Debo reconocer una cosa. Cada año entro en Monegros Desert Festival preguntándome de qué voy a escribir cuando todo termine. Mientras miles de personas empiezan a bailar, una pequeña parte de mi cabeza intenta encontrar esa historia que merezca ser contada. Pero pensando que, como el techo se ha superado demasiadas veces, ya no queda nada nuevo que decir. Que después de tantos amaneceres imposibles, de tantas emociones compartidas y de tantas ediciones memorables, lo lógico sería que llegara la primera edición continuista. Esa que simplemente mantiene el nivel. Esa en la que todos salgamos satisfechos, pero sin esa sensación infantil de haber descubierto algo que no esperábamos.
Pero entonces aparece la Familia Arnau. Con Joaquín Cabós poniendo orden. Y vuelve a dejarte completamente descolocado. No se conforman. No viven del prestigio de haber construido uno de los festivales de música electrónica más importantes del mundo. No exprimen una fórmula que lleva años funcionando. Les da igual. Tienen un hambre insaciable. Una necesidad permanente de demostrar que todavía es posible sorprendernos. Y lo consiguen.
Cada rincón parece pensado para recordarte que siempre hay margen para imaginar algo nuevo. Cuando crees que ya has visto todo lo que el desierto podía ofrecer, aparece un escenario, una producción, un detalle o una idea que vuelve a hacerte sonreír como la primera vez. Creo que Joaquín, cuando se jubile, lo cual suena tan utópico como que el festival tienda a la ordinariez, se irá a vivir allí. Dudo que haya una persona que estime y respete más este árido pasaje. Y, si la hay, no es humano. Qué amor-odio le tengo a esta gente. Hacen que la dureza te enganche, como el que disfruta con una aventura extrema. Qué cabrones.
Una contradicción maravillosa. Reconoces el polvo antes incluso de que empiece a levantarse. Sabes que el calor terminará formando parte de la experiencia. Esperas ese amanecer que parece detener el tiempo. Todo resulta familiar. Todo pertenece a tu memoria. Y, sin embargo, nunca es igual. Ahí reside, probablemente, el mayor secreto de Monegros. Es el único lugar que conozco donde uno siente que vuelve a casa mientras descubre algo completamente nuevo.
Quizá por eso este año no me impresionó tanto el récord de asistencia. Me impresionó lo que significa. Porque reunir a decenas de miles de personas en mitad de un desierto ya es una hazaña organizativa. Pero conseguir que todas parezcan hablar el mismo idioma es algo mucho más difícil.
Cada año, nuestro paisano Andrés Campo me recuerda una frase que resume mejor que ninguna otra lo que simboliza este evento: “Joder, y todo esto pasa en Huesca”. Y tiene razón. Mientras demasiadas veces nuestra tierra abre informativos por incendios, por la despoblación o por cualquier otra desgracia, durante un día el mundo entero mira hacia aquí para celebrar exactamente lo contrario. Ojalá el polvo del desierto siga ocupando más titulares que el humo de nuestros montes. Él siempre tiene parte de culpa. Volvió a conseguir que el corazón de la música electrónica latiera durante unas horas desde aquí. Especialmente su set face to face (cara a cara) con nuestro vecino catalán Buenri que, junto con el debut de este, trajo por primera vez a gran escala el estilo makinero al festival. “Le quitas el audio a los vídeos de esa sesión, y ves que es fiesta pura y dura, sin aditivos ni colorantes. Todo el mundo a la misma saltando. Muy contagioso y sano”, recuerda Andrés. El idioma del desierto. Orgullo patrio a todos los efectos.
Entretanto, el mundo se empeña en preguntarnos constantemente quiénes somos antes incluso de preguntarnos cómo estamos. Colocarnos una etiqueta para cada conversación, un bando para cada debate, una trinchera para cada opinión. Monegros es la antítesis. Allí nadie pregunta de dónde vienes antes de ofrecerte agua. Nadie necesita saber a quién votas para bailar contigo. Nadie te pide explicaciones antes de regalarte una sonrisa. Porque, como dice Joaquín, “cuando juntas culturas diferentes lo que les une es la música”.
Puede parecer ingenuo. Ojalá lo fuera. Porque significaría que existen muchos lugares como este. Y la realidad es justamente la contraria. Cada vez quedan menos espacios capaces de unir a tanta gente sin pedirle nada a cambio. Menos lugares donde la identidad colectiva pese más que las diferencias individuales.
Quizá ese sea el verdadero legado de la Familia Arnau. No haber creado únicamente un festival. Haber construido un lugar al que miles de personas regresan cada verano para recordar que todavía es posible convivir sin preguntarnos primero en qué nos diferenciamos.
Cuando abandoné el desierto volví a pensar lo mismo que llevo pensando desde hace años. Ahora sí. Ahora ya no queda nada más por contar. Y sé que dentro de un año volveré a equivocarme.
Hay lugares donde el polvo ensucia. En Monegros, el polvo nos iguala. El desierto tiene esa extraña costumbre de borrar con polvo las etiquetas que el resto del año escribimos con tinta. Quizá por eso seguimos regresando. No solo por la música. O porque siempre encuentra la manera de sorprendernos cuando creemos haberlo visto todo. Ni siquiera solo por el festival. Volvemos porque, durante un día al año, el desierto habla un idioma que el resto del mundo parece haber olvidado.
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