efectivo que frenaba la carrera armamentística nuclear. Con su fin desaparecen los límites que imponía: 1.550 ojivas desplegadas, 700 sistemas de lanzamiento estratégicos (ICBM, SLBM y bombarderos) y 800 lanzadores en total, tanto desplegados como no desplegados. También se acaba la transparencia, que es uno de los factores que reducían de forma eficaz el riesgo de una escalada nuclear catastrófica. El tratado obligaba a notificar movimientos estratégicos relevantes. Estos avisos, junto con los datos intercambiados dos veces al año, permitían a cada parte conocer con precisión la estructura del arsenal del otro. Se trataba de un sistema que reducía la posibilidad de interpretaciones erróneas. Hoy, un ejercicio militar rutinario puede interpretarse como un ataque nuclear inminente que genere una respuesta "preventiva" devastadora. Las inspecciones sobre el terreno garantizaban que nadie mintiera sobre su arsenal. Sin esta herramienta, las potencias vuelven a un clima de incertidumbre estratégica que deriva en una carrera armamentística sin fin, en la que la desconfianza reemplaza a la disuasión. El acuerdo también garantizaba comunicaciones permanentes incluso durante las crisis diplomáticas. Al limitar las ojivas, se aseguraba que nadie pudiera destruir al otro sin recibir un ataque de vuelta. Sin estos límites, la tentación de atacar primero para intentar anular al enemigo cobra un nuevo sentido.
En 1994, Estados Unidos planteó reducir la importancia de las armas nucleares mediante la Revisión de la Postura Nuclear (NPR, por sus siglas en inglés). El New START fue el último vestigio de esa voluntad. Su fin confirma el tránsito desde la “eliminación” hasta el objetivo de la “superioridad tecnológica y estratégica”. Ha habido cuatro NPR: en 1994, 2002, 2010 y 2018. Analizadas en conjunto, describen la evolución de la doctrina nuclear de Estados Unidos y anticipan —casi paso a paso— el deterioro del control de armas atómicas que culmina con el cese del New START. Lo que parecía un ciclo de reducción y contención tras la Guerra Fría ha derivado en una dinámica de modernización simultánea, desconfianza y competición entre grandes potencias, lo que se agrava enormemente con la entrada de China en la ecuación.
La NPR de 1994 (Administración Clinton) reflejó el momento unipolar: reducción del papel del arma nuclear, a la vez que se ponía el acento en la no proliferación y en las amenazas regionales. La disuasión seguía existiendo, pero ya no era el eje central. Sin embargo, la NPR de 2002 (Administración Bush) marcó un giro decisivo al rechazar el Tratado Antimisiles Balístico (ABM, por sus siglas en inglés), que había sido firmado en 1972. El ABM fue uno de los pilares del equilibrio nuclear, al asumir que la vulnerabilidad mutua era condición necesaria para que no se iniciase un conflicto. Al abandonarlo, Estados Unidos introdujo la idea de que era posible protegerse de un ataque nuclear de forma eficaz, debilitando el principio de destrucción mutua asegurada. Este giro se vio reforzado por el rechazo al Tratado de Prohibición Completa de Pruebas Nucleares (CTBT, por sus siglas en inglés), lo que implicaba mantener abierta la posibilidad de reanudar ensayos nucleares. Aunque Estados Unidos no volvió a realizar pruebas, la negativa a vincularse jurídicamente al tratado enviaba una señal clara: la modernización del arsenal se priorizaba frente al compromiso de contención. En realidad, Estados Unidos había firmado el CTBT en 1996, pero nunca lo ratificó al haber sido rechazado en el Senado en 1999.
La NPR de 2002 mantuvo a Rusia como referencia estratégica, pese a su aparente declive. La lógica de la Guerra Fría no desaparecía: simplemente se transformaba. Obama intentó revertir esa tendencia en 2010. Su NPR proclamó el objetivo de un “mundo sin armas nucleares” y firmó el New START. Pero incluso en ese contexto, reconocía que el arsenal atómico estaba envejecido y debía modernizarse. La inversión en investigación, infraestructura y sistemas de mando y control comenzó entonces. La contradicción era evidente: reducción cuantitativa, pero modernización cualitativa. La respuesta de Rusia fue desarrollar los misiles hipersónicos (no fue la única causa), aunque esto no disculpa la deriva autoritaria de Putin.
La NPR de 2018 (primera Administración Trump) rompió definitivamente el equilibrio. Introdujo armas de menor potencia, rebajó el umbral de su uso y abrió la puerta a responder con armas nucleares a ataques no nucleares, incluidos los ciberataques, sin los cuales no se entienden los conflictos militares de nuestro tiempo. El documento identificaba a Rusia y China como competidores estratégicos directos y justificaba la modernización acelerada del arsenal como respuesta a sus avances. Moscú, por su parte, desarrolló sistemas no cubiertos por el New START —misiles hipersónicos, vehículos planeadores y misiles de crucero de alcance indefinido— y denunció la defensa antimisiles estadounidense como una amenaza existencial. China, ausente de todos los tratados, acabó por expandir su arsenal con rapidez, lo cual responde a la lógica de los imperios combatientes de no limitar sus esfuerzos hasta ver alcanzada la paridad real.
El resultado es un entorno incompatible con los mecanismos de control de armas de la Guerra Fría. El New START, diseñado para un mundo bipolar y para arsenales relativamente estables, se volvió insuficiente en un escenario donde tres potencias modernizan simultáneamente sus fuerzas nucleares, donde las doctrinas se vuelven más flexibles e impredecibles, y donde la confianza estratégica se ha erosionado desde principios de los años 2000. El fin del New START no es un accidente diplomático ni un error coyuntural: es la consecuencia lógica de tres décadas de tensiones acumuladas. Las NPR lo muestran con claridad. Cada una, desde 1994 hasta 2018, fue desplazando el centro de gravedad desde la reducción y la contención hasta la flexibilidad, la modernización y la competición. La irrupción de China como tercer actor decisivo terminó de desbordar un marco bilateral que ya no podía sostener la estabilidad estratégica. Hoy, sin límites verificables y con doctrinas más permisivas, la carrera armamentística vuelve a ser un hecho. El fin del New START inaugura una etapa llena de incertidumbres.