Eduardo Luis Junquera Cubiles

La hora de los canallas

11 de Junio de 2020
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Hace unosaños Morgan Freeman-los grandes también se equivocan-declaró que el racismo sesoluciona dejando de hablar de él. Eso supone negar que existe toda unasuperestructura social, política y jurídica racista que causa un sufrimientopersonal indecible y que discrimina y pone barreras, en ocasionesinfranqueables, a los miembros de determinadas minorías. El alcance de esasuperestructura supera con mucho los sentimientos subjetivos que los individuospuedan experimentar en cuanto a sentirse marginados: el racismo es real y susefectos sobre las personas son devastadores no solo en el orden psicológico,sino en el práctico porque impide o ralentiza el progreso de millones depersonas, que deben demostrar de continuo su valía ante el grupo dominante. Laspoblaciones de negros e hispanos de Estados Unidos no salen a las calles aprotestar tan solo por la muerte de George Floyd, sino porque están más quecansadas de recibir agresiones explícitas o sutiles de un sistema discriminadorque comienza a hacerles daño desde la infancia. No hay mayor verdad que aquellaque hemos vivido, de manera que si alguna vez has sido discriminado por algúnmotivo sabes bien de qué hablo. Casi todo lo bueno que florece en el almahumana lo hace en un ambiente de amor, aliento y acogida, lo contrario de ladiscriminación, que arrasa nuestra naturaleza individual hasta lo más íntimo,llenando nuestra mente de dudas y miedos acerca de nosotros mismos y de nuestrascapacidades.

Laviolencia que estamos viendo en Estados Unidos es injustificable. Si quieresmejorar tu país estudia, trabaja, elabora propuestas, participa de lasasociaciones vecinales, de los sindicatos, de las organizaciones deconsumidores, de las instituciones culturales, de la vida política, en suma. Siquieres un mundo más justo sé un ciudadano honesto en todas y cada una de tuscircunstancias. Pero ¿cuántos millones de ciudadanos negros en Estados Unidoseducan a sus hijos en estas ideas para comprobar que su progreso económico ysocial tiene un techo y se detiene dónde empieza el racismo? No carguemos lastintas sobre Trump: convertirlo a él en nuestro particular demonio tal vez nosayude a olvidarnos de nuestras propias miserias, pero nos impedirá ser másresponsables y coherentes en la lucha contra esta lacra. Bien decía Faulknerque “Ser víctima no implica ser inocente”. ¿O no había racismo en EstadosUnidos en tiempos de Obama? Aunque sí es cierto que ningún presidente hapracticado un discurso de división como el propio Trump, por lo demás un dirigentedesconectado por completo de la realidad que le ha tocado vivir.  

Pocosdías después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bushmantuvo una reunión con líderes de la comunidad sij y musulmana de EstadosUnidos. Incluso un presidente como él, absolutamente nefasto para su país ypara el resto del mundo en cuanto a políticas desregulatorias que dieron lugara la crisis de 2008 (la derogación de la ley Glass-Steagall por parte de BillClinton también fue decisiva en este sentido) y por la invasión de Irak en 2003,fue capaz de reunirse con estadounidenses sijes y musulmanes para pronunciarese discurso de unidad tan de Estados Unidos, tan aglutinador y emotivo. Y laspersonas no solo somos raciocinio, somos también corazón y necesitamos esealiento de las palabras que un poco nos engañan y otro poco nos ayudan acaminar y a seguir con el día a día cuando todo son nubes negras. Por elcontrario, Trump se muestra incapaz de hacer el menor gesto en aras de launidad, la convivencia y la cordura. La vergüenza de los próximos años seráexplicar a las nuevas generaciones que estos políticos racistas, machistas,homófobos y misóginos como Trump, Bolsonaro, Orbán o Salvini llegaron al podercon nuestros votos.

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