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Una izquierda perpleja

19 de Marzo de 2026
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Una izquierda perpleja

La izquierda estaba al borde del desastre. Hay quien pensaba que Sánchez había elegido perder algunas elecciones autonómicas en Extremadura, Aragón, o Castilla y León, con la esperanza de que un PP debilitado por el ascenso de VOX acabara dando su peor cara y conduciendo al electorado hacia la desconfianza y el desencanto en unas fuerzas políticas de derechas obligadas a entenderse y dispuestas a todo tipo de recortes económicos y sociales.

Sin embargo el líder de la Alianza Epstein ha venido a poner las cosas en su sitio y ofrecer una salida distinta a la difícil situación de la izquierda española. Con sus bombardeos sobre Irán, Trump, en connivencia con Netanyahu, ha concedido una nueva oportunidad a Sánchez y a sus socios de gobierno. De nuevo Feijoo se ve obligado a seguir los pasos del inefable Aznar, que puso sus zapatos sobre la mesa de Bush.

Lo que parecía una derrota electoral irremediable, de la noche a la mañana, se ha convertido en una ocasión inesperada para pasar a la ofensiva. Trump es uno de los tipos peor valorados por los españoles y sus aliados de la derecha nacional pueden verse arrastrados a convertirse en objeto de burla, desprecio y abandono público.

Por mucho que lo intenten en sus cadenas privadas, los españoles no van a seguir el banderín de enganche para que nuestros hijos acaben patrullando por desiertos iraníes, o calles y callejuelas de Teherán, sembrados de minas, trampas, emboscadas y muerte.

Que el hijo de Aznar deje su puesto en los fondos buitre de vivienda y vaya, junto al hijo de Trump, que parece que ya ha hecho negocio con los comienzos de la guerra, y ambos acudan a primera línea de fuego. Que comiencen por dar ejemplo.

Pero estas torpezas de la derecha casposa y de la ultraderecha caciquil, no deberían servir de disculpa a una izquierda que lleva años en el filo de la navaja nacional y en caída libre en espacios locales y autonómicos. Las instituciones desgastan y los avatares vividos por la izquierda española en estos años no han sido nada fáciles.

Sánchez gobierna a la manera de los mejores validos que ha tenido España. No tanto como el Duque de Lerma, sino más bien como el Conde Duque de Olivares, o el advenedizo Manuel Godoy. Sabe gobernar salvando las dificultades diarias, templando gaitas y aprovechando cada oportunidad, cada metedura de pata de la oposición, para remontar dificultades. Uno de esos validos que aprendieron a hacer confluir sus ambiciones con los intereses de España.

La fractura en la izquierda más allá del PSOE es, sin embargo, más profunda. A niveles territoriales vive una cantonalización que impide acuerdos ante las elecciones autonómicas. Pero también a nivel de ambiciones desencadenadas entre los mismos actores de siempre, pero cada vez más desconectados de los problemas generales de la gente.

Es cierto que todos en la izquierda han planteado e intentado ampliar derechos sociales, identitarios, de género, sexuales y hasta laborales. Sin embargo, muchos movimientos realizados son vistos más como apariencia que como realidad. No todos en la izquierda han percibido buena gestión, coherencia, soluciones reales para problemas como el acceso a la vivienda, el aumento de los precios y el deterioro de los salarios, la precariedad laboral, o el colapso de los servicios públicos como la sanidad, la educación pública, o los servicios sociales.

Izquierda Unida, Podemos, Sumar, además de las fuerzas nacionalistas y cantonalistas, nacieron para aglutinar diversidad y pluralidades, pero las peleas de poder interno, las incoherencias de algunos líderes, su alejamiento de los problemas reales, las tensiones internas de poder, han ido agotando su discurso y les han ido alejando de parte del voto de la izquierda.

El problema de la vivienda, el de las listas de espera y el deterioro de la sanidad pública, los problemas de infrafinanciación de la enseñanza pública en todos sus niveles, la burbuja inmobiliaria especulativa, el papel de los fondos buitre en la desaparición de la vivienda social, la precariedad laborar que sigue ahí pese a los continuos acuerdos entre sindicatos y gobierno, son problemas políticos. No son problemas de personalismos. No se solucionan con redes sociales, ni con este liderazgo o el otro.

La izquierda debería aprender de esa ultraderecha que copió estrategias de Gramsci. Antes de alcanzar la hegemonía política hay que dar la batalla de las ideas y los sentimientos y ganar la hegemonía cultural. Es esencial que la gente sepa dónde vamos y decida pelear por un nuevo destino personal y colectivo.

Las caras de la izquierda se han desgastado a marchas forzadas, se muestran incapaces de negociar, de identificar prioridades sociales, ganarse la confianza de la gente, construir puentes, reconstruirlos cuando se han hundido, dialogar, demostrar una gestión impecable, pegarse a los barrios y a los pueblos. No confundir pragmatismo con oportunismo. Aceptar la crítica y asumir los errores.

La izquierda necesita personas coherentes, solventes en la gestión, preparados para unir y pactar. Capaces de ilusionar. No se trata de laminar, descabezar, maquillar. Quitar a unos para poner a otros para que nada cambie, para que todo siga igual. Son los hiperliderazgos sin autocrítica, las dinámicas internas torticeras, las que nos hacen daño.

Frente a las divisiones constantes debemos hacer sentir a los habitantes de los barrios, a la clase trabajadora, a los autónomos, a nuestros jóvenes, a los pequeños emprendedores, a mujeres y hombres, que la lucha es la misma, los problemas muy parecidos, nuestros anhelos de una vida digna son similares.

Que desaparezcan unos dirigentes y surjan otros es ley de vida. Puede ser saludable si los ideales persisten, si la honestidad en la gestión se impone, si los problemas de nuestra gente se sitúan en el centro de nuestra acción política. No hace falta una derrota generalizada para que la izquierda renazca con fuerza, con ilusión, en la defensa colectiva de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

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