El caso del enfermero de UCI de Minneapolis —inmigrante, veterano y cuidador en la primera línea de la pandemia— tiroteado por agentes de ICE, no es una tragedia aislada. Es la metáfora de un mecanismo perverso: la transformación del servidor público solidario en “amenaza doméstica”. Un sistema en crisis fabrica sus chivos expiatorios, y quien mejor encarna sus fallas —el testigo agotado del colapso— se convierte en el blanco perfecto.
Su proceso es sistemático:
1. Criminalización del perfil: Se toma a un individuo vulnerable (inmigrante, crítico, exhausto) y se redefine su identidad: de cuidador a sospechoso, de angustia a peligrosidad.
2. Pretexto institucional: Un incidente se amplifica como amenaza nacional, justificando una respuesta desproporcionada del aparato estatal.
3. **Objetivo político:** Desviar la atención del fracaso sistémico (sanitario, social y político) y unir a una población descontenta contra un “enemigo” fabricado.
La *Noche de los Cristales Rotos* no fue ira espontánea, sino un pogroma orquestado. El nazismo usó el acto desesperado de un joven judío como pretexto para lanzar una violencia metódica contra una comunidad ya estigmatizada. Los paralelos son estructurales:
- Pretexto amplificado: Un acto individual convertido en conspiración colectiva.
- Violencia institucional: Ejecutada por fuerzas del Estado y seguida de leyes que la consolidan.
- Función social: Canalizar el malestar económico y la ansiedad nacional hacia un grupo vulnerable, evitando cuestionar al poder.
Ahora vamos a analizar la clave geopolítica.
Aquí yace la similitud crucial. La Alemania de 1938 era una potencia herida, obsesionada con un pasado glorioso y humillada por la crisis. Su respuesta fue dirigir la ansiedad imperial hacia un enemigo interno, usando la persecución como herramienta de control y cohesión forzada.
Hoy, Estados Unidos es el imperio en declive relativo. Su hegemonía se erosiona, su política está paralizada y su malestar social es profundo. Al igual que entonces, la creación del “terrorista doméstico” —ya sea un enfermero, un activista o un inmigrante— cumple la misma*función geopolítica decadente:
Es la señal de un poder que, incapaz de resolver sus crisis estructurales, opta por la autocanibalización. El brazo de seguridad del Estado, en lugar de proteger, identifica y neutraliza a aquellos cuyas vidas son un recordatorio vivo de las fallas del sistema. El cuidador se convierte en la amenaza porque su mera existencia delata el colapso.
La muerte del enfermero no es un incidente. Es el “cristal roto” de la América del siglo XXI: la fractura visible de una decadencia que, como en 1938, elige purgar a sus propios testigos en lugar de sanar sus heridas. Cuando un imperio ya no puede cuidar a sus ciudadanos, comienza a criminalizar a sus cuidadores. El eco histórico es una advertencia: la fabricación de enemigos internos es el último síntoma de un poder que ha dejado de construir y solo sabe destruir.