La naturaleza siempre domina a los humanos, a pesar de su tecnología y su ciencia, porque su poder telúrico arrasa con todo lo construido e ideado por sapiens que, además, se lo pone fácil cuando decide consumir sin fin los recursos naturales que degradan y esquilan el medio natural. Cuando decide construir viviendas, oficinas o lugares de ocio en terrenos que son la salida natural del agua cuando llueve torrencialmente u ocupa espacios que se inundan con periodicidad recurrente por la crecida de los arroyos, ríos o del mar. Cuando no desbroza los bosques en invierno y crea cortafuegos para evitar que los incendios, naturales o provocados, se expandan y arrasen con más hectáreas de las debidas, porque el calor extremo que desprenden dificulta su extinción. Cuando nos empecinamos en seguir consumiendo recursos fósiles (carbón y petróleo) creando las condiciones para que la temperatura del planeta suba, y suba, y suba hasta que llegue un momento en el que nos achicharre. Hechos que generan fenómenos climáticos como la ciclo génesis explosiva que convierte un ciclón de superficie en una borrasca violenta de lluvias abundantes, torrenciales y fuertes vientos.
Este sinsentido tiene un único sujeto paciente, todos los seres humanos que sufrimos el aumento, año a año, del calor asfixiante en nuestra piel y respiración. Calor atorrante del que no hay manera de desprenderse—no se puede estar veinticuatro horas con aire acondicionado por sus efectos negativos para la salud—, lo que genera agobio y malestar que puede derivar en una sensación de ahogo permanente y golpes de calor mortales (1.229 personas perdieron la vida en junio en la primera ola de calor). La única alternativa va a ser vivir bajo las piedras como hacen los lagartos en las horas de calor tórrido, y enseñar la patita cuando declina el sol creando corrientes de aire para escapar, en lo posible, de las noches tropicales o toledanas como se ha dicho siempre.
Las causas y responsables de este martirio calórico se pueden englobar en dos: un modelo cultural que favorece el consumo convertido en el eje axial de la economía mundial, y los que niegan el cambio climático por una razón ideológica o porque se enriquecen con un sistema productivo que no quieren cambiar por el coste que supondría adaptar sus centros de producción a la tecnología ecológica. Dos tapones, con múltiples ramificaciones, que impiden bajar el nivel de degradación del medio natural que terminará con el propio sapiens, si no se aplica con eficacia y decisión el remedio que proponen los científicos: reducir la emisión planetaria de CO2, el mayor impulsor y acelerador del calentamiento global y del cambio climático.
Los datos son contundentes. Desde 2015 en el que se produjo el esperanzador acuerdo de París, firmado por 200 países, las emisiones de CO2, no solo no han bajado, sino que siguen subiendo a un ritmo del 1,1% anual. Dato que vaticina que esto va a ir a peor, si no se toman medidas radicales consensuadas por todas las naciones, algo que en este momento se revela imposible por la pugna entre USA y China, por el liderazgo del comercio mundial. En este panorama España salva la cara como líder europeo en transición ecológica de su tejido productivo con un 60% de producción eléctrica con tecnologías limpias: hidroeléctrica, eólica y solar.
Aunque ese sea el buen camino, de nada vale si no se genera una conciencia global, mediante una pedagogía constante sobre el desastre ecológico medioambiental en el que estamos inmersos, que no es solo una labor de los Gobiernos y administraciones públicas, sino de los ciudadanos conscientes que no debemos dejarnos arrastrar por consumir lo que no necesitamos, que genera un consumo rápido de usar, tirar y seguir comprando en una rueda sin fin que acelera la contaminación del medio natural. Y no podemos pasar por alto sin denunciar, los mensajes tóxicos para la humanidad de personajes que defienden el interés espurio de los grandes conglomerados empresariales o, peor, por la estulticia sinsentido de jugar contra la racionalidad científica.
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