Por cada europeo que quiere vivir hay mil islamistas que prefieren morirNo hay policías, soldados, armas, tanques ni misiles suficientes que puedan detener a un loco dispuesto a morir matando. Por cada europeo que quiere vivir hay mil islamistas que prefieren morir.Es una guerra atroz perdida de antemano, una guerra entre la vida y la muerte, y esa batalla cósmica desigual siempre la termina ganando la señora de la guadaña. Europa se estremece ante el nuevo zarpazo de los tontos que no comen cerdo ni beben vino y a los europeos solo nos queda quedarnos en nuestras casas-madriguera, atónitos, aterrados, besando a nuestras mujeres e hijos, tomando un coñac y leyendo nuestros libros sabios, sin entender nada, sin poder hacer nada.La única solución es esperar, escondernos como conejos ante las hienas, aguardar a que el ángel exterminador pase de largo sin tocarnos con su mano de sangre y fuego. Laín Entralgo decía que no se puede ser hombre de un solo libro, porque eso crea fanatismo.Esta gente que sale de los desiertos secos y pobres de Oriente ya ni siquiera lee uno. No les hace falta el Corán para nada, solo un chaleco explosivo y un par de rayas de coca para infundirse valor. Primero fue Madrid, luego París, esta vez Bruselas, capital de la Europa mezquina y racista que blinda fronteras para que no le llegue la peste siria ni los ahogados del Egeo que lloran en el mar. Pero la peste ya está dentro de nosotros, en nuestras calles, en nuestras plazas, en nuestros aeropuertos, y no se llama refugiados, sino odio, muerte, fanatismo.No pararán hasta plantar la jaima olorienta llena de huríes y bueyes comidos de moscas en medio de los Campos Elíseos. No hay antídoto eficaz contra esta plaga invisible, no hay remedio contra estas células durmientes, tumorales, que nos matan trimestralmente con su rabia y su maldad. No se puede luchar contra esto.No hay solución. No hay salida.
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