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La Navidad más cara de la historia

12 de Enero de 2026
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¿Y cuando no ha sido así? Este es el mantra navideño 2025 repetido hasta la saciedad en los medios, en especial en telediarios y programas de entretenimiento, en línea con el tremendismo informativo hiperbólico en el que viven sumergidos desde que el populismo discursivo acabó con la identidad del periodismo, cuya primera regla es no calificar ni magnificar la información que se difunde. Información que por el hecho de difundirse ya tiene valor informativo per se, porque de lo contrario no se difundiría y se elegiría otra entre los muchos hechos noticiables que se producen a diario.

Calificar y magnificar la información por interés político, ignorancia o incompetencia, orienta el pensamiento del destinatario al que se le da masticado el sentido y valor de lo acontecido que coarta su capacidad para valorar y enjuiciar por sí mismo su valor significativo. De este modo se desvirtúa la percepción de la realidad que se le ofrece tamizada con una intencionalidad interesada que anula el pensamiento crítico. Dinámica en la que han caído numerosos medios convertidos en elementos de desinformación y contribuyentes netos al panorama de polarización política y social que pervierte la vida pública. Papel del que deben abdicar, y recuperar la veracidad y el equilibrio a la hora de contar lo que acontece.

Por eso hablar de la Navidad más cara de la historia supone mimetizar el mensaje perverso que contribuye a la visión negativa de la realidad, al olvidar que en todas las navidades suben los precios—subidas justificadas de mil maneras— igual que, como todos los años también, hay productos que bajan de los que no se habla o se habla menos. En mis muchos años vividos, no recuerdo ninguna Navidad en la que no subieran los precios, ni recuerdo que se utilizara el calificativo de histórica para referir las subidas que, también como siempre, bajan tras el periplo navideño.

Calificativo con el que nos han machacado en la Navidad 2025 para referirse a todos los ámbitos de consumo —restauración, alojamiento, textil, juguetes y comercio en general— que como todas las navidades se han encarecido, aunque no por ello hayamos visto vacíos los restaurantes, los bares, los hoteles o las tiendas de todo tipo que, en su mayoría han estado a rebosar y han batido record de caja. Lo que significa que los españoles han tenido recursos suficientes para gastar y pasar unas buenas navidades, con la salvedad de las familias y personas más necesitadas que viven en el último escalón social a pesar de la reducción de la desigualdad en los últimos años, que en 2025 se ha situado en el 0,435, coeficiente que no se alcanzaba desde 2004, según el índice Gini que mide la desigualdad de ingresos.

Datos que no se cuentan o se relatan de soslayo en informaciones más amplias, porque cuando son buenos no se abordan ni difunden ni hiperbolizan como los negativos. Basta fijarse un poco o mantener una escucha atenta para comprobar como los datos positivos —reducción sostenida del paro, aumento de las afiliaciones a la seguridad social, subida de las pensiones conforme al IPC, mantenimiento del escudo social para las personas y familias más necesitadas o el crecimiento sostenido del PIB por encima de los países de nuestro entorno, etc.—, se cuentan como si fuera algo común y fácil de conseguir, y siempre con la coletilla de que, a pesar de la mejora, seguimos, por ejemplo, teniendo el paro más alto de la UE, que opaca la mejora de una cifra de desempleo que se arrastra desde la década de los 80 del siglo pasado y que nunca ha tenido mejores datos que los actuales.

Los medios deben recomponer la figura y recuperar su papel de difusor de información veraz, sin calificativos que la distorsionan y convierten en un espectáculo informativo, que desorienta, aturde y acaba con el pensamiento crítico porque nos sumerge en un carril de negatividad y miedo al futuro. Así los medios se convierten en un actor más del juego político, desvirtuando su rol social de describir lo que acontece con veracidad y objetividad, denunciar los excesos del poder y no caer en el borreguismo de seguir el carril que marcan los discursos y medios que polarizan y enfangan la política. 

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