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El hijo del poder. Capítulo 2. Delito continuado

21 de Marzo de 2026
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El hijo del poder. Capítulo 2. Delito continuado

Corría el invierno de 1985, Francisco transitaba sus 4 años. Padre y madre que no vivían juntos en lo real, sino en lo simbólico, habían decidido llevarlo de vacaciones a Bariloche destino inaccesible para clases desfavorecidas.

Todos duermen, ellos duermen. Edith y su esposo, también dios. El niño, de repente, sin razón, despierta. Está sólo y consciente de su soledad. Sabe, endemoniadamente, que por más que los pueda despertar, para que lo ayuden o le brinden respuestas ante la irrupción súbita del desconcierto, no lo podrán hacer, no tendrán ánimo, ganas ni predisposición para ello. Y en caso de que le hablen, las palabras que le destinen no tendrán significado alguno para él, dado que no está reconocido como sujeto. Apenas lo fue y es un resultante inercial de una historia de coitos camino a la extinción.

El lugar lo protege y desguarnece a la vez. No le es familiar, es una habitación rentada, de hotel, de calidad, confortable, pisos de madera que refractan calor o una mullida alfombra aterciopelada lo mismo dará, paredes vigorosas sin grietas, manchas, ni filtraciones. El afuera atemorizante, donde probablemente nieve, se le hace presente sin más, tiembla del frío que no siente del afuera, arde su piel ante la gélida sensación de orfandad que sentirá por primera vez, pese a estar acompañado de una mamá y un papá que no ofician de tal.

Entumecido, siente el rigor de la discrecionalidad, alguien decidió o fue el azar, lo mismo será, desde aquella vez y para siempre, para Francisco y ese poder que le excede en todo sentido, que lo abusa, que lo burla, que lleva a explorar los pasos más allá de los límites de lo soportable.

Súbitamente, se pregunta ¿Que pasaría sí no vuelvo  a despertar? En aquella experiencia de una trémula espiritualidad, forjó su continuidad, para en el después, hallar el tiempo y el espacio en dónde la consistencia insidiosa de preguntas tales se erradiquen de plano. 

Nada de todo ello, por fuera, podría ser observado. Se aquilataban quiénes, deseaban tener tal vida, por la suficiencia institucional de los rigores materiales. 

Edith moriría muchos años después sin haber deseado nunca ser madre, su hijo sintió desde sus primeros recuerdos que transitarían ese acompañamiento, en una relación de soportamiento mutuo, de intercambio aprovechable y rentable. 

Ese dios deseable por Francisco, tal vez entendió en forma previa, el no de su madre, que fue vulnerado, violentado por el bajo instinto de su padre. En aquel tiempo la ley que siempre llega tarde, no habría advertido la tipificación del delito consumado...

Por Akahatá.

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