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Juego de trileros

23 de Mayo de 2016
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Echenique, Anguita y Pablo Iglesias
Ante el reciente beso de tornillo -metafóricamente hablando- entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón, las sensaciones entre los que se consideran votantes de izquierdas han sido dispares.
No son pocas las personas disgustadas y quienes lo defienden a ultranza prefieren no valorar la manera en que este pacto se ha producido, pues son conscientes -entre las filas de Podemos de manera disimulada y en las de IU de forma notablemente molesta- de que se han saltado a la torera sus propias líneas rojas, sus códigos éticos y sus promesas de regeneración democrática. Sin duda, han dejado en evidencia que las bases cuentan para figurar en el mejor de los casos, siendo consultadas de manera meramente testimonial y a través de procesos de muy dudosa credibilidad. Pero no importa, para el tacticismo asesorado por Anguita, el fin justifica los medios. Y cualquier manera de llegar a rematar al PSOE será siempre aplaudida por la camarilla de camaradas. Conseguidos los objetivos las voces críticas quedarán en el desierto de las esencias exigiendo limpieza y coherencia; una vez asentadas las posaderas de los "referentes" en esos aterciopelados sillones lejos quedarán los dedazos, las zancadillas y las puñaladas. Por delante vendrán años enmarcados por la institucionalidad, y ya podrán gritar los parias de la tierra (o de Podemos, o de IU) que de nada les valdrá. Es lo que tienen las nuevas formas en política: tan sencillo como darle a la opción de "silenciar" en algún chat, eliminar sus comentarios de algún muro en redes sociales, y si se resisten, lanzar hordas de trolls para acallar cualquier atisbo de queja.
Llama la atención cómo el hecho de poner de manifiesto el incumplimiento del código ético de la formación morada (concretamente su punto séptimo, donde puede leerse literalmente como obligación la de "Exigir y respetar que la elección de candidatos o candidatas a cualquier institución de representación política (Cámaras Municipales, Diputaciones Provinciales, Parlamentos Autonómicos, Congreso de los Diputados, Senado, Parlamento Europeo o cualquier otro) se lleve a cabo mediante elecciones primarias abiertas a toda la ciudadanía, con listas abiertas sólo corregibles mediante criterios de género. Rechazar el transfuguismo y velar para que ningún cargo electo pueda formar parte de PODEMOS si previamente no ha sido elegido para desempeñar tal función en un proceso de primarias abiertas y participadas por toda la ciudadanía.") supone que a quien lo haga le caiga encima un batallón entonando al unísono aquéllo de "no es momento de poner de manifiesto los errores" , "estas actitudes son más bien propias de la derecha y de desleales"... En fin, el conocido mantra del "ahora no toca" o "los críticos deberían guardarse sus quejas". Nada nuevo.
Es cierto que hay quien piensa que mejor esta "unión" que nada, y que paso a paso parece que van confluyendo las fuerzas de "izquierda". Sin embargo no es menos cierto que un gran número de votantes de Izquierda Unida han visto como un mal juego de trileros (parafraseando a Iglesias en su día respecto a la izquierda), este acuerdo entre cúpulas y presuntamente respaldado por consultas que más bien han sido cheques en blanco. La decepción entre los votantes republicanos, contrarios a la OTAN, y defensores de la regeneración democrática tan necesaria en las organizaciones políticas y en el sistema político español, no han visto con buenos ojos este proceso y muchos reconocen que, estando Iglesias en esta ecuación, no votarán.
Esta semana circulaba por las redes el vídeo en el que Anguita irrumpe en un acto de Podemos, interrumpiendo la intervención del Secretario de Organización, Echenique. No deja indiferente a nadie su visionado. Y no sé qué es lo que más estupor produce: si la llegada como una estrella de rock -nada que pudiera hacer sospechar comportamiento atribuible a "alguien de abajo", sino más bien a un mesías que camina sobre las aguas-, la interrupción de una persona que estaba dando un discurso y que se ve obligado a callarse ante la divina presencia, el llanto histriónico y forzado de Pablo Iglesias que pretende demostrar que está emocionado por la sorpresa de una supuesta aparición inesperada, el abrazo entre el inspirador y el inspirado -mientras aquél le dice a éste que está reviviendo el año 77-, las razones del "califa" para acudir debido a la insistencia a pesar de haberse negado en un principio, el momento en que una espontánea se acerca a Iglesias para saludarle y es sacada del plano por los protectores que la agarran de los brazos y la arrastran, el discurso del "pater" dando las pautas para la revolución, o el momento cumbre cuando Echenique le dice a Anguita que "ha hecho llorar al JEFE". Digno de ver y sin duda, todo un documento que pone de manifiesto la pérdida de rumbo de quienes parecían aire fresco y han terminado por abrir el baúl de ropa apolillada.
Es tal la incoherencia que encarna Iglesias que produce sonrojo. Pasar del insulto más soez y gratuito a las lágrimas de cocodrilo en unos meses supone una estrategia de bipolaridad que solamente puede funcionarle a quien carezca de memoria y/o de criterio. No se entiende abanderar el discurso de la nueva política, que no es de izquierdas ni de derechas, tirando piedras contra los trileros que atrincherados en la izquierda se empeñan en no ganar elecciones, señalando a los enanos gruñones y cenizos de IU, y tratando de vendernos un nuevo paradigma entre los de arriba y los de abajo para pasar a escenificar en abrazo entre lágrimas a Julio Anguita, ni más ni menos. Efectivamente, de coherencia no va sobrado el malagueño, quien militó en el Sindicato Vertical de Falange, eso sí, y según sus propias palabras, porque era un "mandao" del Partido Comunista y cumplía órdenes (le tocaba infiltrarse, al más puro estilo entrista).
Vaya por delante que Anguita tiene un discurso que a veces hasta convence. Que es cierto: resulta interesante prestarle atención a ese verbo fácil. Pero cuando se dedica un poco más de atención a sus gestos, sus miradas, sus hechos, no se tarda en comprobar que es una persona movida por un interés oscuro, cierto resquemor, y a quien sin duda, alcanzar un fin le justifica cualquier medio. Ha tenido buenos aprendices, según parece: no importa decir cualquier burrada, hacer cualquier trampa, para fundirse en un abrazo que bien sirva de oportunidad para salvar los puestos de los señalados. Lo de los principios y las luchas históricas mejor lo dejan para otro momento, no vaya a ser que eso les reste votos.
Lo cierto es que partiendo de esta situación, mirando otras opciones, no se enciende ninguna luz. Ni esta treta ofrece garantías de plantear la necesaria creación de una izquierda plural, dialogante, abierta e inclusiva, ni lo demás puede llamarse izquierda.
Corre además el votante de izquierda analítico y coherente el riesgo de que le señalen con el dedo y le acusen de ser el culpable de la victoria de Rajoy -sí, como lo está usted leyendo-; si no traga usted con la estrategia del "califa", sepa usted que debería estar en Génova dando palmas. No hay término medio. Y así el panorama, muchos de esos abstencionistas seguramente aprieten el puño en su casa el próximo 26 de junio preguntándose cómo es posible que cuando más falta hacía la izquierda nos volvió a fallar de nuevo. Lamentablemente a veces parece ser cierto que aquellos que dicen ahora representar la izquierda, están haciéndonos un juego de trileros.
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