Julián Arroyo Pomeda

Un mundo en tensión permanente: la política atrapada entre el miedo y la incertidumbre

31 de Diciembre de 2025
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Castells sostiene que vivimos una crisis profunda marcada por: Contradicciones históricas y una pérdida de sentido colectivo; reacciones violentas contra movimientos emancipadores como el feminismo, que él interpreta como parte de una ola global de identidades enfrentadas y auge de la extrema derecha; deterioro social y ambiental, que él considera señales de un rumbo autodestructivo.

Castells vincula este "proceso de autodestrucción" con: La aceleración tecnológica. La crisis climática. La fragmentación política. La incapacidad de las sociedades para generar proyectos colectivos sólidos. Es una lectura crítica, pero también una llamada a repensar cómo queremos vivir juntos.

En las últimas décadas, la política ha dejado de ser un terreno exclusivamente institucional para convertirse en un reflejo directo de las tensiones sociales que atraviesan a las democracias. La polarización, la desigualdad y la desconfianza en las élites han configurado un escenario en el que las identidades pesan más que los programas, y las emociones más que los datos. Lo que antes se resolvía en el debate parlamentario ahora se disputa en redes sociales, en la calle y en los márgenes de un sistema que muchos ciudadanos perciben como agotado.

La crisis de representación es uno de los síntomas más visibles de este cambio. Cada vez más personas sienten que las instituciones no responden a sus necesidades ni a sus miedos, y esa sensación alimenta la aparición de movimientos que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. La política se ha vuelto más reactiva que propositiva, más centrada en gestionar el malestar que en construir horizontes compartidos. En este contexto, los discursos simplificadores encuentran terreno fértil: ofrecen certezas en un mundo que parece moverse demasiado deprisa.

A ello se suma un fenómeno que atraviesa todas las capas sociales: la precariedad. No solo económica, sino también vital. La incertidumbre laboral, la dificultad para acceder a la vivienda y la erosión de los servicios públicos han generado una sensación de vulnerabilidad que condiciona la forma en que las personas se relacionan con la política. Cuando el día a día se convierte en una carrera de obstáculos, la confianza en el sistema se resquebraja. Y cuando esa confianza se pierde, el espacio se abre para propuestas que cuestionan las reglas del juego democrático.

Las democracias del siglo XXI atraviesan una transformación que no se parece a ninguna de las crisis anteriores. No es solo un problema de gobernabilidad ni una disputa entre partidos. Es una fractura profunda, social y cultural, que está reconfigurando la forma en que entendemos la política. Lo que antes se resolvía en instituciones estables ahora se discute en un espacio público fragmentado, acelerado y emocional. Y en ese nuevo escenario, las certezas que sostuvieron la vida democrática durante décadas parecen haberse desvanecido.

La política ya no es únicamente un ejercicio de gestión. Se ha convertido en un espejo de las tensiones que atraviesan a las sociedades: desigualdad, precariedad, identidades enfrentadas, crisis climática, desconfianza en las élites y un malestar difuso que impregna la vida cotidiana. La sensación de que "algo se ha roto" es compartida por ciudadanos de contextos muy distintos, desde las grandes ciudades europeas hasta las zonas rurales de América Latina o los suburbios de Estados Unidos. Y aunque las causas varían, el síntoma es común: la distancia creciente entre la ciudadanía y quienes la representan.

La desafección política no es nueva, pero su intensidad actual sí lo es. Cada vez más personas sienten que las instituciones no responden a sus necesidades ni a sus inquietudes. La burocracia se percibe como un muro, los partidos como estructuras rígidas y desconectadas, y los líderes como figuras incapaces de comprender la complejidad del mundo que gestionan. En este contexto, la política tradicional pierde legitimidad, y ese vacío lo ocupan discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos.

Cuando la vida cotidiana se convierte en una carrera de obstáculos, la confianza en el sistema se resquebraja. Y cuando esa confianza desaparece, el terreno queda abonado para propuestas que cuestionan las reglas del juego democrático. No es casual que los movimientos antisistema hayan crecido en paralelo al aumento de la desigualdad y la inseguridad económica. La política, en este sentido, se convierte en un reflejo de la lucha por sobrevivir.

La política se convierte así en un campo de batalla simbólico. Lo que está en juego no es solo una ley o una reforma, sino la definición misma de quiénes somos como sociedad. Las identidades se endurecen, los matices desaparecen y el diálogo se sustituye por trincheras. En este clima, cualquier concesión se interpreta como una derrota y cualquier desacuerdo como una agresión.

Frente a este panorama, las democracias se enfrentan a un desafío decisivo: reconstruir la confianza. La historia demuestra que las sociedades son capaces de reinventarse cuando reconocen sus fracturas y deciden enfrentarlas con honestidad. La pregunta, quizá la más urgente de nuestro tiempo, es si estaremos dispuestos a hacerlo antes de que la distancia entre ciudadanos y política se vuelva irreparable.

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