De muy chico tuve que lidiar con la condición de haber sido arrojado al mundo, bajo la condición de ser el hijo de alguien en pleno ejercicio de un poder, bestial, en una comarca "macondiana" con brochazos de bleque de lo más pútrido y rancio de lo feudal.
Le debo lo que soy a tal condicionamiento y como no lo hacía hace tiempo, ahora vuelvo a repasar aquello. Siendo lo que pude ser, intentaré no caer en los mullidos sillones que invitan a descansar en las improductivas categorías de víctima y victimario.
Más que nada por mi condición de padre, desde la que tal vez, di como prioridad, antes que conquistar poder real o efectivo, por el solapado temor, inconsciente de que mis meos (ejercer poder es rudimentariamente orinar sobre el terreno de los otros o directamente sobre ellos) tuvieran como contrapartida, que los orinados se la agarren con mi hijo en pleno crecimiento.
Sumado claro está a la adicción a lo filosófico, de la que no me puedo recuperar y desde la que tal vez sea en definitiva mi lugar en el mundo.
Me tocó de muy pequeño ser recipiendario de muchas cosas que generaba mi padre en su accionar de poder, y absorber la cobarde y entendible, reacción de hasta familiares cercanos o directos, que al no poder hacer frente al rocío de orín del que eran víctimas se las agarraban conmigo.
Padecí, entendí y perdoné. Hoy simplemente lo expreso, previamente haberlo conceptualizado. No es ningún mensaje para nadie en particular, siquiera de los tantos que aún hoy, ven en mí, a mi padre orinándolos.
Mi logro mayor, fue haber evitado ser orinado por papá. Un orinador de fuste, consuetudinario, que tantas veces lo intentó sin éxito, y con ello, sin querer-queriendo me brindó una formación inapreciable para comprender las lógicas del poder y su ejercicio.
Uno no puede desconocer que es placentero orinar. Pero se debe administrar cuándo, cómo y principalmente ante quién. No creo haber construido un método, pero sí me establecí un principio, inviolable e irrevocable. No orino ni meo a nadie que vaya por su hueso para sobrevivir. Tampoco a los que, no ejercen poder o lo hacen sin ton ni son, por el simple hecho de que lo pueden hacer.
No desperdicio ni un chorro de orín a los que me han meado por el simple hecho de haber sido el hijo de alguien, no han tenido ni tienen cabida en mi vida, siquiera para una supuesta acción vengativa, que no está ni estuvo en mis planes.
Ahora entiendo porque fui el único familiar directo y junto con mi señora los únicos que cumplimos el deseo de papá de hacerlo ceniza y acompañarlo en sus exequias.
Allí está lo que quedó de él, en el cinerario de la iglesia de la cruz, ahora tal vez a esos tantos orinados por él, les surja la valentía de ir a devolverles el meo.
Yo siempre fui otro, y los que quieran vérselas conmigo, seguramente ya saben, que, antes que nada, les conviene pensar.
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