La juventud más formada de la historia vive hoy un futuro que no llega. La combinación de formación máxima y estabilidad mínima convierte el esfuerzo en una carrera sin meta, donde la vida se alarga sin poder empezar.
Nunca antes una generación había acumulado tanta formación, tanta capacidad de adaptación y tantas competencias. Sin embargo, el futuro ha dejado de presentarse como una promesa creíble. No es solo precariedad laboral o dificultades materiales, aunque ambas sean determinantes, es la erosión de la expectativa misma de una vida con sentido.
Durante décadas, el relato fue claro y aparentemente indiscutible: estudiar, esforzarse, adaptarse, progresar. Un contrato social implícito que ofrecía certidumbre a cambio de disciplina. Hoy, ese contrato parece roto sin que nadie asuma su incumplimiento. Se exige a la juventud una preparación casi heroica para sostener un sistema que ya no ofrece horizontes estables ni proyectos vitales alcanzables.
Licenciaturas, idiomas, movilidad constante, posgrados, flexibilidad absoluta. El catálogo de exigencias se ha ampliado hasta lo inabarcable. Pero el desfase entre esfuerzo y recompensa es cada vez más evidente. No porque falte voluntad, sino porque la estructura social ya no responde a las promesas que la legitimaban.
El problema no es solo la precariedad laboral, sino la imposibilidad de proyectarse. Emanciparse, planificar una vida autónoma, pensar en el medio plazo se ha convertido en una carrera de obstáculos sin meta visible. La juventud ya no es una etapa de tránsito hacia la estabilidad, es un estado prolongado de espera. Un tiempo suspendido que se alarga indefinidamente.
Durante años, este retraso se explicó como una elección cultural, una supuesta preferencia por la comodidad o una menor disposición a asumir riesgos. Esa lectura, sin embargo, ignora un dato esencial: la espera no es voluntaria mientras las condiciones materiales impiden avanzar. Cuando el acceso a la vivienda consume la mayor parte de los ingresos, los contratos son frágiles y los salarios insuficientes, la vida queda atrapada en una provisionalidad permanente. No hay futuro posible cuando no hay suelo firme.
La vida en espera
Este bloqueo no es solo económico, es también temporal y existencial. Vivir sin horizonte implica vivir sin relato. El esfuerzo pierde sentido cuando no se traduce en avances tangibles. La adaptación constante deja de ser virtud y se convierte en desgaste. No estamos ante generaciones menos resistentes, sino ante una sociedad que ha normalizado niveles de exigencia cada vez más altos sin ofrecer contrapartidas realistas.
Esa normalización no es neutra ni accidental. Es el resultado de decisiones políticas acumuladas durante décadas, tomadas por gobiernos de distinto signo. No existen soluciones simples para problemas complejos, pero sí responsabilidades claras. Resulta difícil justificar que, en sociedades que se presentan como cada vez más avanzadas, las condiciones para una vida digna empeoren de forma sostenida. Trasladar el peso del fracaso a quienes han seguido fielmente el camino que se les prescribió no solo es injusto, es una forma de negación colectiva.
A esta crisis material se suma una crisis más profunda, la de un modelo que ha hecho del crecimiento ilimitado y de la competitividad permanente su único horizonte. Década tras década, el sistema ha demostrado ser cada vez menos eficaz para la mayoría. La obsesión por crecer sin límites ignora una evidencia elemental, ningún organismo crece indefinidamente. En la naturaleza, todo ser vivo nace, se desarrolla, madura y deja paso a nuevas formas de vida. Empeñarse en ignorar ese ciclo no solo es insensato, es inviable.
Sin embargo, seguimos educando a nuestros jóvenes en una lógica de competencia constante, como si la supervivencia dependiera exclusivamente de derrotar al otro. La competitividad se presenta como motor del progreso, cuando en realidad se ha convertido en fuente de agotamiento y exclusión. Resulta paradójico que, tras siglos de civilización, sigamos apelando a un modelo que reduce la vida social a una lucha permanente.
El pensador y naturalista ruso Piotr Kropotkin ya señaló, a comienzos del siglo XX, que el apoyo mutuo ha sido tan determinante en la evolución como la competencia. Tal vez convendría recuperar esa dirección. ¿Y si, en lugar de preparar a los jóvenes para sobrevivir en un entorno hostil, los preparáramos para cooperar en la construcción de un futuro común? ¿Y si la educación volviera a entusiasmar no solo por su promesa de éxito individual, sino por su contribución al bienestar colectivo?
El coste emocional del futuro bloqueado
Obligar a los jóvenes a adaptarse a un entorno social profundamente disfuncional tiene un coste inevitable y se traduce en malestar y deterioro emocional. Las consecuencias de esta clausura del futuro van mucho más allá de lo económico. La inseguridad prolongada impacta directamente en el bienestar emocional. Ansiedad, frustración y sensación de fracaso personal se multiplican en un contexto donde el problema es estructural. El aumento de los problemas de salud mental entre jóvenes no puede entenderse al margen de este escenario. Dicho en corto, si nos adaptamos a un sistema enfermo, acabamos enfermos.
Cuando una generación interioriza que no alcanzar ciertos hitos vitales es una culpa individual, el coste psicológico se dispara. Se responsabiliza al individuo de lo que responde a un marco social que ha dejado de amortiguar la inseguridad y ha pasado a amplificarla. Reducir la frustración a un problema individual oculta sus causas sociales.
Esta realidad no es aislada. Una burocracia deshumanizada que trata a las personas como expedientes y un mercado de la vivienda que funciona como frontera de exclusión configuran un ecosistema hostil para cualquier proyecto vital. La juventud no es una excepción, es su indicador más sensible. Allí donde el futuro se bloquea primero, el problema acaba extendiéndose al conjunto de la sociedad.
Una responsabilidad compartida
Llegados a este punto, la pregunta ya no es solo qué futuro les estamos ofreciendo a los jóvenes, sino qué estamos aceptando como normal. ¿Qué tipo de sociedad es aquella que exige esfuerzo, adaptación y sacrificio, pero solo devuelve incertidumbre y fragilidad? ¿Qué pacto social puede sostenerse cuando cumplir las reglas deja de garantizar una vida digna?
Esta interpelación no se dirige únicamente a los responsables políticos, aunque su papel sea decisivo. Atraviesa al conjunto de la sociedad. Interpela a lo que exigimos, a lo que toleramos y a lo que hemos dejado de imaginar. Porque una comunidad que observa cómo sus jóvenes viven sin horizonte y lo asume como daño colateral no está simplemente en crisis, está abocada al fracaso.
Quizá haya que recordar algo elemental. La vida social no puede reducirse a la pura supervivencia ni al éxito económico. Si así fuera, resultarían incomprensibles la poesía, la música, el arte en todas sus manifestaciones o el pensamiento. Esas actividades “inútiles”, poco o nada productivas, son, en realidad, las que nos recuerdan que una sociedad se mide no solo por lo que produce, sino por el sentido que es capaz de ofrecer a quienes la habitan.
Una sociedad fracasa cuando deja de ofrecer futuro. Y una juventud sin horizonte no es únicamente un problema generacional, es el síntoma más claro de una quiebra moral y democrática. Recuperar la vida no consiste en pedir más esfuerzo a quienes ya lo han dado todo, sino en dotar de sentido y trascendencia una vida que merezca la pena ser vivida, en reconstruir un contrato social capaz de devolverles la esperanza. Si el futuro no se garantiza, no habrá generación que lo sostenga.