Trabajo dentro de Mercadona. Llevo años como delegado de la CIG viendo desde dentro cómo funciona esta empresa. Y por eso, cuando se plantea la pregunta de qué relación existe entre Juan Roig y el espacio político situado a la derecha del PP, particularmente Vox, creo que le debemos al debate público algo que escasea: rigor.
No voy a decir que Juan Roig sea militante de Vox. No hay pruebas de ello. Tampoco voy a convertir cada fotografía o cada coincidencia en una sentencia política. Pero tampoco pienso mirar hacia otro lado ante una sucesión de hechos que, colocados en orden cronológico, dibujan un panorama que merece ser analizado con seriedad.
Los hechos, uno por uno
En 2012, cuando el SAT protagonizó movilizaciones en supermercados andaluces y la izquierda convocó una concentración solidaria ante un Mercadona de Vallecas, fue un grupo identificado por El País como de extrema derecha, Justicia y Libertad, quien salió a «blindar» el establecimiento. No hay pruebas de que la empresa lo solicitara. Pero resulta significativo que fuera la ultraderecha, y no la propia empresa, quien se erigiera en defensora de Mercadona frente a una protesta vinculada al movimiento obrero.
En 2014, Roig reconoció ante el juez Ruz, en el marco del caso Bárcenas, dos donaciones de 50.000 euros a FAES, la fundación de Aznar, y varias reuniones con Rajoy. Eso es un hecho verificado: financiación legal a la derecha del PP y contacto político directo. FAES no es Vox, y hay que decirlo con la misma claridad con la que se dice lo anterior. Pero demuestra una vinculación con un proyecto político concreto, el del neoliberalismo español más asentado.
En 2020 circuló una fotografía de Roig junto a una concentración nacionalista en Valencia. Mercadona explicó que simplemente pasaba por la zona donde vive. No tengo pruebas para desmentir esa versión y, como sindicalista, sé bien la diferencia entre un hecho y una interpretación forzada. No voy a utilizar esa fotografía como prueba de nada.
En 2021 llegó algo mucho más relevante desde donde yo trabajo: Solidaridad, el sindicato impulsado por Vox y dirigido por su diputado Rodrigo Alonso, intentó y logró abrir una sección sindical dentro de Mercadona. La empresa lo negó inicialmente ante elDiario.es. Después se confirmó. Esto no prueba que Roig apoyara a Solidaridad. Pero sí prueba algo que, como delegado de la CIG, conozco de primera mano: que Vox intentó disputar a los sindicatos de clase el terreno de la representación de los trabajadores, precisamente en la mayor empresa privada de España.
En marzo de 2026, Daniel Esteve, dirigente de Desokupa, publicó una fotografía junto a Roig durante las Fallas, que posteriormente borró. Maldita.es no la ha verificado de forma independiente como prueba de nada concreto. Puede formar parte del contexto. No puede convertirse en una sentencia.
Y en agosto de 2026, durante la crisis migratoria de Ceuta, Roig declaró que se marchaba con la sensación de que «España está invadida». Esa palabra, «invadida», no es neutra. Es exactamente el marco discursivo que Vox explotó durante esa misma crisis. No demuestra militancia. Demuestra que, al menos en esa frase, Roig habló el idioma de la ultraderecha sobre inmigración.
Lo que esto significa desde dentro de la empresa
Como delegado sindical, lo que me interesa no es solo la biografía política de un empresario. Es cómo estos hechos se traducen puertas adentro. Y ahí sí puedo hablar con conocimiento directo: en Mercadona existe una represión sistemática contra la sindicación independiente, mientras se privilegia a organizaciones dóciles frente a la dirección. Existe un sistema de «Calidad Total» que, en la práctica, funciona como mecanismo de control social. Existe una gestión de las bajas médicas que prioriza la reincorporación sobre la salud real de la plantilla.
No hace falta que Juan Roig milite en Vox para que su modelo empresarial converja con algunas ideas de la ultraderecha: la desconfianza hacia el sindicalismo de clase, la exaltación de la «cultura del esfuerzo» como sustituto de derechos laborales y la sospecha hacia quien defiende sus derechos, como si fuera un problema y no una persona.
La batalla de fondo
La extrema derecha no necesita que los grandes empresarios se afilien a sus partidos. Le basta con que ciertas ideas del mundo empresarial —la desconfianza hacia el sindicalismo, la crítica a los derechos laborales entendidos como privilegios y determinados discursos sobre inmigración— terminen encontrándose con su proyecto político.
El mayor triunfo de la ultraderecha no es que un trabajador la vote. Es conseguir que ese trabajador mire al compañero inmigrante, al delegado sindical o a la compañera de baja médica y piense que ahí está el problema. Mientras tanto, quien concentra el poder económico real queda fuera del foco.
Esa es la pregunta incómoda que merece hacerse alrededor de Juan Roig y de Mercadona. No necesitamos fabricar una conspiración. Tenemos hechos suficientes para exigir respuestas.
Até a vitoria sempre!
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