la pobreza y la penuria ha sido el gran tema de la literatura española, lo ha sido siempre y siempre lo será, porque aquí nunca cambia nadaLos personajes celianos que transitan por la novela no tienen dinero para pagarse un alquiler, visten abrigos raídos, escupen como tísicos y tienen que recurrir a comedores sociales, como el gran Martín Marco, uno de los héroes homéricos de la odisea hispana y coral escrita por el gigante de Iria Flavia.En realidad la historia de Cela no tiene un protagonista único. El gran protagonista es Madrid, ese Madrid anónimo, gélido y sombrío de posguerra que se convierte en símbolo atemporal del horror y la estulticia humana. Hasta los escritores de hoy en día se parecen dramáticamente a los de entonces y la mayoría son unos muertos de hambre que han tenido que dejar de escribir para seguir cobrando la pensión, unos locos marginados que no interesa que sigan dando la vara con sus obritas de denuncia social.Todo lo de hoy se parece trágicamente a aquello a lo que nos remite La Colmena. Las calles grises y enfermas, el mercado negro, la corrupción y hasta las casas de citas, entrañables y familiares como la de doña Jesusa, han vuelto para dar refugio, consuelo y sopa boba a los sin techo.Todos somos ya un poco personajes de Cela, con el miedo al futuro metido en el tuétano y la represión a la orden del día, mucha policía, poca diversión, la ley mordaza dando estopa al rojo y el árbitro futbolero que sale del armario para que lo linche el desgañitado ultra al grito de marica mamón. Cuando salió publicada La Colmena, el cura que hizo el informe de censura se preguntaba sospechosamente: “¿Ataca el dogma o la moral? Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso”.
Todos somos ya un poco personajes de Cela, con el miedo al futuro metido en el tuétano y la represión a la orden del día, mucha policía, poca diversiónLa Iglesia siempre tan acertada en su juicio final. No atina nunca ni en lo divino ni en lo humano. Así que en esas estamos. Con España a un paso de la cartilla de racionamiento, del estraperlo y de su posguerra particular. Ya lo ha dicho Almudena Grandes, maravillosa zíngara de las letras españolas: “Esto no ha sido una crisis, ha sido una guerra”. Pues ya nos hemos acostumbrado a caminar entre las ruinas de posguerra y al ladrido lejano de nuestros políticos que corren como perros enloquecidos en mitad de la noche. “Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días”, se lamenta un personaje de la novela amargado de todo.Así es nuestra colmena española. Aplastante, asfixiante, letal. Tediosa, desesperante, cruda. Pedro Sánchez poniéndole viejas caras nuevas al PSOE con Borrell, Margarita Robles, Jordi Sevilla y Ángel Gabilondo, todos caducados, todos pasados de rosca; Granados en la trena por gastarse un imperio en plumas estilográficas, como Catalina la Grande se lo gastaba en amantes; y el Gobierno entrante y saliente (antes al menos había bipartidismo, ahora solo unipartidismo) vuelve a prometernos el mismo programa de hace cuatro años, que es el de hace ocho y el de hace doce.Aquí el programa siempre es el mismo, un programa rutinario, recurrente, endémico: machacar a la abeja obrera para que cuatro zánganos de la colmena se den la vida padre. “El trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”, dice Rosell, presidente de la patronal, tan frescachonamente. Eso es lo que quiere la elite económica, devolvernos no al XIX, sino a la XIX dinastía de las pirámides esclavistas. Pero como decía el maestro Cela, para mí que es un despropósito muy peligroso eso de no dar de comer a la gente. Así que mucho cuidado con no alimentar al perro porque el perro puede morder la mano de su amo. O lo que es lo mismo: la colmena puede reventar en cualquier momento.
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