En mi formación como médico me enseñaron el significado del concepto «infiltración» como la aparición invasiva de alguna estirpe celular en diversos espacios que, generalmente, no le correspondería ocupar en situación de equilibrio.
Existe otra variante del mismo término y se refiere a una técnica terapéutica usada generalmente en traumatología para inyectar sustancias cuando se pretende hacer llegar antiinflamatorios o anestésicos al interior de las articulaciones o de raíces nerviosas.
La infiltración a la que me quiero referir en este texto es a la de la primera acepción, y puede ser inflamatoria, neoplásica, grasa... Pero, si alzamos un poco el foco de atención, también existe este fenómeno de infiltración en otros órdenes de la vida fuera de nuestros cuerpos.
Para que se pueda entender hacia dónde va el tema de este texto, muestro los antecedentes.
Generalmente, no veo televisión (de hecho, ya he escrito en otras ocasiones que no existe un aparato de televisión en mi casa desde hace ya 23 años) ni suelo proyectar en el salón de cine de mi casa las series de plataformas que están tan de moda en la actualidad.
Ahora mismo estoy haciendo una excepción a esta regla general y estamos visionando en familia capítulos de la serie «Los Bridgerton», una serie en la que, con una descripción fotográfica atractiva, da muestra de la sociedad de alto copete de la Inglaterra previctoriana.
Lo que más me ha llamado la atención, y no sólo a mí, es la abundante presencia de personas de raza negra, en sus diferentes variaciones cromáticas, y de otras con rasgos orientales, no sólo como lacayos o servidumbre... sino entre las personas distinguidas dentro de la clase alta británica alrededor de la Corona.
Es evidente que se trata de una licencia de los autores. De acuerdo. Pero... ¿por qué han forzado ese cambio tan importante en el relato y descripción de esa época histórica?
Está bien que en aquel entonces anduviera por ahí la reina consorte Carlota, cónyuge del rey Jorge, y que haya alguna duda de que esta reina no fuera de raza blanca «pura». Observad varias imágenes que he elegido de la reina Carlota, pintadas en la época, y que muestran con claridad que esta reina no era de otra raza diferente a la blanca.
Si prescindimos de este detalle, que no es tan ínfimo, vamos al meollo de la cuestión: ¿por qué y para qué poblar esos escenarios de la transición de los siglos XVIII y XIX de tanta variedad racial, tan lejana a la realidad?
En casa, enseguida salió el tema de la agenda 2030, una vez más presente en cada actividad que se organiza desde las esferas de cualquier autoridad pública, municipal, autonómica y estatal. Las agendas están e influyen en todas partes.
En otro orden de cosas, pero también mostrando la capacidad de cambiar la realidad para normalizar lo que en la realidad no está normalizado, en uno de los capítulos me llamó la atención ver fugazmente una estela química de avión, ésta sí, muy actual. Más de lo mismo.
Esto me trajo a la memoria la información de que un profesional del cine (del que ya no recuerdo su nombre) dijo en su día que desde altas instancias de las productoras de cine norteamericanas le habían propuesto introducir este tipo de estelas en metrajes del cine clásico...
¿Casualidades de la vida?, ¿intentos de manipulación a la población? La cosa es que este tipo de situaciones se van infiltrando en las mentes aburridas y alienadas de la población. Algo parecido al fenómeno del «primado negativo» en las películas de cine.
Conviene prestar atención a este tipo de cosas para no dejarnos engatusar por cualquier mensaje de cualquier agenda.
Salud para ti y los tuyos.
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