El 12 de marzo acudí auna reunión a sabiendas de que aconsejaban no organizarlas presenciales. Elviernes 13, uno de los asistentes a la reunión nos envió un mail anunciándonosque su mujer, médica, acababa de dar positivo por coronavirus y que seguramenteél estuviera contagiado.
El domingo 15 medesconecté de las noticias y de la bronca de las redes sociales. Si iba acompartir piso en solitario con el bicho, lo mejor sería que lo hiciera defrente y minimizando los miedos colectivos.
El martes 17, tuve37,6 décimas de fiebre. Me pasé dos días negándolo, acongojado por si iba amás, me empezaba a costar respirar, como me advirtió un familiar médico, y metuviera que ir al hospital. El día 19, comencé a autoevaluarme a través de laweb de la Comunidad de Madrid… y sí, tenía síntomas compatibles concoronavirus. Agradezco desde aquí las llamadas de la profesional del serviciode dicha web para interesarse por mi salud, y sobre todo, por escucharme.Aquellos días, solo videollamaba a mis padres y a un par de amigos, la cabezano me daba para más.
La siguiente semana,el virus me debilitó de forma extrema, la comida me sabía metálica, quitándomelas ganas de comer. Tuve tal fatiga que me levantaba de la cama solo paraorinar ya que, de lo contrario, me tocaría limpiar el colchón y no tendría nifuerzas. La fiebre no pasó de 37,7. Esos días descubrí que mi temperaturacorporal era 35,8 grados.
El sexto día fue elculmen: me desperté sin fiebre y preferí no levantarme a desayunar y tomarParacetamol. Casi a las 2 de la tarde, me autoconvenci para ducharme. Tuve tressíncopes seguidos. Menos mal que, al desmayarme, no me abrí la cabeza ni medesnuqué. Desde ese momento, me tomé el Paracetamol cada 4 horas y me obligué acomer.
Poco a poco, la fiebrefue bajando, así que, a la semana, ya en abril, empecé a teletrabajar,confiando en que aquello era una simple gripe. Pero como tenía las defensas tanbajas y me metí un montón de horas de mentoría online, me salió un orzuelo y mesubió la fiebre. Asustado, llamé a mi centro de salud y, tras devolverme lallamada mi médica, me citó en el ambulatorio. El 22 de abril, volvía a salir decasa, para ir al bunkerizado ambulatorio. Al parecer, el orzuelo era por lasdefensas bajas.
Tardé casi todo el mesde abril en sentirme en plena forma. Eso sí, la Covid-19 me robó cinco kilos demis reservas de grasa que ya no hay forma de recuperar. Creo que no pesaba asídesde la adolescencia. Me hice las pruebas de IGM e IGG para detectar la SARS-CoV-2. La primera me saliónegativa; la segunda, indeterminada.
A mediados de junio,me sorprendió volverme a fatigar y un día noté cómo me costaba respirar. Metumbé en el sofá y comprobé que podía inhalar aire, si bien, al sacarlo, sentíauna opresión en el pecho. A las 3 horas, desapareció esa sensación. Pero fuereapareciendo intermitentemente, por lo que sospeché que quizá tenía CovidPermanente y se me intensificaba si me estresaba por temas de trabajo, llegandoa sufrirlo durante horas, pero de forma suave. Montar una startup en estosmomentos puede que sea un deporte de riesgo.
Mi diligente médica memandó todo tipo de análisis, así como una radiografía del pecho. Lo único queapareció fue que tenía el nivel de hierro muy bajo.
La clave me la dieronlos investigadores españoles que se han pasado un lustro mejorando la genéticade una planta para otra enfermedad y que regula la cantidad de hierro ensangre, aumentando el nivel de glóbulos blancos. Me presté como conejillo deindias para tomar sus cápsulas, y se me ha reducido casi por completo laopresión del pecho pese a que mi semana ha sido una montaña rusa negociando lafinanciación de la startup. En breve, me volveré a hacer la prueba de IGG a verqué sale.
Moraleja: la Covid19no es una gripe, deja secuelas que lastran a sus víctimas.
Felicidades si elvirus no ha vencido a tus defensas y muchas gracias por cumplir las normas dela nueva sociabilidad.