Nadie debería sorprenderse de que Julio Iglesias haya sido denunciado por abuso y violencia sexual por dos mujeres, pues era cuestión de tiempo que alguna mujer se lanzara a denunciar al adalid de la arrogancia chulesca y machista, que desde hace muchas décadas viene jactándose del número de mujeres con las que ha mantenido relaciones íntimas, unas cuatro mil ha llegado a decir, con la justificación de que le gustan mucho las féminas. Mensaje que ha convertido a Julio Iglesias en el paradigma del ligón de discoteca del que ha hecho gala a lo largo de toda su trayectoria como cantante de un romanticismo rayano en la puerilidad. Carrera musical que, de rondón, ponía al descubierto el poso machista de la sociedad española que ha venido mirando hacia otro lado ante los tocamientos y besos robados a muchas féminas en público en sus actuaciones y celebraciones. Abusos que la sociedad ha dado por buenos como componente del arquetipo de macho ibérico, edulcorado con un toque de elegancia rancio en sus trajes propios de las bodas de la década de los setenta del siglo pasado.
Más tarde o más temprano tenía que trascender públicamente su carácter libidinoso, lujurioso, conocido por todos los que han formado parte de su círculo a lo largo de su exitosa trayectoria como cantante meloso. Ha bastado que dos mujeres contratadas para su servicio doméstico hayan decidido denunciarlo, hartas de los abusos recibidos, para que todos conociéramos de primera mano el carácter abyecto de este abusador, y el fetichismo de sus gustos sexuales. La declaración de una de ellas revela con claridad la abyección de Iglesias, al afirmar que le pidió que por favor no le hiciera lo que le pedía que era meterle los dedos por el ano: ¡señorito por favor, eso no me gusta! Afirmación que se une a la denuncia de la realización de exámenes médicos forzados, para saber si las mujeres contratadas tenían enfermedades de trasmisión sexual o estaban embarazadas, lo que denota el clima opresivo en el que vivían: una especie de secta sexual al servicio del señor.
Abuso de poder con el que se conduce el insigne cantante que abre la puerta a preguntarse cuantas mujeres no se habrán dejado enredar por el oropel de la fama que le acompaña, o se han visto en situaciones límite en las que han tenido que transigir a sus deseos: ¡quién se atreve a decir no al donjuán del siglo XX! Una conducta que no es única de Julio Iglesias, sino moneda común entre los famosos convertidos en mitos por los medios de comunicación, lo que les permite actuar sin temor a la hora de presionar y subyugar a las mujeres para que cumplan sus deseos sexuales e irse de rositas una vez han sido correspondidos.
Más allá del recorrido judicial que tenga la denuncia sobre la que, sin duda, Julio Iglesias intentará echar tierra para ocultarla y utilizará todos sus recursos económicos y legales para evitar una sentencia condenatoria, la mancha pública ya ha saltado a las portadas de los medios nacionales e internacionales. En estos casos de abuso sexual lo razonable es dar verosimilitud a la víctima, a quienes denuncian tras llevar años de abusos mientras desarrollaban sus tareas domésticas, lo cual es indicativo del hastío ante el abuso continuado por parte de Iglesias.
Tendrá que ser la justicia la que aclare el caso y ponga las cosas en su sitio, aunque desde que se conoció la noticia ya han salido defensores del cantante, la primera Ayuso, para negar que vaya a retirar el galardón concedido por la Comunidad de Madrid al cantante, como símbolo y representante de los valores patrios por el mundo. No creo que Ayuso le haga un favor arropándose en la bandera machista para defender al cantante pues, con esta denuncia, queda al descubierto su infamia que emborrona para siempre la imagen pública de este Truhán-Señor, como un ser perdido en el abuso sexual, procaz, rijoso y vulgar, sobre la mujer.